La belleza del amor

amor

A. Marina en su “Diccionario de los sentimientos” hace una disección psicolingüística e histórica, rica y atrevida, de los sentimientos. En uno de sus capítulos señala que “el amor es el arquetipo sentimental por antonomasia”, pero asegura que “es ante todo un lío”, por las “ideas contradictorias” que los humanos parecemos tener sobre él. Seguramente no le falta razón. Hoy día la palabra amor y las expresiones que genera en el lenguaje cotidiano se ha trivializado, manoseado, degradado o cubierto de tan falsos pudores, que es muy difícil reconocerlo en su auténtico sentido, en su valor y profundidad humana. En esta postmodernidad líquida en que estamos sumidos es muy frecuente confundir amor con amoríos y juego, autoestima con egoísmo encubierto, o respeto con indiferencia.

Tal vez, por eso, y seguramente por mucho más, el Papa Francisco en su exhortación “Amoris laetitia” ha querido dotarlo de todo el sentido de plenitud humana y divina que atesora y lo ha valorizado y embellecido hasta el extremo de convertirlo en la idea central del documento. El mismo lo señala en su introducción.

Mucho se ha hablado sobre la familia y las familias, tanto en ámbitos eclesiales como civiles, desde que el Papa convocó los respectivos Sínodos para reflexionar sobre ella. El ruido mediático se ha esforzado en convertir cuestiones accidentales en esenciales y acentuar lo que es átono, desenfocando su problemática según intereses particulares. Sin duda, son muchos e importantes los problemas que afectan hoy a la familia, primera estructura social de acogida, “lugar primario de humanización de la persona y la sociedad”. Pero los que más inciden y propician la crisis que la afecta son todos aquellos que la desestructuran  como “comunidad de amor”, propiciada por lo que algunos llaman “cultura del yo” o de “vivencias”.

De ahí, que la llamada del Papa Francisco a “La alegría del amor”, como tarea permanente para las familias, sea también una llamada de atención a una sociedad donde la obsesión por el disfrute inmediato de la intimidad y la búsqueda sin freno de vivencias y placeres se han convertido en valores sociales dominantes  que, a largo plazo, sólo producen insatisfacción e infelicidad. “El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme”, son palabras que reafirman el profundo significado de una palabra tan degradada.

Luciano Soto

Grupo Areópago

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