Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

Tag: libertad

El bien es contagioso

Hace pocas fechas pudimos leer en el periódico: “Muere la mujer que renunció a un tratamiento contra el cáncer para dar a luz a su sexto hijo” (http://www.larazon.es/amp/sociedad/muere-la-mujer-que-renuncio-a-un-tratamiento-contra-el-cancer-para-dar-a-luz-a-su-sexto-hijo-OJ15947669)

Carrie Deklyen, con un cáncer cerebral, decidió libre y voluntariamente proteger la vida de su hijo no nacido, el más vulnerable de todos, negándose a recibir tratamientos teratogénicos, a pesar de que ella moriría.

El instinto maternal prevaleció frente al instinto de supervivencia. Este testimonio nos conduce al asombro ante la grandeza del ser humano y alimenta la esperanza en una humanidad verdaderamente humana.

¿Somos auténticamente libres al satisfacer nuestros deseos aunque perjudiquemos a terceros? ¿El reclamado “derecho a decidir” sobre “mi cuerpo”, justifica dañar a mi propio hijo no nacido, vulnerable entre los vulnerables? ¿Ese “derecho a decidir” me hace libre, me conduce hacia la felicidad?¿O más bien, hacia el vacío, hacia la nada?

El núcleo esencial de la persona radica en amar y ser amado, vivir y dar vida. Esto es propiamente humano, y nos diferencia de otros animales. Nos impulsa a transcender, a salir de nosotros, a no “ensimismarnos”, a salir del “yo-mi-me-conmigo”. Somos seres de encuentro, y esa salida hacia los otros, como ejercicio supremo de nuestra libertad, da sentido verdadero a nuestra vida. Eso es el amor, expresión de la auténtica libertad. Camino necesario para alcanzar una vida plena y una humanidad humanizada.

Carrie ha decidido, en un acto de amor, entregar su vida por completo para dar vida a su hijo. En ese don voluntario ha encontrado la plenitud, la felicidad.

“Vince in bonumalum” (se vence al mal con el bien). La decisión de Carrie no sólo ha salvado la vida de su sexto hijo, sino que puede salvar muchas más, porque el bien es contagioso.

Gracias Carrie.

GRUPO AREÓPAGO

Por monja

Queman iglesias por ser templos católicos (una capilla universitaria de la Autónoma de Madrid); pegan a una mujer en la calle por ser monja (una hermana de la Congregación de las Esclavas de la Inmaculada Niña en Granada); excluyen de los primeros puestos en las listas electorales a militantes  de partidos políticos por haber antepuesto su conciencia a la disciplina de voto (miembros del PP que votaron en contra de la última reforma de la Ley del aborto); presentan querellas contra Obispos por exponer ante sus fieles el Magisterio (los de Alcalá, Valencia o Córdoba). Todo ello se suma a planteamientos de supresión de la financiación pública de la Iglesia, de eliminación de las manifestaciones públicas de fe, de minusvaloración a quien expresa su opinión basándose en sus convicciones religiosas por considerarlo incompatible con la razón e, incluso, la inteligencia.

Sería fácil, en consecuencia, centrar esta reflexión en la idea de que en España ya está pasando –o, mejor dicho, ya está volviendo a pasar–: la persecución religiosa ha dejado de ser únicamente cultural para convertirse también en personal.

Sin embargo, el problema de fondo es mucho más amplio. No nos damos cuenta de que todas estas manifestaciones, que son bien vistas por quienes no simpatizan con la Iglesia católica e ignoradas con indiferencia por la gran mayoría de los ciudadanos, son un auténtico ataque a la libertad de todos.

Una sociedad que desprecia, critica, persigue, se mofa e, incluso, agrede a personas por creer en Dios y tratar de vivir en coherencia con ello –o, cuando menos, que no reacciona frente a los desprecios, las críticas, las persecuciones, las mofas, las agresiones a personas concretas– es una sociedad condenada, toda ella, a la esclavitud.

