Tenemos respuesta

Es curioso, pero en la literatura, en películas y otros medios audiovisuales de nuestro tiempo prevalece una imagen sombría del ser humano. A la hora, pues, de nuestro testimonio cristiano, hemos de ser perspicaces. Por un lado, cuanto sea grande y noble despierta a priori en nuestra sociedad sospechas y, por otro, la moral se juzga hipocresía y la felicidad, autoengaño. Quien se confía con sencillez a la belleza y a la bondad se dice que peca de ingenuidad o que persigue fines ocultos. Por tanto, la crítica de la sociedad es un deber, y los peligros que nos amenazan son reales. Sin embargo, la complacencia en lo negativo tiene sus límites y no debemos únicamente juzgar de modo indiscriminado.

Es cierto que, si uno se atreve a decir que en el desarrollo de la cultura moderna no todo ha seguido el camino correcto, de modo que sería necesario reflexionar de nuevo sobre la sabiduría común a las grandes civilizaciones, tropezaría de inmediato con una defensa a ultranza de los logros de la modernidad por los “progresistas”, como se llaman. El sorprendente rechazo a la crítica actual se hace evidente cuando se considera cómo la opinión pública dominante ha reaccionado duramente al juzgar hechos que se dan entre nosotros, como es la droga, el aborto, la eutanasia o la pornografía en niños y en adolescentes, por señalar algunos ejemplos. Quien se atreve a decir que la humanidad debería evitar el libertinaje o esas desmesuras que no hacen bien, corre el riesgo des considerado por la opinión pública como un oscurantista redomado.

La droga, por ejemplo, o la pornografía, que no son soluciones para nada, son una señal inequívoca de algo más profundo. No solo descubre en nuestra sociedad un vacío, que ésta no es capaz de llenar con sus propios medios, sino que atrae también la atención hacia una íntima exigencia del ser humano que, si no encuentra respuesta acertada, se manifiesta de forma pervertida. Pero nunca olvidemos que, sean cuales sean nuestras críticas ante estos fenómenos meramente descritos aquí, la voz de Dios en el corazón del hombre, aunque pueda ser velada o distorsionada, nunca deja de resonar y sabe hallar el camino para dejarse sentir. Aparece también entre nosotros una nueva exigencia de recogimiento, de contacto con Dios, cuyas señales se hacen perceptibles por doquier.

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 Aquí deben aparecer las respuestas a las dificultades de nuestros contemporáneos, que son las nuestras. La nueva demanda religiosa, si surge en este o aquella, no puede dirigirse, sin embargo, ni hacia el esoterismo ni hacia un sentimentalismo romántico. El puro sentimentalismo es demasiado poco. Ha de haber una motivación moral y religiosa que debemos vivir con los creyentes, sobre todo cuando faltan las motivaciones personales en tantos y tantos, y no solo en los jóvenes.

Bien es verdad que, en la sociedad moderna, solo una parte muy pequeña de los hombres y mujeres cree aún en la existencia de los mandamientos divinos, y son muchos menos los individuos convencidos de que estos mandamientos, en caso de que existan, se transmiten a través de la comunidad religiosa, en nuestro caso en la Iglesia. Para algunos, a Dios no le queda otra función que, si acaso, haber dado inicio al cosmos con el Big-Bang. Hacer de Dios un ser que actúa entre nosotros y del que el hombre dependa, para muchos es una concepción ingenua.

Ahora bien, la idea de una relación personal entre Dios Creador y cada hombre y mujer en particular no está del todo ausente en la historia religiosa y moral de los seres humanos. Y esto es importante y Dios quiera que sepamos transmitirlo en el llamado “primer anuncio”, sea de la forma que sea. Entre muchos o algunos contemporáneos lo que nos sucede no es todo invención humana, que tendría que sustituirse por conocimientos racionales. La reducción del ser humano a la materia bruta no es por todos aceptado.

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También la razón práctica, sobre la que se funda en el conocimiento moral como tal, es un tipo de razón, y no solo expresión de estados de ánimo subjetivos, privado de toda capacidad de conocer. Debemos, por eso, animar a comprender de nuevo que las grandes conquistas morales de la humanidad son también razonables y verdaderas, más verdaderas aún que las adquisiciones experimentales en el campo de la ciencia, de la naturaleza y de la técnica. Son más verdaderas porque captan más profundamente la verdad del ser y porque resultan más decisivas para el ser humano.

De todo esto se derivan dos consecuencias. La primera es que el deber moral no es la condición desgraciada del hombre, de la cual deba liberarse para poder hacer lo que desee. Si no existe ningún deber al cual el ser humano pueda y deba responder libremente, tampoco existirá el ámbito de la libertad. La segunda consecuencia es que lo que hemos llamado razón práctica (o moral) es razón en su más alto sentido, porque penetra en el misterio específico de la realidad con mayor profundidad que la razón experimental.

Así que la visión ética vinculada a la fe cristiana, en efecto, no es algo exclusivamente cristiano en sentido particular, sino más bien la síntesis de las grandes intuiciones éticas del género humano a partir de un nuevo núcleo que las recoge en sí mismo. Por ello, la concordancia íntima de los principios morales fundamentales es la mejor prueba de que no ha sido inventada, sino reconocida. Pero sucede que el ámbito de la Revelación de Dios y el de la razón se entrelazan de un modo muy estrecho. Y aquello que se alcanza por medio de ella, en el plano ético, es esencialmente el mensaje moral, inscrito en la creación misma.

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  La naturaleza no es –a diferencia de lo que afirma el cientifismo totalizante– obra de la casualidad y de sus reglas de juego, sino Creación. En ella se manifiesta, como decía Benedicto XVI, el Creator Spiritus. La Creación misma no enseña cómo llegar a ser hombres y mujeres en el sentido estricto de la palabra. Pero la fe cristiana, que nos ayuda a reconocer como tal la Creación, no significa una parálisis de la razón. Por el contrario, crea en torno a la razón práctica un espacio vital en el cual ésta puede desarrollar la propia potencialidad. Cuando, como discípulos de Jesús, sabemos que somos cristianos por un encuentro personal con una persona viva, Cristo resucitado, a la razón se une la esperanza, la que salva al hombre y la mujer. Ese es el camino de la felicidad y, a la vez, el de la responsabilidad.

Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

10.12.23.

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