Héroes o mediocres

En nuestra sociedad se impone el elogio de la mediocridad. La exaltación de la vida corriente nos lleva a dar un valor especial a los perfiles que se pierden en la masa, que no destacan en nada, que no ofrecen otros atributos que los del común de la población. El tradicional atractivo del héroe es cada vez menor y es sustituido por el atractivo de la mediocridad.

¿Desearía usted ser gobernado por una persona corriente o por una persona extraordinaria? Los resultados electorales de los últimos años parecen inclinarse por la primera opción hasta tal punto que ya cuesta encontrar candidatos no vulgares. Se impone el miedo al héroe, parece que la mediocridad de los líderes nos aporta seguridad: no exigirán mucho más de nosotros. El mediocre cree que ya ha alcanzado sus metas, no necesita mejorar.

Para valorar la calidad de un gobernante deberíamos preguntarnos, comparando la situación actual con la que se encontró a su llegada, ¿estamos mejor o estamos peor? Hoy en día disponemos de grandes capacidades sociométricas y econométricas, podemos medirlo todo, desde la evolución del precio del pan desde el siglo XVI hasta la cantidad de CO2 en la atmósfera, sin embargo, hay muy pocas variables que se utilicen para valorar la calidad de la administración de un gobierno.

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En el mundo de la empresa se han impuesto una serie de indicadores que avisan a los gestores de las compañías sobre la eficacia de su gestión. La mayoría de estos indicadores son financieros: ratios de retorno de la inversión, porcentaje de beneficios, evolución de los ingresos, etc.; también hay otros indicadores no económicos como la satisfacción del cliente, el clima laboral o la rotación de personal.

Sin embargo, en el mundo político, los indicadores que eran importantes hace unos años se van volviendo cada vez más irrelevantes, como el crecimiento del producto interior bruto, la tasa de inflación, el porcentaje de paro… Como si su evolución no dependiera de la gestión de los bienes públicos.

Ahora, el único valor importante para nuestros gobernantes es la intención de voto. Todo lo demás es superfluo. Quizá por eso los mediocres se encuentren tan cómodos en este entorno, gobernando para el instante presente e ignorando los indicadores que auguran los problemas venideros.

Por otro lado, conviene recordar que, a veces, el indicador más claro es el indicador indirecto. Por ejemplo, durante muchos años la capacidad de consumo de las familias, valor directo de muy difícil cálculo, se ha estimado a partir del consumo de luz eléctrica, fácil de medir y muy sintomático de lo que queremos valorar. A mayor capacidad de consumo, mayor gasto de luz, y viceversa.

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Por esto, para medir si una sociedad avanza o retrocede, conviene buscar aquellos indicadores, directos o indirectos, que valoren la evolución de las cosas importantes de la vida.

Por ejemplo, el número de suicidios por cada mil habitantes, el número de personas que viven solas, la duración de la unión matrimonial, el número de abortos, el número de víctimas de violencia doméstica, el porcentaje de parados de larga duración, el número de niños abandonados y tutelados…

Cada ministerio debía tener dos o tres indicadores, no más, con los que evaluar su gestión, que actúen como acicate a la acción de gobierno y como vara de medir para que los ciudadanos puedan evaluar su gestión.

Pero esto necesita personas que quieran cambiar el mundo, y esos no son los mediocres. Si elegimos mediocres, tendremos gobiernos mediocres y resultados nefastos. Necesitamos héroes.

GRUPO AREÓPAGO

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