Jugando a ser dioses

Recientemente se ha conocido la noticia de que un hombre holandés, donante de esperma, es padre de 550 hijos. En esencia, incumpliendo los límites previstos en la ley, ha procedido a donar esperma durante una serie de años en clínicas de diferentes países, con el cual se han fecundado cientos de óvulos.

La noticia se suma a otras similares, que muestran lo que es capaz de hacer la ciencia a través de técnicas de fecundación asistida para satisfacer los deseos de paternidad y maternidad de algunas personas.

Hemos normalizado el derecho a ser padre o madre, mediante fecundación artificial, con independencia de las circunstancias concurrentes. Y lo hemos hecho, porque hemos interiorizado que ser padre o madre responde a un deseo, a un sentimiento, dejando de lado que, ante todo, es una responsabilidad. El famoso varón holandés ha conseguido eludir todos los controles técnicos y jurídicos existentes para saciar su deseo de paternidad compulsiva; otras personas se han mostrado indiferentes ante las implicaciones morales o éticas al alquilar vientres a cambio de precio para incubar en ellos a sus hijos; miles de personas acuden a clínicas para tratar de suplir las carencias naturales, de las que, desafortunadamente, adolecen, por medio de técnicas de fecundación in vitro, sin importar que, para lograr un embarazo, haya que conseguir la fecundación de varios óvulos o, lo que es lo mismo, sea necesario engendrar varios seres humanos que finalmente serán destruidos o, en el mejor de los casos, criocongelados en espera de adopción.

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Más allá del negocio que supone la fecundación in vitro, la gestación subrogada y, en general, los tratamientos artificiales para ser padre o madre (no hay altruismo en ello) hemos llegado a esta situación porque hemos descolectivizado la cuestión al vincularla exclusivamente con el deseo de las personas; dicho, sencillamente, hemos mercantilizado la paternidad, en un claro ejemplo de capitalismo extremo, sin importar las consecuencias ni para los niños “creados“ de esa manera, ni para la sociedad en su conjunto

¿Y si volvemos a colectivizar la paternidad? ¿Y si actuamos en relación con esta cuestión partiendo de una reflexión profunda sobre todas las implicaciones que trae consigo? No son solo decisiones personales. Afectan a otros –embriones descartados, mujeres-objeto, riesgo de que enfermedades genéticas de parejas que, sin saberlo, son hijos de un mismo padre donante, …–. Nos afectan a todos.

Definitivamente, hemos de ser capaces de romper con nuestro aislamiento cómodo y con nuestra dañina indiferencia para responder con firmeza ante estas situaciones como estas que, en ningún caso, deben ser normalizadas.

Estamos jugando a ser dioses y eso tiene consecuencias.

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