La sociedad de los sentimientos

Resulta muy llamativo –y, ciertamente, paradójico– que la sociedad supuestamente más desarrollada desde la perspectiva del conocimiento haya perdido la razón, en su sentido más literal.

Esta afirmación quizás pueda parecer un tanto exagerada, excesivamente genérica e, incluso, reduccionista, pero ilustra una realidad que se constata día a día en los grandes debates de nuestro tiempo y en las noticias cotidianas. Sirvan dos ejemplos como demostración.

El primero de ellos es el relativo a la diferenciación entre género y sexo, debate suscitado en los años 60 del pasado siglo sobre el que hoy en día apenas cabe decir nada si no es para apoyar la argumentación de quienes sostienen –o experimentan– que su sexo biológico es una categorización que constriñe excesivamente lo que la persona es y que el género, elegible, es flexible. No importa lo que dice la ciencia, ni las evidencias biológicas, ni se permite discrepar basándose en una y otras. Ante cualquier manifestación en contrario, se reacciona con violencia, desde el puro sentimentalismo. Lo mismo ocurre en no pocas ocasiones cuando se desprecia a las personas que puedan estar viviendo esta situación; lejos de razonar las propias posiciones, se ataca a quien consideran contrario sin piedad, con deducciones absurdas que no permiten el diálogo, ni el encuentro, ni la escucha, ni el intercambio de argumentos en uno u otro sentido.

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El segundo, radicalmente distinto pero igualmente iluminador, es la reciente sentencia del Tribunal Constitucional  por la que se declara la inconstitucionalidad del primer estado de alarma decretado por el Gobierno de España. Más allá de la utilización de la misma con fines partidistas (lo cual, por cierto, se da igualmente en el ejemplo anteriormente mencionado), se comenzó a criticar o a defender vehementemente la posición del órgano sin que se conociera aún el texto completo de la sentencia, sino únicamente su parte dispositiva. Los elementos objetivos de las situaciones sobre las que se reflexiona parecen no importar tampoco en este caso.

La razón ha sido uno de los elementos definidores de nuestra civilización occidental. Razón entendida como capacidad de discernir, acción de argumentar en apoyo de algo, facultad de reflexionar, desde la escucha, buscando la verdad de las cosas. Quizás ahí radica el auténtico problema: al descartarse la existencia de verdades objetivas, dado que todo es subjetivable, la razón pierde valor como instrumento de búsqueda de la verdad y también como premisa del debate entre posiciones que, aunque enfrentadas e, incluso, radicalmente opuestas, tratan de encontrar esa verdad. 

Las consecuencias son funestas: pérdida de libertad, desaparición de todo aquello que se aleje del planteamiento propio, visceralidad en el diálogo, imposibilidad de encuentro. En definitiva, lo que vemos cada día en televisiones, radios, redes sociales…

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Recuperar la razón es imprescindible. Pero no puede hacerse sin conectarla con el reconocimiento de que existen verdades objetivas que la preceden. Y eso, claro está, es una cuestión que la sociedad más supuestamente desarrollada desde la perspectiva del conocimiento no está dispuesta a aceptar.

GRUPO AREÓPAGO

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