El gobierno emotivista

El emotivismo es una teoría moral que defiende que lo bueno para cada uno es lo que cada uno prefiere, lo que desea. Y es bueno, no solo para uno mismo sino para todos. Por lo tanto, no solo se conforma con seguir la propia apetencia como norma de conducta, sino que intenta imponerla a los demás.

Macintyre afirma que «el emotivismo está incorporado a nuestra cultura». Esto es algo decisivo, porque significa que nuestro comportamiento, como hijos de nuestro tiempo, tiende a seguir criterios emotivistas. Comportarse de otra manera supone un esfuerzo contracultural, un empeño contracorriente.

Como toda teoría moral (que define cómo me comporto privadamente), el emotivismo soporta una teoría ética (cómo me comporto públicamente). El relativismo y el subjetivismo implícito en el planteamiento emotivista deja poco espacio para un desarrollo social cohesionado, más bien favorece la fragmentación social y el conflicto, donde cada uno hace lo que le viene en gana y se lo impone al resto. No hay razones sobre las que discutir un acuerdo, son más bien las modas o las relaciones de poder las que permiten un mínimo de entendimiento social.

Por ejemplo, la moda. Si por medio de la publicidad, las influencias estéticas de las grandes marcas o la influencia de los medios, el público valora especialmente ciertas tendencias o gustos, el mecanismo emotivista se socializa, sincronizando el deseo y la apetencia de grupos masivos, diluyendo el gusto personal y sustituyéndolo por la tendencia en boga en cada momento.

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Siguiendo con el ejemplo, es evidente que la forma de vestir de esta época es, no solo diferente de la de hace unos años, sino contraria. Si pensamos en la forma de vestir como en un lenguaje corporal, el mensaje que enviaba a la sociedad un joven universitario de hace cincuenta años era lo más parecido a «quiero ser adulto». Ahora el mensaje corporal del vestido de los jóvenes universitarios actuales es más bien «quiero ser un adolescente».

Las modas son la manifestación social del emotivismo individual, lo cual es especialmente preocupante en cuanto prescinden de la libertad personal. ¿Quién define lo que está de moda? No son los consumidores, claramente. Es frecuente que las casas de moda adelanten «lo que se va a llevar la próxima temporada». ¿Cómo lo saben? Lo saben porque son ellas las que lo imponen.

Pero aún más preocupante es el otro mecanismo de socialización del gusto, el poder. Las leyes configuran el marco de lo permitido (y por tanto deseable) y lo prohibido (lo rechazable). La gran diferencia con el mecanismo anterior es que la moda para imponerse requiere mecanismos de sugestión, a veces indirectos y no completamente controlables. Sin embargo, el poder se ejecuta de forma directa, mediante disciplinas de voto y decretos ley. La capacidad manipuladora del poder político es mucho más directa y eficaz que la del poder de las modas.

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¿Cómo actuaría un gobierno emotivista? Adaptaría la ley a sus necesidades inmediatas (el mayor deseo de un gobernante es mantener el poder), mezclaría moral y ley, los incumplidores de la ley no solo serían infractores, sino malvados. Los que se opongan a sus leyes pasarán a ser agentes del mal, propagadores de ideas despreciables que deben ser silenciadas. Los patrones del comportamiento estarían controlados por los gobernantes y la corrección vendría definida por los mandatarios políticos (corrección política).

Las nuevas dictaduras vendrán marcadas por la conjunción del poder de sugestión de las modas (medios de comunicación) y la legislación moralista (leyes ideológicas).

Pero no nos engañemos, esto no es un problema de izquierdas o de derechas, esto es un problema que viene de aguas arriba, de la concepción de la moral, del criterio sobre el bien y el mal, sobre lo bueno y lo malo, y de nuestra capacidad de autocontrol sobre nuestras apetencias.

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