No hay mayor manifestación de libertad que la libertad interior. Es esto lo que está en juego: la imposición de una concreta visión del ser humano y del mundo que no acepta fisuras, críticas ni argumentos en contra. Quien discrepe, sobra.

Hoy pegan a una mujer “por monja” –y muy pocos reaccionan, ni siquiera los defensores de la igualdad de género, quizás por entender que una mujer, al ser monja, pierde su condición de mujer y, por tanto, la agresión por parte de un hombre no puede ser calificada de acto de machismo ni como violencia de género–. Mañana será demasiado tarde para reaccionar si no frenamos estos ataques a la libertad.

 

 

 

 

GRUPO AREÓPAGO

El hombre “nuevo” no es natural

vida

No hace mucho tiempo, el papa emérito Benedicto XVI decía a nuestro papa actual que el gran pecado de nuestro tiempo es el ir contra la verdad de la Creación. Así lo manifiestan constantemente numerosas noticias procedentes de diversos países del mundo a las que ya casi no damos importancia. Sin embargo, deberían sorprendernos, porque nos intentan imponer la Ideología de género y la “Cultura de la muerte”: abundan los casos de la erróneamente llamada “violencia de género”, de la equiparación del también mal llamado “matrimonio homosexual” al matrimonio verdadero, del pretendido “derecho” a la autodeterminación de género, del “derecho” a adoptar por parte de parejas homosexuales, de las posibilidades de la fecundación in vitro para elegir el hijo perfecto,  o de la “compasión” con los enfermos para “acabar con sus vidas”, así como la aprobación de leyes que protegen dichas situaciones. Respecto de estos  y otros muchos titulares, que siempre versan acerca de comportamientos sexuales o relativos a la procreación o el fin de la vida, cuanto mayor es el empeño en justificarlos con argumentos, más queda de manifiesto su incongruencia con la realidad.

Sin embargo, es tal el cúmulo de noticias que bombardean constantemente las mentes y la vorágine de titulares, imágenes y eventos y en la que nos introduce la vida cotidiana que la gente, nosotros mismos, podemos quedar como anestesiados, impertérritos, ante unos mensajes que no solo se oponen al sentido común, sino que intentan imponer como legítimo, verdadero y único un pensamiento que actúa en contra de lo que es natural en su sentido más auténtico y quiere dañar lo que Dios más ama en su creación visible: el hombre, su imagen en la Tierra. Lo que es aún más grave es que en el mundo de la democracia y los derechos, este pensamiento se presenta como “pensamiento único” y, por ello, se ve a la Iglesia o a cualquier institución “tradicional” como enemiga del “nuevo hombre” que se quiere imponer y busca su sitio en la sociedad; o lo que es peor, busca ocupar el único sitio posible desde el que se gobierna y se hace callar y destruir cualquier voz divergente.

Ante este ataque, que tiene detrás al padre de la mentira y homicida desde el principio, debemos confiar en los medios de la Gracia, pero también en nuestros esfuerzos sostenidos por el mismo Dios de aprender a llamar a las cosas por su nombre, de buscar el verdadero valor de las palabras y de intentar educar en la verdad para que haya libertad. Si Dios ha vencido por nosotros en Cristo a través de la Cruz, también sabemos que podremos vencer nosotros, eso sí, pasando por el misterio de la contrariedad y la persecución.

GRUPO AREÓPAGO

Carnaval, libertad o libertinaje

carnaval

Posiblemente el carnaval sea la fiesta que más personas celebran y festejan en todo el mundo. Cada año con la llegada del carnaval los cristianos nos vemos ridiculizados por las alusiones a las referencias religiosas, con un uso de disfraces cristianos y de parodias sobre hechos cristianos que implican una falta de respeto hacia nosotros. Son numerosos los disfraces de obispos, sacerdotes, etc…pero al igual que está prohibido disfrazarse de las Fuerzas de Seguridad del Estado, ¿por qué sí se permiten las máscaras y trajes relacionados con nuestra religión? Así ha ocurrido hace unos días en el desfile de Drag Queen del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, cuyo ganador fue una “virgen drag”, que escenificó la crucifixión de Cristo.

