Firma invitada de don Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo: «La ideología del progreso»

La llamada “fe en el progreso” ha recibido un formidable palo con la pandemia de COVID-19, porque por primera vez todos los habitantes de la Tierra nos sentimos directamente amenazados, en nuestras personas y familias, por el contagio de una enfermedad nueva, cuyas consecuencias todavía no conocemos, pero con un alto índice de mortalidad. Pero hay más: cada uno de nosotros, incluidos los jóvenes, nos sentimos débiles, vulnerables. Y la humanidad en su totalidad. No son sólo la vida y el nivel de vida de los individuos los que se muestran frágiles. Es la humanidad misma la que se muestra vulnerable y en peligro, sin progreso que nos salve inmediatamente.

¿No se estará cayendo uno de los mitos fundantes de la Modernidad: que la humanidad es capaz de ofrecerse a sí misma la salvación? No lo sabemos. Sin embargo, en mi opinión sigue habiendo entre nosotros el sentimiento que el progreso técnico no tiene límites y que basta con aplicar soluciones “progresistas” para salir de cualquier problema, con solo la ciencia humana. ¿Será también la única solución para el COVID-19? Son tantos los que se denominan progresistas que será difícil que salgan de ese optimismo y les costará cambiar de mentalidad para buscar soluciones mejores que autodenominarse simplemente “progresistas”. Y estos horizontes siguen influyendo mucho en nuestra sociedad, pues apuntan sólo a soluciones fáciles, cayendo en la ideología del progreso.

Les digo que es tal vez muy pertinente leer en estos momentos de pandemia la segunda de las grandes encíclicas de Benedicto XVI, la titulada Spe salvi (“Salvados en esperanza”), de 2007. Él había ya puesto su atención como teólogo en esa credulidad de las masas en la ciencia experimental. Naturalmente se trataba de credulidad en la ciencia empírica, la cual, según aquel iniciador del positivismo, A. Comte, iba a resolver todos los problemas humanos, incluso los más “espirituales”. Son muchos, también los políticos, que creen esto. El de A. Comte no era más que un nuevo paganismo cuyo dios supremo es la humanidad del homo technicus.

He aquí la ideología del progreso técnico, de algún modo entendido como nueva religión. No estoy diciendo que no pueda haber un auténtico progreso. Lejos de mí demonizar la técnica. Es lo que tantos progresistas piensan que pensamos y defendemos los creyentes. No. El auténtico progreso sería aquel que dejara un espacio libre de técnica para lo más humano de lo humano: para el amor, que sigue siendo siempre el gran milagro que se sustrae a todo cálculo, la culpa que sigue siendo la oscura posibilidad que ninguna estadística puede anular y, en el fondo del corazón humano, esa permanente soledad que clama por el Infinito y que, al final, no puede ser resuelta por ninguna otra, porque la sentencia sigue siendo válida: `solo Dios basta´; solo el Infinito es suficiente para el ser humano, cuya medida, quiérase o no, está dispuesta para nada menos que lo infinito.    

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¿Basta, pues, el progreso de este mundo para conducirnos de modo directo al Reino de Dios y ser capaz de producir la tierra nueva? Este tema estaba en plena ebullición durante la celebración del Concilio Vaticano II en los años 60 del pasado siglo, ya que interesaban mucho las relaciones de la Iglesia con el mundo actual. “Es peligrosísimo confundir el progreso en el ámbito humano, sobre el que es necesario el diálogo, con la salvación de Dios, que se recibe por obediencia de la fe”. Son palabras de J. Ratzinger en estos años (Obras completas, 7/1, 286), que indican una situación cada vez más evidente: incluso sin negar la fe, en la correlación ciencia y praxis, la fe queda desplazada a otro nivel, el de las realidades exclusivamente privadas y ultramundanas, y, por tanto, irrelevantes para el mundo actual. De ahí la crisis de la esperanza cristiana en la sociedad actual, a la vez que crece la fe en el progreso (cfr. Benedicto XVI, Spe salvi,17). Se espera, en efecto el reino de la razón como la nueva condición de la humanidad totalmente liberada.

Todo este planteamiento es, en realidad, muy antiguo y en estos momentos está totalmente en crisis, menos en el mundo de ideas de los que se consideran progresistas, que son muchos de nuestros actuales políticos. Éstos vienen a pensar, más o menos, que el progreso hacia lo mejor, hacia un mundo definitivamente bueno, ya no viene simplemente de la ciencia, sino de la política (“la que mi grupo político lleva o quiere llevar a cabo”); de una política pensada científicamente, que cree saber reconocer la estructura de la historia y de la sociedad, y así indica el camino hacia la revolución, hacia el cambio de todas las cosas. Es el tema sobre el que reflexiona Benedicto XVI en Spe salvi, 20.

