Lenguaje inclusivo y lenguaje excluyente

El llamado lenguaje inclusivo es uno de esos fenómenos que no deja de asombrar, porque la primera vez que te aborda produce cierta diversión, por lo ridículo del planteamiento, pero, a pesar de eso, se va imponiendo progresivamente a lo largo de los años (esto empezó en los 70) hasta llegar a ser obligatorio actualmente en muchos entornos.

De nada han servido los dictámenes de la R.A.E al respecto, ni la opinión contraria de reconocidos intelectuales, pensadores y escritores de renombre. El desdoblamiento continuo en el lenguaje se ha extendido desde el lenguaje político al educativo y al administrativo, y de ahí, al hablar cotidiano.

El argumento que lo sostiene es que el masculino genérico esconde un profundo machismo. Esta afirmación no deja de ser un juicio de intenciones, porque si la intención es machista, o no, dependerá de la actitud del hablante. Sin embargo, se aplica de forma indiscriminada, sin interrogarse sobre la verdadera voluntad del emisor del mensaje. Nos encontramos ante un juicio previo, apriorístico, por tanto, el lenguaje inclusivo se apoya en un prejuicio: Todo hablante es machista mientras no demuestre lo contrario.

La demostración de lo contrario se consigue con el desdoblamiento de género. Si hablamos aquí de la intención del hablante, se supone que es un pensamiento machista; si hablamos de la intención de los hablantes y las hablantes, entonces es una reflexión inclusiva.

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La introducción de esta retórica en el lenguaje es muy poco práctica, las frases se obligan a desdoblarse continuamente, el discurso se hace pesado, repetitivo, cansino y hueco. Además, la complejidad propia del idioma se multiplica y las necesidades de desdoblamiento se reproducen más allá de los límites gramaticales, llegando a formar frases esperpénticas, como las famosas miembras del congreso o los votantes y las votantes vascos y vascas de hace unos años.

Pero esto no es todo. Al desdoblamiento sexual (que se transforma en género gramatical) se le ha sumado ahora el desdoblamiento de género identitario (que no tiene traslación gramatical). No basta con ellos y ellas, hay que contemplar más casos. Ahí ha venido la idea de inventar un tercer género gramatical (elles), para añadir una variante más a modo de tridente inclusivo. La intención ahora es la de los hablantes, las hablantes y les hablantes.

Lo que inicialmente era una intención inclusiva, es cada vez más excluyente. Cada grupo necesita una mención independiente (exclusiva) cada vez que el hablante necesite referirse a la totalidad. El resultado es un lenguaje imposible, donde el tributo inclusivo termina entorpeciendo, e incluso impidiendo, la comunicación.

A pesar de todo ello, esto sigue adelante con numerosos defensores, entre los que se encuentran muchos políticos, legisladores y gobernantes. Y no parece que vaya a remitir por ahora. ¿Conocen ustedes muchos políticos que se resistan a decir “los españoles y las españolas”? ¿Creen ustedes realmente que habría una intención machista o excluyente si dijeran solo “los españoles” al referirse a todos?

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¿Qué pretende este movimiento realmente? ¿La inclusión lingüística? ¿La renovación del lenguaje? ¿La destrucción de la comunicación? Hay quien piensa que el fondo de la cuestión es más profundo, que se trata de destruir el lenguaje como herencia. Sería una acción trasgresora para romper con la cultura recibida y levantar un nuevo orden. La importancia del lenguaje como organismo cultural le convierte en objetivo de la nueva revolución. Si es así, este no es más que otro frente de lo que se ha denominado guerra cultural. Ahora decidan ustedes de qué lado están en esta contienda.

GRUPO AREÓPAGO

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