Desde los orígenes del carnaval la burla, la ironía, el humor, la caricatura y la sátira se repiten en cada fiesta y van todos de la mano, pero junto a todo esto el respeto a las creencias religiosas tiene que tenerse en cuenta. Se pide respeto ante nuestras creencias. Sólo es respeto por el otro, pero parece que durante las fiestas de carnaval, el “todo vale” se permite y las manifestaciones carnavaleras tienen licencia para expresar sus opiniones, mediante comparsas, disfraces o celebraciones festivas, aunque suponga reírse de los demás, sin ningún tipo de pudor, ni de consideración.

Es cierto que la libertad de expresión es un derecho fundamental que todos tenemos reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero este derecho tiene unos límites y  no incluye, entre otros, el molestar o la falta de respeto al otro por sus creencias o ideologías, debe ejercerse con responsabilidad. Libertad de expresión, pero con unos límites. Libertad de expresión. No libertinaje.

¿Dónde están los límites a la libertad de expresión? Una vez más hay que hacerse esta pregunta. ¿Por qué no se respeta a las creencias religiosas? ¿Por qué la libertad es tan amplia para algunos?

El Papa Francisco en 2015 dijo: “no puedes provocar. No puedes insultar la fe de otros. No puedes burlarte de la fe”

 

 

Grupo AREÓPAGO

¿Hasta dónde?

“Niñas con pene y niños con vulva” Un anuncio que pretende normalizar la transexualidad. Las noticias nos explicaban y adoctrinan: es necesario y además es moderno. Este anuncio nos recuerda el engaño de las primeras páginas de la biblia: “seréis como dioses”. La sociedad adulta y moderna y los grupos de poder de esta sociedad, están privando a los padres del derecho a educar a sus hijos según sus propias convicciones. Este sí que es un derecho humano primario, y no inventado. Están estableciendo un control, como lo pudo ser el del KGB o las SS para que todos piensen de forma correcta y moderna.

Cuando una persona, o un grupo disienten de esta modernidad se le considera alguien peligroso, que no puede hablar, a quien se le deben retirar cualquier tipo de apoyo social y situar al margen de la sociedad.

Viendo esta campaña, escuchando a los defensores de la pseudo-libertad de estos niños que no están de acuerdo con su cuerpo y con su naturaleza, sería bueno preguntar a quienes promueven estas campañas:

–           Y si una pequeña que se considera hombre, al cabo de un año se vuelve a considerar mujer ¿Qué debemos hacer?

–           ¿Qué tendremos que hacer cuando alguna de estas personas lleguen a adultos y aprendan que lo masculino y femenino viene dado por la propia naturaleza y no por una elección?

–           ¿Qué prima el bien de los grupos de presión o el bien de cada persona?

–           ¿Qué podremos decir cuando nos encontremos con personas como Nathan Verhelst, el transexual que pidió la eutanasia diciendo: que se sentía “asqueado” con los cambios en su cuerpo, que lo hacían sentirse un “monstruo”.

Nuestra palabra tiene que ir más allá del lamento, la queja y la protesta. La respuesta a esta campaña de publicidad puede y debe aportar una luz sobre la verdad de la persona humana, y para ello proponemos estos caminos.

-Cuidar nuestras familias e intentar que los medios de comunicación y redes sociales no nos sustituyan en la adecuada formación humana y afectiva de nuestros pequeños.

-Formación: en nuestras pequeñas comunidades es necesario formar personas que conozcan y amen la creación y estén abiertas al sentido trascedente de la vida.

-Compromiso social y político, hoy necesitamos presencia en la vida pública y presentar la belleza de la existencia humana. Un auténtico compromiso público con el ser humano.

Seguro nos parece una tarea imposible, pero estamos llamados a ser la levadura que fermenta la masa y luz en medio de tanta sombra, o falsas luces.

