Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

Tag: escuela

Adoctrinamiento en las aulas

escuela

El adoctrinamiento en las aulas es cada vez más patente y tiene múltiples expresiones, conscientes o inconscientes. Desde hace no mucho, en algunos centros de Primaria –muy pocos– se ha sustituido la celebración del día del Padre y del día de la Madre por el día de la Familia. En algunos casos se ha tomado esta decisión por la solicitud de algunos padres divorciados; en otros por la petición de los padres –ambos del mismo sexo– de uno de los escolares.

Es comprensible y digno de aprecio que un grupo de padres quiera solidarizarse con un niño que no tiene padre y madre. Un gesto solidario semejante se hace con niños enfermos de cáncer cuando se les cae el pelo por los efectos de la quimioterapia, y sus compañeros deciden ir a clase con el pelo rapado. Sin embargo, este gesto solidario no tiene nada que ver con la necesidad de considerar preferible o valiosa la situación en sí: me corto el pelo para solidarizarme contigo; pero esto no significa que tenga que considerar digno de admiración o valioso carecer de pelo, ni mucho menos sufrir un cáncer.

En el caso de los colegios que renunciaron a celebrar el día del Padre o el día de la Madre, el gesto solidario no debe ocultar la realidad de que un padre y una madre son un bien en sí, independientemente de si un niño es huérfano de padre, o de madre, o si un niño tiene dos tutores del mismo sexo. Celebrar el día de la familia no es malo, pues la familia es algo que merece ser celebrado; lo malo es ocultar una realidad que es también bella: la paternidad y la maternidad. Hacerlo es una aberración, aunque se haga con una buena intención.

Por eso, no debería establecerse esta medida sino de modo excepcional y con carácter provisional. Los padres y las madres deberían proteger el valor de la paternidad y la maternidad. Hacer lo contrario es ceder ante una ideología que unos pocos pretenden imponer al resto de la sociedad: la ideología de género.

 

GRUPO AREÓPAGO

 

Escuela y educación

El grave momento político e institucional por el que está atravesando nuestro país ha oscurecido el protagonismo  que por tradición e importancia le corresponde a la escuela y al comienzo del  curso escolar. Y consecuentemente, está hurtando a la sociedad la reflexión y el debate que se merece la más importante de las tareas que el hombre ha de abordar, pues de ella y sus buenas o malas prácticas depende el futuro de un país: la educación.

Reflexión y debate que hoy por hoy debe recaer no sólo sobre el sistema organizativo escolar, ya de por sí importante, sino principalmente sobre el modelo educativo vigente. Pues si fundamental es legislar sobre los contenidos curriculares a desarrollar, sus espacios y tiempos, o sobre el rol social y profesional de maestros y profesores, o la excesiva burocratización del sistema…; es mucho más importante, porque afecta  y de ello depende todo lo demás, el debate sobre el modelo educativo. Es llevar la reflexión al terreno de los fines, y al tipo de persona a educar.

Cualquier observador crítico puede darse cuenta de que el modelo educativo escolar actual en la mayoría de los países se centra en formar buenos profesionales, técnicamente bien preparados. Así se lo exigen a la escuela la sociedad y hasta las mismas familias. Se identifica educación con instrucción; y desde esta concepción se organiza el currículo, prevaleciendo la dimensión materialista y mercantil de la enseñanza sobre sus aspectos más formativos y humanizadores.

Repensar hoy la escuela es plantear un nuevo modelo educativo transformador y contracultural desde la idea de que educar es mucho más que instruir. Modelo sobre el que ya incidió el célebre informe “JacquesDelors” a la UNESCO sobre la educación en el siglo XXI, que propugnaba el sentido integral de la educación desde los cuatro pilares básicos que lo habrían de sostener: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir. Entre otros muchos, el Papa Francisco también lo reivindica: “La educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir  un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad y la relación con la naturaleza” (Laudato si).

La escuela cada vez más orienta su enseñanza hacia los contenidos instrumentales y se olvida de aquellos aspectos que inciden en la configuración de la personalidad de los alumnos y su dimensión social. De ahí el recorte de contenidos y tiempos que están sufriendo la filosofía y las humanidades. El ansiado pacto escolar, si es que llega, lo ha de considerar seriamente.

 

 GRUPO AREÓPAGO

 

El deseado pacto escolar

Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón. ¡Qué sagacidad la del poeta! Es difícil superar con un lenguaje sencillo y bello un análisis sociológico tan profundo y preclaro sobre el acontecer sociopolítico de nuestro país. Acontecer que tiene síntomas de enfermedad crónica y que el ya largo periodo democrático no ha lograda curar.

