La migración, un gran desafío para este mundo globalizado

En la actualidad existen fenómenos sociales como el paro, las guerras y el terrorismo, las drogas o la violencia contra la mujer que conforman ese conjunto de problemas sociales que mayores preocupaciones e inquietudes generan en nuestra sociedad global. La migración con toda su problemática, sin duda, ocupa un lugar preferencial entre ellos. Lo que se está viviendo en las Islas Canarias en estos momentos con la llegada masiva de migrantes en pateras, y todo el debate que se está suscitando puede servirnos de paradigma para la reflexión y el diálogo constructivo sobre este importantísimo fenómeno social; e igualmente sobre las respuestas que se dan o se deberían dar por parte de nuestra sociedad y del poder político.

Los flujos migratorios, que sin duda no son exclusivos de la época actual, sino que siempre han estado presente en la historia de todos los pueblos como una necesidad para su crecimiento integral, ha tomado hoy sin embargo tal magnitud que de alguna manera necesite -porque no se está haciendo- un profundo debate y discernimiento público y una buena y consensuada respuesta política. La tarea no resulta fácil porque las migraciones son el resultado de factores sociopolíticos, culturales, religiosos y económicos muy complejos.

De entrada, el fenómeno migratorio hay que mirarlo desde los avances y el crecimiento histórico que nuestras sociedades han experimentado en el ámbito de cualquier proyecto humanitario. Desde esa mirada hemos de considerar la migración como un derecho así reconocido por la mayoría de los países del mundo en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su artículo 13 se afirma que “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. A salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”. Es un derecho siempre reconocido y defendido por la Iglesia como valor absoluto, dando por supuesto su ejercicio reglamentado, y sin perjuicio para el bien común de las comunidades que acogen al emigrante (Juan Pablo II, 2001).

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Este fenómeno tan complejo necesita también, para avanzar en su comprensión, mirarlo desde las causas que lo produce y desde la problemática que afecta a las personas migrantes en la salida de su país y en el de acogida. Por una parte, dejar tu país, tu familia, tus amigos… para embarcarte en una aventura tan dolorosa -sobre todo para el flujo migratorio no regulado- y sin conocer dónde vas, cómo te van a acoger, qué dificultades te esperan… supone un gran sacrificio, desgarros vitales y miedos importantes que hablan de personas con necesidades auténticas de emigración. El emigrante no sale de su país por un capricho pasajero. Y por otra parte, sin duda también, desde la problemática que produce en los países de acogida la llegada masiva de flujos migratorios descontrolados, cuando resulta obvio que los recursos de cualquier país para acoger e integrar a todos son limitados.

Nuestra respuesta social ha de partir siempre del máximo respeto a cada migrante de acuerdo con la dignidad que se merece como persona; y las respuestas políticas, tanto en los países de origen como en los de acogida, han de intentar posibilitar unos flujos migratorios seguros y regularizados. Asumida estas dos vías de respuesta, lo más importante para situarnos en este complejo problema social, como dice el Papa Francisco, es que en los países de acogida “haya siempre una comunidad dispuesta a acoger, proteger, promover e integrar a todos, sin distinción y sin dejar a nadie fuera” (Jornada mundial del migrante y el refugiado 2023).

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