GRUPO AREÓPAGO

Navidad sin Navidad

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Domingo de Adviento, noche cerrada y plenamente invernal. Paseando  por las calles de Toledo o de cualquier otra ciudad nos sobrecoge una vez más, su estampa de ciudad.

Al tiempo podemos reflexionar sobre una realidad muy obvia y que se extiende por pueblos y ciudades: la nula presencia de símbolos religiosos en los adornos navideños que se eligen para engalanar los espacios públicos.

Abrimos el diccionario de la Real Academia de la Lengua española, buscando la definición de Navidad: En el mundo cristiano, festividad anual en la que se conmemora el nacimiento de Jesucristo.

Algo no  cuadra: estamos en una sociedad mayoritariamente cristiana, pero no se puede ver en sus calles nada que recuerde que, lo que vamos a celebrar es el nacimiento de Dios hecho hombre. ¿Por qué? ¿Es que estorba? Sin duda las administraciones, los poderes públicos, quienes tienen a su cargo estas responsabilidades, nos hacen flaco favor con mal entender el significado del respeto a las creencias de sus ciudadanos.

La presencia de los signos religiosos, no pueden ofender cuando se entiende el verdadero significado de la palabra libertad. La manifestación religiosa no es enemiga de la libertad del no creyente, o del no cristiano,  ni tampoco algo que desea imponerse por encima de todo.

Hay un concepto equivocado en una presunta progresía, que a fuerza de tratar de derribar unos dogmas, nos está imponiendo los suyos.

Quizás sea fruto de ese laicismo que avanza valiéndose de los muchos complejos que los creyentes arrastramos y de la falta de firmeza en la defensa de aquello en lo que creemos.

En este sentido son muy clarificadoras, las palabras del Papa Francisco en la entrevista publicada en estos días, que concedió a la revista Tertio:

“Pero una cosa es laicidad y otra cosa es laicismo. Y el laicismo cierra las puertas a la trascendencia: a la doble trascendencia, tanto la trascendencia hacia los demás como, sobre todo, la trascendencia hacia Dios. O hacia lo que está Más Allá. Y la apertura a la trascendencia forma parte de la esencia humana. Entonces, una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia de la persona humana, poda, corta a la persona humana.”

¡Qué hermoso será el día en el que podamos pasear y disfrutar de nuestras calles, plazas y monumentos, adornados tal cual merece una fecha tan decisiva para toda la humanidad: el nacimiento del Hijo de Dios!

GRUPO AREÓPAGO

Decir la verdad

verdad

“Los cristianos tenemos la obligación de decir la verdad”. Esta frase, realmente contundente, pronunciada hace unos días por Jaime Mayor Oreja en Toledo con motivo de una conferencia organizada en torno a la presencia de los cristianos en la vida pública –y recogida como titular por la prensa–, debería hacernos reflexionar a todos, creyentes y no creyentes.

Es claro que la verdad no está de moda en nuestra sociedad y en nuestras propias vidas. En algunos casos por mala fe y en otros por falsos respetos humanos, en no pocas ocasiones optamos por la mentira o, cuando menos, por ocultar la verdad. Es lo que está ocurriendo en el ámbito de los valores: por miedo a sentirse minoría en el contexto de una comunidad sin referencias, por un mal entendido respeto de la libertad de los demás o, sencillamente, por despreciar su existencia, el debate acerca de determinados valores que nos han caracterizado como sociedad ha desaparecido de la esfera pública.

Se ve con meridiana claridad en el ámbito de la política, pero también se aprecia respecto del Derecho, de la Justicia e, incluso, en todo lo relativo a la naturaleza del ser humano. No están en el lenguaje político conceptos básicos como el de bien común; el legislador no parte de principios preconstituidos a la hora de concretar reglas; las decisiones de gobierno no necesariamente se adoptan con criterios de equidad.