Pero si el enfrentamiento ideológico de las dos Españas ha helado el corazón de muchos españoles en importantes momentos de nuestra historia moderna, cobra especial sentido  en el momento actual cuando se habla de escuela y educación. Porque no nos equivoquemos, el principal impedimento para lograr el tan ansiado y necesario pacto escolar que la tercera España (Paul Preston) reclama es simplemente ideológico.

La ideología no permite a nuestros responsables políticos penetrar y ver en el tupido y oscuro boscaje  en que está sumido nuestro mediocre sistema educativo. Las altas tasas de fracaso escolar, el abandono prematuro del sistema, la poca atención a la formación profesional, el deterioro de la función docente y la pérdida de su autoridad son, entre otros factores, claros indicios de enfermedad. La respuesta política en el periodo democrático ha sido la elaboración de trece leyes educativas, todas ellas realizadas por imposición del partido en el gobierno, sin consultar a los auténticos protagonistas y responsables de la educación –familia y profesorado- y, por supuesto, con la enmienda a la totalidad, sin matices, del grupo o grupos de oposición. El genio creativo de Unamuno cuando hablaba de los hunos y los hotros presenta una triste caricatura de esta situación difícil de encontrar en algún país de nuestro entorno.

La comunidad educativa lleva ya bastante tiempo exigiendo el tan deseado pacto nacional por la educación. En los últimos días se han vislumbrado posicionamientos que invitaban a la esperanza, pero que la praxis política tan contumaz ha sido capaz de desmentir de inmediato.

¿Acaso no pueden sentarse en la misma mesa para su reconciliación aspectos tan básicos para que el sistema funcione como la libertad de enseñanza y el derecho a la educación; la equidad y la calidad; la cultura del esfuerzo y la pedagogía de la adaptación; la escuela pública y la concertada; …? En conclusión: ¿la LOGSE y la LOMCE? Nos preguntamos en la tercera España.

 

Grupo AREÓPAGO

Mi colegio

clase de religion

Mi colegio, en el que yo estudiaba en los años sententa, era un edifico viejo, que se fue adaptando para poder acogernos, hasta que construyeron uno nuevo, que se estrenó el año que yo marchaba al instituto para realizar bachillerato. Pero en aquel colegio cada día leía esta frase, que ha marchado mi vida: “En dos cosas se parecen los hombre a Dios, en decir la verdad y hacer el bien” J. Usera. Allí aprendí a leer, a jugar, a sumar y, también a vivir a Dios. Cuando años más tarde me pidieron que trabajara en la Escuela Católica automáticamente sentí que el amor de Dios llamaba a ayudar a los niños a decir y buscar la verdad y hacer el bien.

Presentar un colegio es difícil y la acción educativa de la Escuela Católica quizá más todavía. Pero podríamos trazar algunas pinceladas que nos ayuden a entender nuestro trabajo diario en las aulas, con las familias, en la sociedad y la Iglesia.

Somos escuela, y queremos ser escuela del siglo XXI, una escuela para nativos digitales, por ello trabajamos por innovar, acercarnos a las necesidades reales de nuestros alumnos. Nos preocupa que nuestros alumnos aprendan. Trabajamos para que aprendan a aprender, a buscar ahora en la escuela, y el día de mañana, de forma crítica la verdad. Queremos, en nuestra escuela del siglo XXI, que nuestros chicos sean excelentes; y que cada uno desarrolle al máximo sus cualidades, por ello trabajamos los valores y las virtudes. Sabemos que sí llevamos a la práctica lo que decimos  no terminará siendo bella idea, que aprendida de memoria podemos olvidar al terminar el examen. Buscamos crear en nuestros chicos experiencias memorables.

Somos escuela de la Iglesia Católica. El evangelio es norma de vida, nuestra forma de vivir la misericordia es el trabajo en las aulas. Como un día leí por ahí y plagiado en el colegio que dirijo: “Educar es nuestra forma de amar”. Queremos que el evangelio de Jesús impregne nuestra acción. Que este evangelio llegue a cada profesor, a cada familia, a cada chaval. No como una imposición doctrinaria, nos acercamos a la intimidad de cada conciencia y llamamos a su puerta para ofrecer la palabra y el amor del Maestro de Nazaret. Entendemos que presentar el evangelio en el colegio ayuda a todos a establecer un adecuado dialogo entre la fe y la cultura.

