Salvemos la razón

Algunos pensadores han denominado a nuestro tiempo la época de la posverdad, es decir, aquello que la RAE define como “la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

El triunfo de la posverdad, que no deja de ser un eufemismo para referirnos a la mentira, bien corresponde al debilitamiento de la razón, esto es, a la desconfianza de que el hombre con la fuerza de la razón pueda conocer la verdad de las cosas. Se implementa lo que podríamos denominar la razón práctica o técnica, la propia de las ingenierías, para las cuales podemos manipular la realidad que tenemos a fin de facilitar y hacer más cómoda la vida del hombre. Pero a la hora de tener que afrontar las grandes cuestiones o todo aquello que exceda el ámbito de lo empírico, crece la desconfianza en la razón, y sin darnos cuenta, se abandona el campo de la ciencia para entrar en el terreno de lo opinable, lo relativo, lo subjetivo. En definitiva, se piensa que la razón no pueda llegar a conocer la verdad de las cosas.

Curiosamente, esta desconfianza de la razón coincide con el abandono de la cultura cristiana, en definitiva, el abandono de la fe. Al aumento de la increencia, le corresponde un aumento de irracionalidad. Observamos cómo cuando las alas de la fe y la razón, con las cuales el hombre puede encaminarse a la contemplación de la verdad,  son separadas, se instaura en el mundo la dictadura del relativismo.

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Si en otros tiempos fue la razón la que ayudó a la fe para huir de ciertos errores, en este tiempo urge que sea la fe la que salve a la razón. Urge que la fe cristiana, que confía en el poder de la razón para conocer la verdad de las cosas, la salve de la deriva a que la posverdad la conduce. Urge que de nuevo el cristianismo devuelva al ejercicio racional la dignidad que el relativismo quiere robarle. 

Ante un ambiente que ha sembrado la sospecha en que la razón pueda conocer la verdad, sólo una fe que confía en la capacidad racional del hombre podrá sacarla de tal oscuridad. Es la luz del misterio de la Encarnación, en que el Logos se ha hecho carne, la que podrá salvar a la razón de su deriva suicida. A esta tarea dedicó gran parte de su vida, primero como profesor de universidad, luego como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y finalmente como Papa, Benedicto XVI. Él mostró a lo largo de todo su magisterio no sólo que la verdad se ha revelado, sino que el hombre tiene la capacidad para conocerla y, por consiguiente, para amarla.

Es el tiempo en que el cristianismo, sabedor de que la capacidad racional del hombre también ha sido redimida, se lance sin temor a recuperar la confianza en que todo hombre puede conocer la verdad de las cosas, para llegar a conocer al que es la Verdad. Salvemos la razón.

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