Nada es verdad; en consecuencia, la realidad depende total y absolutamente de la concepción que de ella se hace quien la observa; el resultado final es que no pueden existir coincidencias objetivas en quienes buscan la esencia de todo lo que nos rodea –la naturaleza, la persona, la sociedad–, salvo que la casualidad conduzca a ello o la voluntad lleve al consenso, aunque lo consensuado sea manifiestamente contrario a la razón (y, por supuesto, con independencia de su complemento natural, la fe). De este modo, estamos condenados al nihilismo y, con él, a la autodestrucción como civilización.

Todos tenemos obligación de decir la verdad. Y de buscarla.

 

Grupo AREÓPAGO

La libertad de opinión de la Iglesia católica

opiniónLa Iglesia católica reconoce en sus miembros la facultad, el derecho y hasta la obligación de manifestar  su personal opinión a los pastores, a los demás fieles y desde su pertenencia a la Iglesia a todos los demás hombres.

Los criterios para opinar bien se enmarcan en las siguientes directrices: tener conocimiento, competencia y prestigio en aquello que se dice (en este sentido la experiencia es un grado). Buscar el bien y la utilidad de todos. Tener muy en cuenta la dignidad de las personas. También la dignidad de grupos de personas, que conforman las instituciones.

La razón de ser de la libertad de opinión es muy sencilla. La experiencia de la fe cristiana se hace cultura y percepción personal en la vida intelectual, individual y social del ser humano afectado por la fe, en cuanto el creyente da testimonio de su experiencia. En cuanto persona humana creyente puede manifestar su valoración de cualquier realidad a la luz de su experiencia de fe. Y esto, para los cristianos, es una facultad, un derecho y hasta una obligación.

Decidir libremente expresar la experiencia de encuentro con Jesucristo es una alegría para el cristiano. Como los adolescentes que dibujan corazones por el parque. El cristiano considera este encuentro como algo muy bueno para él, y lleno de alegría lo manifiesta a todos por si alguien más quiere compartir este tesoro. Dentro de la Iglesia esto se considera testimonio. Fuera de ella esto se considera “acto de libertad de opinión”.  Tanto la Iglesia como la sociedad civil reconocen este derecho como expresión de una facultad propia del ser humano.

Opinar bien añade algo. Poder hacer algo no significa que lo suyo esté bien hecho. El ser humano puede y debe crecer, aprender y progresar.  El crecimiento humano incluye errores, y por tanto la capacidad de  corregirse y aprender los demás. Si el creyente madura su juicio según la guía de las buenas opiniones lo normal será que sus opiniones ofrezcan un gran beneficio para todos.

La recomendación – y mucho más – de Jesucristo a los suyos fue  anunciar buenas noticias. Los creyentes hoy tenemos más obligación de hablar que de callar.

Grupo AREÓPAGO

La Declaración de Derechos Humanos, mero papel mojado

derechos humanosTodavía hay millones de seres humanos que son víctimas de la angustia, la pobreza, la enfermedad, la ignorancia y la injusticia. Personas que mueren en los mares que nos rodean por lanzarse en barquichuelos por desesperación. El racismo sigue haciéndose sentir de forma clara en naciones tan supuestamente democráticas como Estados Unidos.

La proclamación de las libertades fundamentales del hombre y de la dignidad y el valor de la persona humana, más que una utopía, sigue siendo una burla en muchos países del mundo. ¿Qué significa el derecho al trabajo donde no existen empleos? ¿Cómo se puede hablar de igualdad si las mujeres ni siquiera tienen conciencia de sus derechos y responsabilidades en muchos países?

Todo lo anteriormente reflejado nos conduce a pensar que sigue siendo evidente hoy día que no basta con el reconocimiento legal de los derechos humanos. Un país cualquiera, el nuestro, puede reconocer la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ratificar instrumentos internacionales, incluir derechos humanos en su constitución y regular su disfrute mediante leyes, pero eso no garantiza su respeto efectivo.  Las leyes no sirven por sí solas, sino que muchas veces necesitan reglamentaciones, fondos destinados a que sean cumplidas, y una decidida voluntad de quienes deben aplicarlas, de la que se adolece en no pocas ocasiones, además de una presión constante de todas las sociedades civiles nacionales e internacionales para que sea efectivo el cumplimiento de los derechos.

