Firma invitada de don Braulio Rodríguez Plaza. Reflexión sobre el momento que vive la humanidad con la pandemia de Vid-19 (coronavirus)

   Cuando ocurre algo sorprendente, inesperado y doloroso para la humanidad, hay que preguntarse por qué; sobre todo cuando este es un acontecimiento dramático, y un tanto inexplicable. Pasa cuando en estos últimos 20 años, por poner una fecha, han acontecido sucesos, por ejemplo, de terrorismo criminal. La lista es larga desde las torres gemela de New York, el 11 M en Madrid, y otros muchos atentados en distintos lugares de nuestro planeta. Recuerdo aquel horrible sinsentido de la caída del vuelo regular del Airbus A320-2011, con 144, 2 pilotos y 4 miembros de la tripulación. El primer oficial (copiloto) estrelló el avión para suicidarse en el macizo de Estrop, en los Alpes franceses de Provenza, asesinando a 249 personas. ¿Por qué se quiso suicidar ese copiloto de esa manera?

   Ocurren otras cosas ante las cuales ya no nos solemos estremecer tanto: el hambre en el mundo, la no erradicación de enfermedades en países más pobres. Aquí, entre nosotros, no nos preguntamos entonces tanto por el mal; tampoco ante la injusticia y otros manejos fraudulentos de la historia o de una economía mundial que deja tantos “descartados”, en palabras del Papa Francisco. Pero, en cualquier caso, es bueno preguntarnos siempre por el problema del mal. Éste “es tan antiguo como la humanidad misma, decía un famoso columnista, y no tiene explicación satisfactoria, salvo puramente metafísica, es decir, poco racional; o salvo aceptando que hay cosas que no sabemos por qué pasan, pero pasan” (diario El Mundo, 27.03.2015, p. 2). Volveremos sobre esta curiosa explicación.

   Nos golpea, sin embargo, sobremanera hoy la pandemia que está padeciendo todo el planeta, desde finales de diciembre 2019, o enero 2020, empezando por China y alcanzan a más 202 países. El dolor, la forma de actuar del virus Covid.19, los efectos desconocidos en los infectados y la rapidez de propagación, la reacción de la sanidad mundial con tomas de decisiones que, en el caso de enfermos graves y de los que mueren, dejan en la familia de los pacientes un sentido amargo por no estar cerca de los enfermos y los fallecidos. Junto a ello, ha brillado la profesionalidad y generosidad de médicos, enfermeros y otros profesionales sanitarios realmente admirables, que, además, ha creado en tantísima gente una corriente de resistencia y de gestos heroicos de entrega por los demás, en ocasiones hasta la muerte.

   No quiero entrar en la cuestión de cómo han gestionado nuestros dirigentes la pandemia. No me toca a mí elucidarlo. Que lo hagan quienes les corresponda enjuiciarlos. Ya entonces en 2015, el citado periodista afirmaba más o menos esto: Las religiones han tratado de explicar el mal infringido a otros como un designio divino que no es comprensible para los humanos. ¿Quería decir este columnista que estábamos en presencia de un castigo divino? No puedo afirmarlo. Pero es posible que algo de esto tal vez hayan escuchado ustedes en estos meses de pandemia, deslizándose algo que va en contra de la explicación del mal y de estas catástrofes o pandemias que da la fe cristiana. Con otras palabras, para conocer que piensa la fe católica sobre el mal, hay que ir a lo que dice Dios en su revelación, que aparece en la Sagrada Escritura y en la Tradición, o apoyada por la Tradición.

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   Sé ciertamente que, ante el dolor de los inocentes, ante el mal injustamente infligido a otros, hay quienes encuentran argumentos en contra de la existencia de Dios, como hay otros para los que supone un acercamiento a este mismo Dios. De modo muy conciso: ¿Qué nos dice la Escritura Santa sobre el mal y el pecado? Explica de muchos modos la existencia del pecado, del mal, de la injusticia; lo hace en muchas ocasiones con medios tan vivos como son el relato del libro de Job, el justo puro al que le suceden tantas cosas dramáticas, o las exclamaciones y peticiones de muchos Salmos, las lamentaciones del profeta Jeremías y las explicaciones del profeta Isaías, sobre todo en los cuatro cánticos del Siervo de Dios en la segunda parte del libro, los cap. 40-55.

    Pero cuando acabamos de celebrar este Viernes Santo tan especial, y hemos escuchado o leído el relato de pasión san Juan y la forma de morir Jesucristo, me parece más importante afirmar que Dios no hace teoría sobre el problema del mal o sobre la maldad del hombre al hombre: Él nos envía a su Hijo, en carne como la nuestra. Jesús acepta la condición humana, no se queja de la incomprensión sobre su persona ante su forma de vida y su misión; pasa por la injusticia de un mal y cobarde gobernador romano Poncio Pilato. Recibe con paz la determinación de los miembros del Sanedrín, tribunal religioso judío, en el que había algunos corruptos, pero también otros que dan su dictamen aduciendo a la Torá, para juzgar la actuación y las palabras de Cristo.

