De nuevo, la Pascua del Resucitado

Vamos avanzando poco a poco en la celebración de los cincuenta días de la Pascua, la gran fiesta cristiana. Los Evangelios y los otros escritos del Nuevo Testamento señalan perplejos a los discípulos de Jesús al recibir la noticia de su resurrección, en la que no creían, y percibir su aparición de Resucitado entre la alegría y cierto temor. Es natural: alguien al que han visto sentenciado, muerto y sepultado se muestra ahora resucitado, siendo el mismo de antes de su muerte, pero diferente. Y que, además, les echa en cara no haber creído cuando hablaba de su muerte y de su resurrección.

           Conviene reflexionar. O este Jesús, del que hablamos, era (y es) justamente lo que Él dijo ser o, si no, era un lunático o algo peor. Bien: a mí me parece evidente que no era un lunático ni un monstruo y que, en consecuencia, tengo que aceptar la idea de que Él era y es el Hijo de Dios. Diríamos que Dios desembocó en este mundo ocupado por el enemigo asumiendo una forma humana. ¿Y cuál era el propósito de esta venida? ¿Qué vino Él a hacer aquí?

           Vino a enseñar, por supuesto; pero, en cuanto examinamos el Nuevo Testamento o cualquier otro escrito cristiano, se descubre que están constantemente hablando de algo diferente… de su muerte y su resurrección. Es evidente que los cristianos consideran que lo más importante de esa historia reside en estos dos hechos. Creen que lo más importante que Él vino a hacer a la tierra fue sufrir y ser crucificado. Antes de creer en Jesucristo algunos piensan que la razón de esta muerte era que Dios quería castigar a los hombres por haberle abandonado, pero Cristo se ofreció como voluntario para ser castigado en lugar de ellos, y de ese modo Dios nos perdonó a nosotros.

           En cualquier caso, ciertamente la principal creencia cristiana es que la muerte de Cristo nos ha puesto de alguna manera a bien con Dios y nos ha otorgado un nuevo comienzo. Las teorías de cómo su muerte logró esto son asunto aparte. La razón de ello es que las teorías acerca de la muerte de Cristo no son el cristianismo: son explicaciones de cómo esa muerte funciona. Las teorías no son en sí mismas lo que se nos pide que aceptemos. Creemos que la muerte de Cristo es aquel momento de la historia en que algo absolutamente inimaginable llega desde fuera y aparece en nuestro mundo.

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           Podremos preguntar de qué sirve, pues, algo si no lo comprendemos. Pero eso tiene fácil respuesta. Uno puede comerse su cena tranquilamente sin comprender exactamente de qué modo lo alimenta la comida. Uno puede aceptar lo que hizo Cristo sin saber de qué modo actúa y opera: de hecho, no sabrá ciertamente cómo opera hasta que lo haya aceptado. Se nos dice en nuestra fe que Cristo fue muerto por nosotros, que su muerte ha redimido nuestros pecados y que, por el hecho de morir, derrotó a la muerte misma. Esa es la fórmula. Eso es el cristianismo. Todas las teorías que elaboremos con respecto a cómo la muerte de Cristo logró eso son importantes y nos ayudan a comprender.

           La teoría que han escuchado la mayoría de las personas es la mencioné antes: la de ser perdonados porque Cristo se había ofrecido voluntario para sufrir el castigo en lugar de nosotros. Pero en apariencia esta teoría parece bastante absurda. Si Dios estaba dispuesto a perdonarnos, ¿por qué no lo hizo sin más? ¿Y qué sentido tenía castigar en cambio a una persona inocente, como era Jesús? Por supuesto que no estamos pensando en un castigo como los que infringe un juzgado de guardia. ¿En qué lío, pues, nos habíamos metido los seres humanos para llevar a Cristo a la muerte?                   

           Sencillamente el “lío” era que el ser humano había intentado valerse por sí solo, comportarse como si se perteneciera a sí mismo. Con otras palabras, el hombre caído no es simplemente una criatura imperfecta que necesita mejorarse: es un rebelde que debe deponer las armas. Por tanto, darnos cuenta de que hemos de rendirnos, pedir perdón, percatarnos de que hemos escogido el camino equivocado y disponernos a empezar nuestra vida nuevamente desde el principio… es la manera de salir del “lío”. Es lo que los cristianos llamamos arrepentimiento. Y el arrepentimiento no es divertido en absoluto. Es algo más difícil que bajar la cabeza humildemente. Si le pedimos a Dios que nos reciba de nuevo sin arrepentimiento, lo que realmente estamos pidiendo es volver a Él sin volver a Él. ¿Podemos hacerlo si Dios nos ayuda? Sí, pero ¿qué queremos decir cuando hablamos de la ayuda de Dios? Queremos decir que Dios ponga dentro de nosotros un trocito de sí mismo, por así decir. ¿De qué manera?

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           Supongamos que Dios se hace hombre –ser humano–. Supongamos que nuestra naturaleza, que puede sufrir y morir, se amalgamase con la naturaleza de Dios en una persona. Esa persona, entonces, podrá ayudarnos. Podrá entregar su voluntad, sufrir y morir, porque era un hombre y podrá hacerlo perfectamente porque era Dios. Solo podríamos hacer todo ese proceso, pues, si Dios lo hace en nosotros, pero Dios solo puede hacerlo si se hace hombre. Sin embargo, no podemos compartir la muerte de Dios a menos que Dios muera, y Él no puede morir a menos que se haga hombre. Así ha sucedido con Cristo: es en este sentido en el que Él paga nuestras deudas, y sufre por nosotros lo que, como Dios, no es necesario que sufra.

           Hemos oído decir a algunos que, si Jesús era Dios además de hombre, su sufrimiento y su muerte pierden todo valor para ellos “porque tiene que haber sido muy fácil para Él”. Otros pueden rechazar (con razón) la ingratitud y descortesía de esta objeción al sufrimiento de Jesús; lo que a mí me asombra es el malentendido que revela esta objeción. En este sentido, sin embargo, aquellos que la hacen tienen razón. Incluso se han quedado cortos. La perfecta sumisión, el perfecto sufrimiento, la muerte perfecta no solo fueron más fáciles para Jesús porque Él era Dios, sino que fueron posibles solo porque era Dios.

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            Pero, ¿no es esa una extraña razón para no aceptar estas realidades de nuestra salvación? Si yo me estoy ahogando en un río turbulento, un hombre que aún tenga un pie en la orilla puede echarme una mano que me salve la vida. ¿Debería gritarle y entre jadeos decirle?: “¡No, no es justo! ¡Tú tienes ventaja! ¡Aún tienes un pie en la orilla!”. Esa ventaja –llamadla “injusta, si queréis– es la única razón por la que ese hombre puede serme útil. ¿A quién recurriréis en busca de ayuda si no a aquel que es más fuerte que vosotros? He aquí lo que los cristianos llamamos Redención de Cristo. Sabemos bien que “…no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro Nombre por el que debamos salvarnos” (Hechos de los Apóstoles 4,12).

           ¡Qué bien lo comenta san Efrén en un sermón sobre la pasión de nuestro Señor!: “La muerte, en efecto, no hubiera podido liberarle si él no hubiera tenido un cuerpo, ni el abismo hubiera podido tragarle si él no hubiera estado revestido de carne; por ello quiso el Señor descender al seno de una virgen para poder ser arrebatado en su ser carnal hasta el reino de la muerte. Así, una vez que hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros”.                          

 Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo.

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