¡Primero la sentencia, después el veredicto!

En el disparatado juicio de las últimas páginas de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, el Rey reclama al jurado que considere el veredicto a lo que la Reina se opone firmemente:

“–No, no –protestó la Reina–. Primero la sentencia… después el veredicto.

–¡Valiente idiotez! –exclamó Alicia alzando la voz–. ¡Qué ocurrencia pedir la sentencia primero!”

La Reina añade un poco después lo que viene repitiendo durante todo el juicio:

–¡Qué le corten la cabeza!

La escena nos parece tan disparatada y esperpéntica como todo el imaginativo relato de Carroll y puede provocarnos carcajadas, pero la imagen se vuelve preocupante cuando se la compara con la llamada “pena de telediario”. En muchos medios de comunicación se pone en práctica, con plena aceptación social, el disparate que Alicia le reprocha a la Reina: ¿primero se ejecuta la sentencia, quedando en segundo lugar el conocimiento del veredicto? En otras palabras, ¿primero se le corta la cabeza y luego se valora su culpabilidad?

Lo hemos visto en políticos acusados de corrupción, artistas acusados de acoso sexual, también a sacerdotes y religiosos acusados de abusos y, con las nuevas leyes de violencia doméstica, a hombres acusados de maltratar a sus parejas. Pero que sea frecuente no significa que sea lo correcto: Sin esperar el veredicto no podemos distinguir a los culpables de los inocentes.

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El deseo de algunos medios de comunicación y de diversos grupos políticos o politizados de cortar el mayor número de cabezas, nubla la vista de la sociedad que se deja arrastrar por informaciones parciales y claramente insuficientes.

La urgencia de un titular llamativo o el beneficio de una derrota del enemigo ideológico se priorizan sobre la defensa de la verdad y la búsqueda de la justicia.

Lo disparatado y lo esperpéntico se vuelven cotidianos.

GRUPO AREÓPAGO

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