   Jesucristo no da solución teórica al mal, se enfrenta a él, porque existe manejado por el mentiroso Satanás, y sigue la verdad que Él propone hasta morir por ella, argumentando tantas veces sobre la no razón de comportamientos que escandalizan a los pequeños o a los pobres que no son considerados. Pero sobre todo lo que hace Jesús es afirmar que Él es el Hijo del Padre y el Padre no juzga: son las acciones malas las que juzgan a los mismos hombres que las cometen. E indicando cómo la libertad no es tal cuando no se abre a la realidad, a lo que sucede, a la trascendencia y, en definitiva, a Dios. Él no está quejándose de la vida pobre que ha elegido y dice que los ricos no entrarán en el Reino de los Cielos, si no se abren a los demás. Y dice siempre la verdad de las cosas; tampoco juzga a la ligera la actuación de los hombres. No se trata de justificación; se trata de amor.

   Me parece que sería conveniente que en nuestra sociedad nos preguntáramos qué está o quiénes están detrás de toda esta pandemia. No tratando de buscar responsables, que, si lo hubiera nunca lo sabríamos, sino para que todos nos preguntemos cómo hemos vivido, cómo hemos tratado a la naturaleza creada por Dios, cómo tratamos a los pueblos más pobres, por qué seguimos construyendo armas y sobreexplotamos superficies de bosque o de tierras en busca de energías o nuevas formas conseguir cuanto se necesita para las nuevas tecnologías, aprovechándose groseramente de los nativos. Esto no son teorías.

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   Lejos de pensar que la pandemia sea un castigo de Dios, ello no nos da lugar a no considerar cómo estamos viviendo, relacionándonos, cómo gastamos y usamos en un consumismo dañino, como si nada se acabara. Y, sobre todo, entrar en un pensamiento humilde de que también a nosotros, gente tan científica y avanzada, nos puede ocurrir lo que nos ha ocurrido.

   No sé si hay un clamor en nuestra sociedad, en nuestro planeta, porque las cosas cambien, ya que la gente está sorprendida, desorientada, preguntándose qué es lo importante o no, cómo ha de gestionarse la sociedad, pues los políticos y sus partidos han fracasado. Son dudas, son deseos de empezar de otra forma. La Iglesia ha reconocido que la exigencia de escuchar este clamor brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata de una misión reservada solo a algunos: La Iglesia, guiada por el evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas. En este marco se comprende la llamada de Jesús a sus discípulos: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37), lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral delos pobres, como los gestos más simples y cotidianos de la solidaridad ante las miserias muy concreta que encontramos” (Papa Francisco, EG, 188).

   Reconoce el Papa que la palabra “solidaridad” está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes par parte de algunos.

   En una sobria celebración para pedir por los que sufren el covid.19, en el atrio de la basílica de san Pedro, el Santo Padre, comentando el episodio de la tempestad calmada (Mc 4,35-41), nos hablaba del reproche de Jesús a los discípulos: “¿Por qué tenéis miedo?”. Tratemos de entenderlo: “¿en qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? En la manera de como invocan: “Maestro, ¿no te importan que perezcamos” (v. 38). Pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase de lástima y desata tormentas en el corazón. ¿Cómo estamos los cristianos viviendo esta pandemia? ¿creemos que Dios duerme, que Cristo no despierta ante lo que está sucediendo?

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   La tempestad pandemia desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. ¿No nos ha pasado lo mismo a nosotros, católicos? Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacer frente a la adversidad.

   Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

   Al final, tras escuchar al Papa y leer despacio sus palabras, a mí solo me queda orar y no juzgar. Dirigirme a Cristo y pedirle que sí, que tenemos poca fe; pero que no nos deje solos, porque en nuestro mundo, que Jesús ama más que yo, nosotros, cristianos o no, hemos tal vez avanzado rápidamente en tantos aspectos, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. De mucho ciertamente, pero somos codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y por las prisas. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo.

   No es momento de tu juicio, Señor, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Quiero ver la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas en médicos, enfermeros y, más aún, enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad del Estado, policía local o nacional, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos otros, que comprendieron que nadie se salva solo. Y cuántos padres y madres, abuelos, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo afrontar y transitar en una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

            En la Cruz de Cristo hemos sido salvados para también en este tiempo de pandemia hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien nos fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y cuidar. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. Que el Señor no nos abandone a merced de esta tormenta, como no nos abandonó a sus discípulos en el mar de Galilea. Repítenos otra vez: “No tengáis miedo” (Mt 28,5). Confiamos en ti, Señor, y en esa convicción que muestran las preciosas palabras de 1 Pe 5,7: “Descargad en Él todo vuestro agobio, porque él cuida de vosotros”.

+Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo, Emérito de Toledo.

3 comentarios sobre “Firma invitada de don Braulio Rodríguez Plaza. Reflexión sobre el momento que vive la humanidad con la pandemia de Vid-19 (coronavirus)

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  1. De acuerdo con el artículo y todo lo mencionado . La reflexión puede servir para tomar en nuestra vida posición ante estos temas que nos expone .Gracias Timoteo ( Miembro de la Medalla Milagrosa de Burgos)

  2. Gracias D. Braulio por su reflexión en los momentos actuales. Me hace meditar como vivimos y a donde nos dirigimos.
    Un abrazo

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