Firma invitada: Luciano Soto: «La paz en el año de la vida»

En nuestra vida cotidiana es habitual a final de año, a nivel personal y social, repasar y recordar los acontecimientos que de alguna manera han dejado huella en nuestras vivencias y creencias. El año 2020 que se agota pasará a historia sin duda como el año del covid. El dolor y la tristeza producido por el virus pandémico con su estela de muerte y las secuelas de todo tipo que está dejando quedará impreso en el recuerdo de muchas personas que hará muy difícil su olvido. Pero al mismo tiempo, este año, ha suscitado en muchas personas emociones y experiencias muy difíciles de analizar pero que confluyen y se focalizan en torno a la defensa y a la lucha por la vida. ¿Cómo no lo van a recordar los médicos y profesionales de la sanidad que han trabajado con extenuación y sacrificio por arrancar de las fauces del virus mortal a tantas personas? Así se lo reconocimos con nuestros aplausos desde ventanas y balcones; o ¿cómo no lo han de recordar los servidores públicos que nos han protegido de ella con su dedicación y trabajo, o la inmensa mayoría social que han cuidado de sus vidas, protegiéndose y protegiéndola para otros, al obedecer las normativas sanitarias? Sí, también el año 2020 podríamos recordarlo como el año de la vida, donde el anhelo por vivir de los que han sufrido hospitalizados los efectos de la enfermedad se ha impuesto; y con una gran esperanza que nunca ha decaído han sido capaces de vencer a la muerte. La carrera maratoniana y sin descanso en la que el progreso del hombre concretado en la ciencia ha producido y ha hecho posible en un tiempo record la vacuna milagrosa que bien gestionada puede salvar innumerables vidas certifica el gran triunfo de la vida.

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En este día, primero de un nuevo año, en que se celebra la Jornada por la Paz en todo el mundo no podemos olvidar que la paz y la vida forman parte de una historia humana común entretejida de pequeñas o grandes historias en las que ambas han caminado cogidas de la mano; porque la guerra y la violencia que producen muerte necesitan del deseo por vivir para ganar la paz. Los graves episodios de terror y muerte de la reciente historia contemporánea como las dos Guerras mundiales, nuestra Guerra Civil, Hiroshima, Auschwitz… necesitaron de la fuerza del anhelo de vida que recorrió toda la tierra y de la colaboración de todos para buscar la paz. No puede haber paz sin afirmar la vida y consecuentemente no se puede defender la vida sin un anhelo de paz en los corazones.

Por eso resulta paradójico -y la paradoja, por lo que se ve, está sustancialmente inscrita en la vida de las sociedades y culturas- que en este año de 2020 que tanto se ha luchado por la vida, nuestros políticos hayan legislado en favor de la muerte, aunque sea como dicen de forma tendenciosa a favor de la muerte digna. Por la puerta de atrás y en solo tres meses, el Congreso de los Diputados, nuestros representantes políticos, han aprobado la Ley de la eutanasia. Nuestra pregunta es si se puede legislar sobre un tema moral tan delicado, sin un debate social serio, y en un tiempo en el que nuestras mentes y nuestras vidas estaban pendientes de luchar contra la pandemia, de luchar contra el dolor y la muerte. ¿Habrán pensado nuestros legisladores en las consecuencias de esta ley en la vida de muchas personas? Difícil de comprender para una gran mayoría que piensa que “ningún moribundo os pedirá una inyección si lo cuidáis con amor y si le ayudáis a arreglar sus problemas pendientes” (Elisabeth  Kubler-Ross -1993-).

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“No hay camino para la paz, la paz es el camino”, sentenció Gandhi. Hoy, él, que tanto luchó también por una vida digna, nos diría que la paz entretejida por la defensa de la vida es el camino. No hay otro.

Luciano Soto

Miembro del Equipo de la Delegación de Apostolado Seglar

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