No cabe duda de que la mera existencia de una Declaración como la del año 1948 a nivel internacional ha supuesto un claro e importante avance, pero no ha impedido que sigan existiendo pueblos esclavizados y explotados en muchas partes del mundo. Las consignas de  libertad sólo se han aplicado a un grupo limitado de personas.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos tenemos una serie de definiciones ampliamente aceptadas sobre derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. Se afirma el principio de que estos derechos alcanzan a todas las personas independientemente de su raza, lengua, religión, sexo, edad, condición social y opinión política, proclamación que en no pocas ocasiones se reduce con frecuencia a la utopía. A veces da la sensación de que la diferencia entre el ideal y la realidad, entre la proclamación universal de los derechos humanos y la conculcación continua de las más justas aspiraciones de los seres humanos es cada vez mayor.

Estas circunstancias llevan a señalar que el problema prioritario que hoy plantean los derechos humanos no es tanto el de su justificación, en el que quizá puede haber un amplio consenso, sino el de su protección. No bastan las declaraciones por sí mismas. Es necesaria la firme voluntad de aplicarlas por parte de todos.

 Grupo AREÓPAGO

¿GATO O LIEBRE?

Fotografía de marketingdirecto.com

Fotografía de marketingdirecto.com

En enero de 1942, en Wannsee, alrededor de Berlín, hubo una reunión de alto secreto. Con un lenguaje meticuloso, Adolf Eichmann redactó el acta donde puede leerse: «…los judíos que ya están bajo control alemán, serán enviados al Este. La mayoría morirán…Aquellos que sobrevivan habrán de ser tratados “adecuadamente”», expresión en clave para la denominada “solución final de la cuestión judía” o planificación del genocidio de once millones de judíos censados en Europa, seis mil de ellos españoles.

Se recurre a palabras ambiguas o eufemismos para dulcificar la carga moral de las acciones sobre el hombre, para justificar acciones in-humanas. Ahora, se habla de “interrupción voluntaria” del embarazo, IVE (acrónimo convertido en sustantivo) o “reducción embrionaria” para referirse al aborto. Se crea el término “preembrión” como algo previo al embrión, sobre el que puede realizarse cualquier tipo de acción. Se habla de óvulo fecundado casi dando a entender que es algo del cuerpo de la madre y no un nuevo ser humano. Se apropian del concepto  “muerte digna” los que defienden la eutanasia, etc.

Se recurre a la seducción del lenguaje científico-técnico que suele referirse al hombre sólo en su aspecto biológico, de forma reduccionista (células, tejidos, órganos, casos clínicos…), cosificando al hombre, des-humanizándolo, impidiéndonos verlo en toda su dimensión (“espíritu encarnado”). Al referirse al hombre sólo desde su dimensión biológica, su “ser hombre” se oculta a la mirada. Si las palabras no lo detectan, el “hombre” desaparece. Seducidos y obnubilados por los avances científicos no vemos las posibles consecuencias inhumanas de los mismos (embriones congelados y eliminados, objeto de experimentación;  vidas no dignas de ser vividas, bebés medicamento, etc.). Incluso abren los telediarios sin reflexión de fondo, dando por hecho que son grandes avances de la humanidad y, por su insistencia, convirtiendo un truco del lenguaje en pura realidad.

Qué importante es el uso de las palabras. A ellas ligamos los conceptos y con ellos aprendemos a ver lo que nos rodea. No parece casualidad el enorme interés de las ideologías por apoderarse del lenguaje. Interesante forma de mermar la libertad de los ciudadanos. Las palabras nos permiten comprender la realidad, comunicarnos, crecer. Si se traiciona la palabra, también la libertad se evapora. El pensamiento se duerme y se da por bueno aunque no lo sea, lo que se repite y se repite, aceptándolo de forma acrítica, normalizándolo.

Pensemos en el significado de las palabras, lo que nos dicen, lo que nos quieren decir… que no nos den gato por liebre.

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