Para él afirmar que la historia tiene una lógica interna que, al final, produce necesariamente la sociedad adecuada, esto es, crea unos seres humanos distintos, es un mito primitivo que intenta sustituir la idea de Dios por un poder anónimo.

Esto es una falsedad, un mito, en efecto, que impide ver y comprender la realidad, es decir, una ideología, en el sentido peyorativo de la palabra. ¿Por qué es ideológica, en el sentido de falsa, esa fe en el progreso? Ante todo, porque opera con un concepto de progreso pobrísimo e insostenible. Prueba de ello es la experiencia trágica de las guerras y los genocidios del siglo XX. “¿Qué significa realmente el “progreso”?, se pregunta Benedicto XVI ¿Qué es lo que promete y qué es lo que no promete? Ya en el siglo XIX había una crítica a la fe en el progreso (…). El progreso, visto de cerca, sería el progreso que va de la honda a la superbomba (…) la ambivalencia del progreso resulta evidente. Indudablemente, ofrece nuevas posibilidades para el bien, pero también abre posibilidades abismales para el mal (…). Todos nosotros hemos sido testigos de cómo el progreso, en manos equivocadas, puede convertirse, y se ha convertido de hecho, en un progreso terrible del mal. Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cfr. Ef 3,16; 2 Cor 4,16), no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo” (Spe salvi, 22).

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El concepto de progreso, pues, ha de ser precisado y enriquecido, ante todo, distinguiendo el progreso técnico del posible progreso moral. ¿Cómo es que sigue siendo posible agitar el señuelo del progreso técnico, basado solo en el desarrollo de la ciencia, como una especie de poder anónimo que conduciría necesariamente a la humanidad a la recuperación del paraíso, confundiendo progreso técnico con progreso moral y espiritual? ¿Cómo puede ser que por una tendencia de nuestra naturaleza nos olvidemos de nuestra condición, es decir, de nuestra naturaleza?  Son muchos los que intencionalmente olvidamos que nuestra voluntad actúa sin acudir al concepto de culpa o de pecado. Olvidamos así, y muchas veces, nuestra vulnerabilidad y finitud, olvidamos la muerte. De ahí que en tantas ocasiones olvidemos en creer en el Amor creador.

Tenemos con frecuencia una visión ilusoria de nuestra realidad en el mundo. Primero porque confundimos la esperanza con las esperanzas, aunque naturalmente esta confusión no es exclusiva de la modernidad (cfr. Spe salvi, 30-31). “Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan”, dice Benedicto XVI. En segundo lugar, la distracción de las pequeñas esperanzas, que pueden ser legítimas, pero siempre parciales, alimenta un ejercicio también parcial de la razón, reducido a lo empíricamente mensurable y a lo técnicamente factible. Interesante resulta pues la lectura de Spe salvi, 23. De modo que la libertad humana no se reduce a la libertad de hacer, sino que tiene, como la razón, una interna dimensión religiosa o, si se quiere, metafísica. Lo cual es olvidado por el materialismo que lleva dentro la idea del progreso, tanto en el ámbito político de influencia marxista como en el liberal “a tope”. Véase lo que dice Spe salvi 24 y 25. Luminoso.

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Por otro lado, el sufrimiento y la muerte tienden a ser ignorados por la ideología del progreso. Porque la pregunta se hace inevitable: ¿cómo se hace justicia a los que sufren y a los que han sufrido física o moralmente en el pasado, a los muertos, tanto a los difuntos “normales” como a las víctimas de violencia injusta o simplemente de covid-19? Aquí está el talón de Aquiles de la ideología del progreso. Es bueno leer Spe salvi, 30. Aquí se dice que, aunque tengamos un empeño laudable de mejorar el mundo, el mejor mundo del mañana no puede ser el contenido propio y suficiente de nuestra esperanza. ¿Cuándo es “mejor” el mundo? ¿Qué es lo que le hace bueno? ¿Y por qué vías se puede alcanzar esta “bondad”?

La propuesta del Papa Ratzinger es simple y clara: hay que empeñarse en el ejercicio de una razón abierta a la fe en el Dios crucificado y vivo, Jesucristo, y de una fe abierta a la razón, de modo que dé lugar a la verdadera libertad. La pandemia global del 2020 está siendo, sin duda, un grave flagelo para la humanidad. Pero puede ser también una ocasión para el renacimiento de la esperanza. Aquí es donde hemos de jugar un lugar significativo los cristianos. Pero para que esto sea posible hay que recordar lo que la Carta a Diogneto describe sobre el tenor de vida de aquellos cristianos de finales del siglo II: “Viven en ciudades griegas y bárbaras, según le cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en el estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte de todo como ciudadanos, pero lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho”.

Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

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