Firma invitada de don Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo: «Gobernar según nos convenga»

Ya está de nuevo en marcha la máquina del despotismo no ilustrado que es el gobierno de España; ahora intenta de nuevo solucionar problemas que sólo existen en sus cabezas y en su deseo de desviar la atención de los ciudadanos: una nueva ley del aborto, o, mejor dicho, unos flecos muy llamativos para que no pensemos en los verdaderos problemas. Digo que es despotismo “no ilustrado”, porque los ministros, tan progresistas ellos, van en contra de evidencias científicas: el feto es persona distinta de la madre, tenga los meses que tenga.

          Con lo cual, si la ley se aprueba en el Parlamento –que se aprobará, por los cambalaches de mayorías–, se estará permitiendo quitar la vida a un ser humano que no puede defenderse. ¿En qué listas de derechos humanos está que unos seres humanos pueden matar a otros seres humanos, que no pueden defenderse? No pueden seguir engañando a los ciudadanos inventándose aquello de que lo engendrado en el seno de una mujer no es todavía persona, sino preembrión, concepto sacado de la manga y en absoluto científico.

          Por añadidura, se quiere también que las chicas de 16-17 años, sin decir nada a sus padres y sin necesitar su permiso, aborten a sus hijos en todo centro hospitalario público, obligando por ello a todos los profesionales sanitarios a ir contra su conciencia, aunque parece que se quiere solo obligar a los doctores en medicina, no a otros agentes sanitarios. ¿Acaso éstos no tienen conciencia? No importa, hay que crear “nuevos derechos”. ¿Porque los demanda la ciudadanía? Absolutamente no. Esos derechos solo están en la cabeza de algunos miembros del Gobierno. También de algunos ciudadanos, porque todo se pega menos la hermosura.

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          Una vez aprobada la ley del aborto de 2010, en la que se hablaba del “drama” que supone para toda mujer, también para menores, ni el gobierno central ni apenas gobiernos autonómicos hicieron nada para ayudar a reflexionar a quien quiere abortar (embarazadas, embarazadores, padres, amigos), precisamente por eso, porque es un drama. Tampoco he visto gastar euro alguno para ayudar a mujeres embarazadas creando un ámbito que les permita tener una cierta libertad para no abortar. En España apenas hay instituciones, grupos, fundaciones que gasten dinero para que se creen ambientes propicios y recursos para aquellas mujeres que desean tener a sus hijos. ¿Dónde están, por ejemplo, los psicólogos, genetistas, personas que acompañen a quienes tantas veces están solas con el problema de su embarazo? Sólo conozco grupos “pro vida” que se ocupan de este problema, como Red Madre, Foro de la Familia, Adevida, Fundación Madrina, Proyecto Mater en Toledo etc., que gastan tiempo, dinero, o emplean lugares para embarazadas donde encuentren sosiego y libertad para tomar bien su decisión de abortar o no. Pero no conozco ninguna institución pública que haga esto mismo, invirtiendo lógicamente dinero público, para ofrecer esos espacios propicios de acompañamiento y personas preparadas para que las embarazadas piensen lo que significa un aborto para una madre.

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          Como obispo de la Iglesia Católica he afirmado siempre a los católicos que no basta con rechazar la ley del aborto, sino que hemos de crear un ambiente “pro vida”, lo que lleva consigo una preocupación que no se queda únicamente en lamentarse. Todo menos quedarse de “brazos cruzados”. En este campo, ni siquiera nuestros políticos más cercanos se lamentan. Hay que callar, como en otros campos de los problemas humanos, no conviene hablar.

          Ciertamente hay muchos problemas en nuestra España y un Gobierno que piense en el bien común debería mostrar cuáles son más urgentes y es más necesario abordar. Lo demás es ideología discutible y perturbadora y, lo más grave, va en contra de los más vulnerables. En ellos no se piensa: el gobierno resolverá sus problemas con solo sus programas inviables y con una falta grande de realismo.

          Los cristianos no podemos solo contemplar el espectáculo del “despotismo no ilustrado”. Hemos de entrar en la arena, rezar y tener claro, como dice la Carta a Diogneto (finales del siglo II), que los cristianos “no se deshacen de los hijos que conciben”. El aborto se usa como método anticonceptivo y es claramente un factor de perturbación en nuestra sociedad. Ahora bien, los cristianos no nos oponemos al aborto sólo por meros motivos religiosos, apoyados en el contenido de nuestra fe. Está ante todo el valor y la dignidad de cada ser humano, desde su concepción hasta su muerte. A cada niño abortado se le arrebata esa dignidad. Hay también otros motivos urgentes que deben suscitar nuestro interés: el daño que sufren las propias madres que abortan por tantas causas; daño que persiste en ellas mucho tiempo, como se conoce por tantos estudios con madres que han abortado.

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          ¿Por qué este repaso a la Ley del aborto por parte del gobierno de España? Me parece claro que prevalece en él querer mantener al electorado en tensión y, de paso, no ocuparse de mejorar los problemas del envejecimiento de la población, por ejemplo; o no tener en cuenta a los que llegan a España como migrantes o desplazados, que tienen otra manera de ver el problema de la vida. Pero el primer problema ya lo “solucionó” el gobierno de España: la eutanasia, ley burguesa donde las haya.

+Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

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