Firma invitada de don Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo: «La colaboración activa de la mujer y el hombre en la Iglesia y el mundo»

             Es preciso que los católicos seamos lúcidos ante lo que se nos propone en los poderosos medios de comunicación como la cultura de nuestro tiempo. Hay que discernir con precisión y ver atentamente qué se nos ofrece, a la hora de afrontar el futuro. De colaboración entre ambos sexos apenas se habla, no está de moda en los medios ni en la cultura dominante, aunque tal colaboración se da en nuestra sociedad más de lo que parece. A Dios gracias, porque, a mi parecer, depende mucho el futuro de la humanidad, si se da o no esa “colaboración activa” entre hombre y mujer. La ideología de género no es más que eso, ideología.

             En realidad, la Iglesia está siempre poniendo de relieve que su camino es el ser humano, hombre y mujer, que poseen ambos una dignidad única, hasta el punto de entregar Dios por ellos –por nosotros– la vida su Hijo, Jesús, el Hijo de María. Una recta comprensión de la colaboración activa del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, en el reconocimiento de su propia diferencia, es un asunto importante y urgente. Da un poco de vergüenza que los cristianos conozcamos tan poco de los que somos como hombre y mujeres. Dicho de otro modo: desconocemos lo más elemental de la antropología que surge de la Revelación y de la reflexión natural al alcance de todos. Y no sepamos responder a los puntos de vista de los defensores de la “ideología de género”, cuando son, en realidad, muy pobres. Como si nuestra fe no contuviera una riquísima doctrina sobre el ser humano. Riqueza que, por supuesto, nada tiene que envidiar a los puntos de vista de los que pomposamente se dicen progresistas.

             Para afrontar la recta compresión de la mujer, lo primero que hay que hacer es rechazar el machismo y las desigualdades injustas, que subrayan fuertemente la condición de subordinación en la que la mujer aún se encuentra en la sociedad, en lo social y lo laboral. La violencia contra la mujer en el ámbito de lo que hoy se llama “pareja” es absolutamente inaceptable. Pero, al subrayar exageradamente esta situación de subordinación, hay quienes suscitan una reacción de contestación para que la mujer sea ella misma de modo que debe ser antagonista del hombre. Esa subordinación de la mujer al varón no corresponde al designio de Dios. Pero esos abusos de los hombres no se solucionan con crear una rivalidad tal entre los sexos que estropee la estructura de la familia, institución anterior al Estado y a la Iglesia.

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             Otra solución, para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, es cancelar todas las diferencias entre ellos. Esta solución indica que, en realidad, las diferencias son un simple efecto de condicionamientos históricos y culturales. Es decir, no hay sexos; la diferencia corpórea, llamada precisamente sexo, se minimiza hasta casi querer que desaparezca, mientras que la dimensión cultural, de roles asignados a los hombres y mujeres, llamada género, se eleva al máximo y se considera primaria y primera. Este modo de considerar al ser humano es peligroso, pues se trata de su estructura interna.

             Al oscurecerse la diferencia de los sexos, hasta casi desaparecer, la ideología de género ataca directamente a la familia por estar compuesta de madre y padre con sus hijos (si los hubiere); se equiparará la homosexualidad a la heterosexualidad; se intentará que la persona se libre de condicionamientos biológicos masculinos o femeninos, pues toda persona podría o debería configurarse hombre o mujer según sus propios deseos y elección. Y aquí quiero aludir a dos cuestiones de manera somera: es imposible el cambio total de sexo, por muy compresivos que seamos para quienes piensan que ello es científicamente posible. En segundo lugar, desde esta perspectiva, la Iglesia y la Sagrada Escritura son tachadas de tener una concepción patriarcal de Dios, alimentada por una cultura esencialmente machista. También la ideología de género tiende a considerar sin importancia el hecho de que el Hijo de Dios, Jesucristo, haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina.

             La antropología cristiana, que nace de la visión bíblica del ser humano, va por otro camino, y por eso recibe toda clase de vituperios y de tener ideas trasnochadas. Y el problema no es que seamos tachados de ésta o aquélla tendencia anticuada; lo serio es que de esta manera se impide a las nuevas generaciones que tengan otra dificultad más a la hora de aceptar a Jesucristo y su Evangelio, y la vida del Señor que fluye en la Iglesia. Una razón más para que los cristianos despertemos y saber qué es lo que está en juego en el momento presente, se acabe el coronavirus o no. Dios quiera, por supuesto, que así sea.

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               En este ámbito, de lo que habla la Iglesia, la verdad que predica es el de la colaboración activa entre el hombre y la mujer. Y lo hace reflexionando como hombre y mujer, utilizando su razón, pero iluminando esta razón con la fe en Jesucristo. La Biblia dice claramente que el ser humano –la humanidad– es hombre y mujer; Dios los creó a su imagen y semejanza; y los creó hombre y mujer. La humanidad es descrita, desde su primer origen, como articulada en la redención de lo femenino con lo masculino. Es esa humanidad sexuada la que se declara explícitamente “imagen de Dios”. Cuando en el segundo relato de la creación (Gén 2,4-25) es creado el varón es necesario que entre en relación con otro ser, la mujer, que se halle a su nivel. Solamente la mujer, creada de su misma “carne” y envuelta en su mismo misterio, ofrece a la vida del varón un porvenir. “La mujer es otro yo en la humanidad común” (Juan Pablo II, Exortación “Mulieris Dignitate, 6).

             Pero el pecado altera el modo como el hombre y la mujer acogen y viven la Palabra de Dios, su relación con el Creador y su misma relación recíproca. La sexualidad, que caracteriza al varón y la mujer no solo en el plano físico, sino también en el psicológico y espiritual, es ciertamente un modo propio de manifestarse, de comunicarse, de sentir y expresar el amor humano; pero se altera por la desarmonía entre Dios y la humanidad, que surge con el pecado. Tal alteración, sin embargo, no corresponde ni al proyecto inicial de Dios sobre hombre y mujer, ni a la verdad sobre la relación de los sexos. Es esa relación, buena pero herida, la que necesita ser sanada.

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             La Iglesia no negocia con estas verdades: las podrán defender o rechazar los hombres, los estados o los parlamentos. Esta verdad no depende de consensos, como método para determinar lo que es o no correcto en el orden moral o lo que en tal momento “se pone en valor”. Hay que recordar, además, que la democracia es una forma de gobierno, tal vez la mejor o la menos mala, pero no es un método científico ni un único criterio de moralidad. Por ello, la mayoría parlamentaria no tiene necesariamente siempre la razón.

             La Iglesia no impone a sus hijos cosas imposibles. Según una larga y paciente pedagogía, se encuentra repetido el tema de la alianza entre el varón y la mujer, y siempre entra en ella la participación de lo femenino y lo masculino. Los términos “esposo/esposa” son en la Biblia más que simple metáforas.

             Todo eso significa que los esposos cristianos, injertados en el misterio pascual y convertidos en signos vivientes del amor de Cristo y la Iglesia, son renovados en su corazón y pueden, así, huir de las relaciones marcadas por la concupiscencia y la tendencia a someter al otro cónyuge, que la ruptura con Dios, a causa del pecado, había introducido en la pareja primitiva. Para ellos, hoy, la bondad del amor, del cual la voluntad humana herida ha conservado siempre la nostalgia, se revela con acentos y posibilidades nuevas.

+Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo emérito de Toledo

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