El equilibrio entre la libertad y la seguridad

La libertad y la seguridad forman parte de lo que se debe considerar el bien común, porque ninguna de ellas se puede conseguir como individuos aislados, las dos requieren la complicidad del resto de la sociedad. Además, ambas se necesitan. Nadie puede ser libre en una sociedad si no le ampara una razonable seguridad y, por otro lado, la seguridad sin libertad es totalmente inútil, a no ser que seas un peligroso delincuente.

Ya hemos tenido un grave conflicto en esta relación por el tema del terrorismo. Ante una grave amenaza a la vida de los ciudadanos se hizo necesario incrementar la seguridad notablemente: controles en aeropuertos, controles económicos, identificación obligatoria, acceso limitado a zonas sensibles, controles fronterizos reforzados… Muchos se han sentido coaccionados ante estos niveles de control, sintiéndose tutelados por un gran hermano que podría aprovechar la situación para traspasar las barreras de la intimidad y la privacidad personal. En este caso, lo que se ha pedido a las autoridades es que estas medidas sean proporcionadas, justificadas y temporales (solo mientras dura la amenaza).

De nuevo vuelve a resurgir el problema, ahora por la amenaza sanitaria. La proliferación de contagios solo se ha podido contener, hasta ahora, con medidas que limitan fuertemente la libertad de los ciudadanos: cierre obligado de negocios, confinamientos y restricciones a la movilidad, limitaciones en la libertad de reunión, incluso para enterrar a los muertos, fuertes recortes en la libertad de manifestación, incluso para defender a los vivos, necesidad de registro en locales de ocio, cierres condicionados de fronteras entre países…

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Las preguntas que surgen son de nuevo las mismas: ¿estas medidas están justificadas? ¿Son proporcionadas? ¿cuál es su previsión de temporalidad? Las respuestas son bastante deficientes.

Es cierto que nos enfrentamos a un virus desconocido hasta finales de 2019 y la ciencia necesita tiempo para estudiarlo, entenderlo y combatirlo, pero ¿qué criterios se han utilizado para concretar las medidas que se van imponiendo?

Es un fracaso palpable que, un año después de los primeros muertos por la pandemia, el confinamiento siga siendo el único remedio eficaz para controlar su propagación. El siguiente parece ser la vacuna, esperemos que cumpla con las expectativas. Pero el resto de medidas, como el largo catálogo de cifras máximas de asistentes a reuniones dependiendo de que sea una clase, una charla entre amigos, una mesa de un bar, un funeral o una boda… parecen más una improvisación al gusto del gobernante de turno que una decisión razonada. ¿Dónde están los razonamientos contrastados que sostienen esas decisiones? ¿Existen? ¿Alguien los conoce?

Se argumenta que se preservan las actividades esenciales, pero ¿qué significa eso? ¿esenciales para quién? Lo maravilloso de la libertad es la capacidad de descubrir lo esencial en la vida y ponerlo en lo alto de tu escala de valores, pero eso es algo que solo puede hacerse personalmente, cualquier regulación sobre esto está condenada a ser injusta (si no maliciosa).

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Finalmente, parece que el límite temporal tampoco está claro. El plan de vacunaciones se ha ido demorando sin que entendamos muy bien por qué o por culpa de quién. La situación de excepcionalidad se decretó a finales de octubre de 2020 hasta el 9 de mayo de 2021, sin un criterio claro de la causa de su duración y ni de su posible prolongación. Parece que mientras el coste de la solución pase por la pérdida de libertad de los ciudadanos, los gobernantes no estarán muy preocupados.

No se dan cuenta de que la fatiga ciudadana está pasando ya factura. Ahora ya en la Semana Santa, que da alimento material y espiritual a millones de españoles, y, de nuevo, la limitación de la libertad personal es la única medida que saben adoptar para no correr riesgos (ellos), y bien podrían decir: «No salvamos semanas, salvamos nuestro puesto».

GRUPO AREÓPAGO

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