Somos escuela al servicio de la sociedad. Trabajamos y soñamos para servir a nuestra sociedad. En cada aula se forma el futuro de la sociedad, queremos que la estimulación de nuestros alumnos les haga personas atentas al mundo que les rodea, capaz de escuchar los distintos sonidos de nuestras sociedades. Trabajamos con ellos para que aprendan a distinguir el bien del mal, para que elijan con responsabilidad. Creemos que la escuela, nuestra escuela forma hombres  y mujeres que trabajaran para servir a la sociedad y ello supone ya desde ahora realizar trabajos cooperativos, en los que cada alumno puede aportar su genio y sus capacidades.

Somos escuela que tiene vocación de servicio a las familias. Creemos que nuestros colegios tienen que ser una puerta abierta, un laboratorio para la vida de nuestros alumnos. Y en esta tarea es fundamental la cercanía, el apoyo y la complicidad de los padres. Nosotros tenemos conciencia que nuestra tarea es colaborar con los padres en la educación de sus hijos.

Leyendo esto alguno preguntará ¿Entonces la Escuela Católica, su colegio diocesano es perfecto? Mi respuesta es no. Somos una escuela realista, vivimos en medio de nuestra sociedad que camina y que tiene sus dificultades. Una sociedad que tiene sus heridas, y que reflejamos todos los que formamos la comunidad educativa. En nuestra escuela trabajamos para evitar, prevenir, erradicar todos esos males que hay en la sociedad y los colegios. ¿Lo conseguimos? Me gustaría decir: sí; pero lo que puedo decir: Es nuestro empeño de cada día.

Después de esto que he escrito me quedaría hacer un par de aportaciones. La primera: Llego al colegio cada día con ganas de aprender: alumnos, profesores, personal del colegio y familias, son para mí un libro abierto, una escuela de vida. Agradezco a Dios la posibilidad de ser sorprendido cada día por las personas que tengo la dicha de ver en el colegio. La segunda: Creo que hoy, nuestro tiempo, es un tiempo apasionante para trabajar en la Escuela Católica. Sé que no somos perfectos, pero tengo la certeza que con nuestro trabajo y la ayuda el Maestro estamos sembrando un futuro lleno de esperanza en nuestros niños y jóvenes. Creo, sinceramente, que educamos para la vida.

Entre aquel colegio viejo en el que me formé siendo un niño, un colegio actual no han cambiado muchas cosas. Mesas, libros, lápices y colores (ahora pc y tablets) profesores, alumnos, familias. De aquel colegio aprendí que sólo se puede educar cuando se ama lo que se hace; y en ello estoy aprendiendo a trabajar en el colegio.

Firma invitada: D. Ángel Camuñas Sánchez

                Sacerdote, director de Colegio y Secretario de Escuelas Católicas de Castilla-La Mancha.

 

Sentido religioso, escuela e ignorancia supersticiosa

enseñanza religiosa

España es uno de los pocos países donde la aversión al hecho religioso es utilizada como instrumento ideológico para la conquista de votos.

La propuesta de excluir de los currículos escolares la enseñanza religiosa solo se comprende desde la demagogia puesto que la enseñanza de la religión (católica, evangélica, judía e islámica) está garantizada como un derecho por los diversos acuerdos que el Estado español tiene firmados tanto con la Iglesia Católica (que tienen naturaleza jurídica de tratados internacionales) como con las Federaciones de entidades evangélicas, judías y musulmanas. Se garantiza el derecho a recibirla, pero en ningún caso es obligatoria (Lourdes Ruano).

Esto significa que tal propuesta no va dirigida a personas ilustradas que compartan esta visión estatalista de la educación –y con las que un debate, sin duda, resultaría fructífero– sino a un sector radicalizado y poco ilustrado dispuesto a creerse esta proclama por ceguera visceral.

La mayoría de los países europeos, respetando la identidad de sus ciudadanos, incluyen la religión en el sistema educativo. Incluso la laicista Francia intentó incorporar el estudio del «hecho religioso» con carácter obligatorio antes de que François Hollande llegara al poder. Pero España es un país que no ha superado la dialéctica de la confrontación: lo importante no es levantar un país, lograr una constitución por consenso o mejorar el sistema educativo, por poner unos ejemplos. Lo importante, parece ser, es independizarse por pura confrontación con un Estado que se siente ajeno, aniquilar todas las medidas del gobierno anterior, o utilizar las reformas educativas para atacar al contrincante político.

La torpeza de esta forma de entender la política radica en que se sustenta no en la creatividad que busca el bien común por medio del diálogo sino en la confrontación y aniquilación del adversario.

