Hostias

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El pasado sábado se conocía la noticia de que en una Sala de Exposiciones del Ayuntamiento de Pamplona, gobernado por Bildu, se mostraba, bajo el título “Amén”, una galería de imágenes en la que se detallaba gráficamente cómo se había formado en el suelo la palabra PEDERASTIA con 248 formas consagradas. El autor de la “composición” explicaba durante la presentación de la muestra que había conseguido su “material de trabajo” tras acudir a 248 Misas en Madrid y en Pamplona y acercarse a comulgar para guardarse todas y cada una de ellas sin ser visto.

Más allá del hecho de que esta situación debería hacernos pensar seriamente sobre la forma en que comulgamos los católicos, especialmente a los Sacerdotes y seglares que tienen encomendado el ministerio de distribuir la comunión, resulta evidente que el Derecho debe actuar en consecuencia y con contundencia. La libertad de expresión (difícilmente calificable de artística en un caso así) no es ilimitada. La libertad de pensamiento, conciencia y religión constituye, sin duda, un límite claro a aquélla. Un ordenamiento jurídico, si pretende ser tal, no puede permitir que se hieran impunemente, de forma consciente y premeditada, los sentimientos religiosos de los creyentes. Un Estado democrático, si de verdad quiere hacer honor a este adjetivo, ha de buscar el respeto de todas las ideas y opiniones, poniendo como límite atentar contra quienes piensan diferente. Es justo lo que ha ocurrido en este caso: se invoca la libertad de expresión, considerándola sagrada, para atacar frontalmente lo que, para muchos, es verdaderamente sagrado; se trivializa el sentido y la realidad de aquello que no sólo representa, sino que es: el Cuerpo de Cristo, su presencia real. ¡Son hostias consagradas!

Confiemos en que este hecho, finalmente resuelto en lo concreto gracias a la intervención de un sacerdote, que ha acudido al lugar y ha retirado las formas por sus propios medios, nos sirva a los creyentes para valorar aún más la Eucaristía y a los no creyentes para sensibilizarse ante el dolor que nos provoca ver cómo Dios mismo es pisoteado.

Grupo Areópago

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