El coronavirus y el pánico-virus

La experiencia de las epidemias no es nueva en la humanidad. Hace pocos días los periódicos destacaban el alta de la última paciente de Ébola en el último brote de esta terrible enfermedad que comenzó a mediados del año pasado. La peste, el cólera, la viruela, el VIH, la gripe aviar… ejemplos pasados y recientes no faltan. Ahora nos enfrentamos a una nueva pandemia (epidemia mundial), la causada por el coronavirus (COVID-19).

Como es habitual al inicio de una epidemia, la información contrastada está mezclada con rumores e invenciones sobre la forma de contagio, las técnicas para prevenirlo y los efectos de la enfermedad. La prudencia y la búsqueda de informaciones fiables es fundamental para todos, empezando por las autoridades, siguiendo por los responsables de la sociedad civil y terminando por los propios ciudadanos.

Pero más allá de las características médicas y epidemiológicas específicas de este caso, un patrón que se repite es la reacción de las personas ante una amenaza invisible y desconocida. La tentación del pánico se nos ofrece en bandeja. Más aún cuando algunos medios de comunicación buscan protagonismo exagerando el alarmismo y cuando las redes sociales lo propagan sin control alguno. Nos enfrentamos a otro tipo de epidemia de naturaleza espiritual: el pánico-virus.

El pánico-virus es un mal espiritual porque no tiene ningún fundamento material, no se propaga por el contacto, ni por el aire, ni por la picadura de ningún insecto, sino que se instala en ese inmaterial espacio de la personalidad que es el de los deseos y monopoliza el protagonismo. Huir de la amenaza se convierte en el deseo primordial, subordinando todo lo demás. El miedo al dolor y a la muerte alimenta al pánico-virus, con dosis imaginarias extraídas de sufrimientos ajenos y de noticias alarmistas, destruyendo rápidamente en el contagiado las características más humanas del sujeto: el uso de la razón y el amor a las personas que le rodean.

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¿Cómo combatirlo? Recordando que el valor de una vida está en amar y en sentirse amado. Una epidemia es un momento privilegiado para demostrar a los enfermos, presentes y futuros, que son importantes para nosotros, que ayudarles y luchar por ellos vale la pena y que ni la amenaza del dolor, ni la posibilidad de la muerte, son más fuertes que lo que vale cada uno de ellos. El resultado es una fuerte experiencia de libertad que quedará para siempre en nuestros corazones (“… para librar a los que por el miedo a la muerte estaban durante toda su vida sometidos a servidumbre.” Carta a los hebreos).

GRUPO AREÓPAGO

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