Algo parecido ocurre con la enseñanza religiosa. La propuesta de una educación que no respete el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas solo parece un banderín de enganche para los renegados de lo religioso. No para ateos o agnósticos ilustrados conocedores de que tal proclama incumple varios acuerdos internacionales, por ejemplo: “el Estado, en el ejercicio de las funciones que asuma en el campo de la educación y de la enseñanza, respetará el derecho de los padres a asegurar esta educación y esta enseñanza conforme a sus convicciones religiosas y filosóficas» (Convenio Europeo de Derechos Humanos).

Por ello, la incorporación de esta propuesta no parece tener otro asidero que la ignorancia supersticiosa y el resentimiento hacia lo religioso (el resentimiento es el odio surgido de la impotencia, Max Scheler). Un resentimiento que puede haber surgido de la impotencia de haber resuelto en falso el problema religioso: muchos de los que vociferan contra la religión lo hacen desde una concepción infantil de la misma, como si sus convicciones en este terreno se hubieran quedado estancadas en las crisis de la adolescencia. Y por eso es un resentimiento que se escuda cínicamente en el escándalo del comportamiento de cristianos incoherentes: lo mismo en la España franquista cuando la sociedad era cristiana por decreto, que en la actualidad cuando la excepción monstruosa de un sacerdote pervertido, se hace regla. Sin reparar, claro está, en que esa misma identidad cristiana era perseguida en países como Polonia donde el catolicismo fue capaz de reventar los cimientos de la dictadura opresora, desde la solidaridad (Solidarnosc) –¡No desde el resentimiento!-.

Y este resentimiento comparte camino con la ignorancia supersticiosa porque muchas de las críticas planteadas a la religión se llevan a cabo desde la temeridad del ignorante que banaliza la profundidad de un san Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Edith Stein, von Balthasar y tantos grandes genios que han iluminado a la Humanidad desde su experiencia cristiana. Pienso que Nietzsche –un filósofo experto en teología y ateo rabiosamente inteligente– habría vomitado semejantes sucedáneos pueriles de ateísmo.

 

Fernando López Luengos

Doctor en Filosofía

La escuela, con mayúsculas

escuela

 

 

 

No cabe la menor duda de que la Escuela preocupa en nuestro país, pero está por ver que sea motivo de ocupación para una sociedad en la que el tener ha ganado el pulso al ser. Vivimos tiempos líquidos en lo social, con palabras de Bauman, que no ayudan a la reflexión sosegada y profunda; y muy ideologizados en lo político, lo que dificulta el diálogo y el consenso en torno a ella.

El mundo escolar viene dejando en los últimos tiempos motivos sobrados para esta preocupación. A las altas tasas de fracaso escolar confirmadas por los datos de los sucesivos informes PISA y por la triste realidad de los hechos, hay que unir las noticias sobre violencia que han recorrido el mundo de la comunicación en el curso escolar que ha terminado. Noticias que han sido rápidamente olvidadas por los debates en torno a los aciertos y desaciertos de la llamada “Ley Wert”, pero que no pueden ocultar la situación crítica de convivencia que se vive en muchos centros escolares.

Desde hace bastantes décadas conviven enfrentadas en nuestro país diversas formas de entender la escuela, su función y finalidades. Al siempre trascendental debate de Escuela como “motor de cambio social” o como “reproductora del modelo social vigente”, se le han ido uniendo otros aspectos no menos trascendentales: ¿debe educar en valores o deberá alejarse de ellos por miedo a una ideologización de los mismos y solo dedicarse a instruir? ¿Dónde situamos la educación ética y moral? ¿En la transversalidad o en una asignatura específica?.

¡Qué difícil nos está resultando realizar la síntesis, si además sumamos la incidencia que tienen sobre la tarea educativa los profundos cambios sociales de los últimos tiempos! No somos capaces de caer en la cuenta de que la Escuela no es nada de eso en particular, pero tiene bastante de todo ello. ¿Podría entenderse –como dice J. L. Corzo– que “la raíz de toda esta lucha escolar esté en que unos y otros pretenden la clonación de niños. Algo inmoral si no fuera imposible”?

Urge un diálogo social y político que haga posible un consenso legislativo sobre la Escuela. La grave crisis en que vive sumida nos lo exige por el bien de nuestros niños y jóvenes y el futuro de nuestra sociedad.

Grupo AREÓPAGO

© 2018 Areópago Diálogo

Theme by Anders NorenUp ↑