Impacto pascual

Ha terminado la Semana Santa. En las iglesias de España, a los habituales fieles católicos de misa dominical se han sumado otros muchos de fervor perezoso e intermitente que regresan todos los años al calor de las saetas, los pasos y las procesiones, espabilando su somnolienta pero latente religiosidad para sentir la cercanía del Cristo que comparte el dolor de los hombres y da su vida para abrirles las puertas del cielo. La Pascua de Resurrección deja los templos llenos de aleluyas y muchos de estos hijos pródigos sienten consoladas sus heridas y vuelven a las distancias largas del fervor para el resto del año esperando una nueva convocatoria a las fiestas pascuales.

Pero el impacto pascual es mucho más fuerte que estas migraciones del sentir religioso. Los misterios que se encierran en las celebraciones del Triduo Pascual transcienden los muros de los templos y los de nuestros estrechos corazones. El testimonio de Cristo muerto y resucitado se transforma en referente cultural y ha influido decisivamente en la escala de valores occidental.

La historia de Dios hecho hombre, sufriente, sacrificado, victorioso de la muerte y eternamente triunfante, culmen de la historia para muchos, narración mítica para otros, ha empapado de valores singulares la vida de nuestras sociedades. Hoy juzgamos como buenas y deseables muchas actitudes que, sin la influencia de la experiencia pascual, serían inaceptables.

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El perdón, la compasión, el sacrificio personal, el amor al prójimo como modelo de conducta, la humildad como garantía de la verdad… todo esto diferencia a nuestra cultura de otras muchas que no han sido expuestas año tras año a este impacto pascual.

De aquí nace la interpretación de la historia como un camino, rompiendo con la concepción cíclica del mundo antiguo. Cristo vence a la muerte y se marcha al cielo dejándonos en un proceso de espera, preparando su regreso. No habrá vuelta atrás.

También se separa lo civil de lo religioso. El diálogo de Cristo y Pilato coloca la fe al nivel de la verdad, la política al nivel de la justicia (que despojada de la verdad, como hace Pilato, se empobrecerá restringiéndose a la simple utilidad). San Agustín hablará de dos ciudades, en las que se vive de forma simultánea. En la Edad Media se conceptualiza como las dos espadas, en el mundo moderno como separación Iglesia-Estado. Esto no lo encontramos en otras culturas.

Al final del tiempo de pascua, Cristo encomienda a sus discípulos la misión de ir a todo el mundo y predicar la buena noticia. Se rompen los límites de las razas y de los pueblos, se extienden los límites de la tierra hasta lo desconocido, incluso más allá del ya extenso Imperio Romano. La fuerza de esa invitación queda velada para nosotros porque ya somos hijos de este concepto, pero para un judío del siglo I sonaría como toda una revolución: entender el mundo como una unidad de destino, como un pueblo universal (eso significa católico).

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El examen de la culpa, el arrepentimiento de nuestras faltas y la penitencia reparadora se instalan cada año desde el miércoles de ceniza hasta la noche del sábado santo. Especialmente desde el viernes de dolores. Las procesiones toman las calles, los cofrades acompañan el recorrido de los pasos con esculturas realistas y conmovedoras, la música recoge el sentimiento y la fe de los presentes. Hasta el domingo de madrugada, en que la luz, el agua bautismal y la proclamación de las escrituras acompañan la resurrección del crucificado, el testimonio de que la tumba está vacía y el encuentro de Jesús con su madre María. Después de eso, la Iglesia celebra 50 días de gozo, con la ascensión y la llegada del Espíritu en Pentecostés.

En paralelo, la sociedad completa recibe los efectos de estas fiestas en forma de compasión, solidaridad, esperanza y amistad, como ecos de las palabras del mismo Jesucristo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13, 34) y se transforma. Este es el impacto pascual.

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