Familia

Han causado polémica en estos días las palabras pronunciadas por una diputada catalana en el contexto de una entrevista por proponer, en esencia, que los hijos no sean criados en el seno de la familia, sino en común “como en muchas otras culturas que hay en este mundo, donde la figura de la paternidad o la maternidad no está tan individualizada, no se centra en un núcleo tan pequeño como el de la familia nuclear”.

Han sido variadas las reacciones a este planteamiento –con unanimidad en la crítica–; sin embargo, todas ellas no han ido más allá del intento de ridiculizarlo. Lejos de lo que pudiera parecer, no se trata de una idea absurda y trivial, como ha sido caracterizada desde los medios de comunicación, sino de un intento de eliminar la familia como célula básica de la sociedad, de difuminar la figura de la paternidad y de atacar una parte esencial de la concepción del ser humano y del mundo que procede de las raíces cristianas de nuestra civilización.

Es claro que existen tribus en nuestro planeta y que en su forma de organización y de relaciones sociales habrá aspectos muy positivos que podrían ayudar a mejorar nuestro modelo de comunidad. Sin embargo, en ninguna de ellas se ha logrado desarrollar las condiciones de vida tan avanzadas ni crear un espacio de libertad y seguridad tan amplio como el que tenemos en nuestros días en la civilización occidental.

No menos evidente es que en la formación de un ser humano como persona y como ser social intervienen múltiples agentes; pero en ningún caso puede relegarse a un segundo plano la figura del padre y de la madre –de ambos– que, por pura naturaleza y por Derecho tienen la especial misión de cuidar, educar y guiar a sus hijos, en ejercicio de su libertad.

Ese núcleo “tan pequeño” como es la familia no sólo sigue siendo la institución más valorada en nuestro país, sino que, en esencia, está demostrando su utilidad práctica, por mucho que los poderes públicos continúen sin apostar por ella: es ámbito de seguridad, lugar íntimo de comunicación, espacio de amor entre sus miembros. Forja a la persona.

En la entrevista se pronuncia una frase que resulta clave para entender el fondo del planteamiento: “La que educa es la tribu”. Ahí está la verdadera razón de la propuesta: dejar la educación fuera del ámbito familiar para ser dirigida por quienes controlan la tribu. Un nuevo ataque a nuestra libertad. ¿Seguiremos permaneciendo indiferentes?

Grupo Areópago