Todo tiene un límite

A nadie se le escapa que uno de los signos del tiempo presente es el relativismo imperante, de conformidad con el cual no hay verdades objetivas ni principios previos que no sean susceptibles de negación o modificación subjetiva, aunque ello sea en sí mismo irracional y contrario a toda lógica. Ciertamente, es normal tener puntos de vista diferentes sobre una concreta realidad, pero lo que hasta hace muy poco resultaba difícil de creer es que fuéramos capaces de negar lo evidente, lo obvio, la propia naturaleza de las cosas… y de la persona.

Esto es precisamente lo que ha ocurrido con la separación entre sexo y género. Hemos llegado a reconocer, incluso por norma con rango de Ley, que una persona no es ni hombre ni mujer en función de los atributos internos y externos con los que nace, sino por lo que uno sienta en cada momento, con obligación por parte del resto de reconocer las consecuencias que se derivan de tal decisión estrictamente personal, bajo amenaza de sanción.

Quienes se atreven a levantar la voz en contra de este claro ataque a la libertad y a la verdad son perseguidos, resultan objeto de crítica y burla despiadada y quedan condenados al ostracismo. No ha posibilidad de discusión, aunque sea evidente el error conceptual, el daño que se causa a personas que se dejan llevar por este planteamiento y el hecho mismo de las diferencias sexuales entre hombre y mujer.

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Esta semana ha sido noticia que una persona –hombre– que se siente mujer ha competido y ganado un importante campeonato de natación con una superioridad arrolladora, humillando a sus rivales. La lucha de años por visibilizar el deporte femenino queda destruida desde el momento en que se permite que un hombre, con su potencial físico, pueda competir como mujer por el mero hecho de que ha expresado su voluntad de ser tratada como tal, con obligación de todos –federaciones deportivas, competidores, público– de aceptar cómo se autopercibe.

Las críticas no se han hecho esperar. Y es que todo tiene un límite. Nacemos hombre o mujer y ello tiene manifestaciones físicas y psicológicas concretas asociadas al sexo, porque somos diferentes (aunque iguales en dignidad, huelga decirlo). Es lo que explica que haya categorías femeninas y masculinas en el deporte.

Si aceptamos este planteamiento, debemos rechazar el posicionamiento de los defensores de la ideología que secunda la diferenciación entre sexo y género por todo lo que es y conlleva de negativo para las personas y para la vida en comunidad. Dicho sencillamente, si convenimos que un hombre compita como mujer en un campeonato de categoría femenina estamos aceptando que no existe una verdad objetiva sobre el sexo del individuo y todo depende de una decisión sentimental estrictamente personal; si rechazamos que un hombre compita como mujer en un campeonato femenino –porque es claramente un hombre y no una mujer–, en consecuencia, hemos de aceptar que hay una verdad objetiva sobre el sexo y que el concepto de género es una falacia. Este razonamiento se aplica en todos los ámbitos de la vida, no sólo en el deporte.

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Quizás este tipo de situaciones absurdas en las que ha derivado la ideología de género son el mejor antídoto frente a la misma y una oportunidad para recuperar el sentido común. Quizás…

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