Retos educativos para una escuela con respuestas

Es un hecho constatable que se están produciendo alarmantes desajustes psicosociales muy peligrosos para la convivencia en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Desajustes con especial incidencia en el mundo infantil y juvenil debido en gran medida a la grave crisis en la que están sumidas la familia y la escuela, las más importantes instituciones en la tarea de educar Acaba de comenzar un nuevo curso escolar y lo hace desde el perfil educativo que marca la nueva ley de educación, la llamada “ley Celaá”. Sin entrar en valoraciones que ya realizamos a su tiempo, sí queremos presentar en esta mesa para el diálogo y la reflexión algunos aspectos del hecho educativo escolar que por su complejidad necesitan del contraste de opiniones y pareceres que ayuden a despejar un camino tan escabroso como es en muchos casos el de la educación. En este caminar y con la nueva ley de referencia, la escuela tiene ante sí importantes desafíos y no todos con fáciles respuestas. Nuestra reflexión gira en torno a dos de ellos que tienen trasfondo y contenido referencial en la nueva legislación escolar: educar en el esfuerzo con una pedagogía de los límites, y la tan necesaria como olvidada y en muchos casos denostada educación en valores. Traer a debate el esfuerzo como capacidad importante a educar y como gran reto de la escuela, no se hace solo por el valor competencial que tiene en el desarrollo de la personalidad, sino también porque en la nueva ley existen propuestas que son rechazadas por muchos agentes de la educación precisamente por sus efectos negativos en la consecución de esta competencia. Tal es el caso de pasar de curso con asignaturas suspensas. Afrontar este desafío es comprender que educar en “la cultura del esfuerzo” necesita como en otras tareas de enseñanza aprendizaje combinar los factores cognitivos, con los motivacionales y con su aplicación práctica. Supone, pues, además de un trabajo de evaluación serio y profesional donde lo más importante no sea lo cuantificable, porque el esfuerzo no es un fin en sí mismo sino un medio para conseguir el desarrollo de la personalidad, también una tarea permanente y continuada vinculada por tanto a la educación en valores como la tenacidad, la constancia, la responsabilidad, el compromiso por el trabajo bien hecho… Es decir, todo un proceso.  Hoy puede resultar muy fácil caer en la trampa de considerar el examen instrumento fundamental y único medio del proceso evaluador sin tener en cuenta otros factores cognitivos, motivacionales y de praxis educativa. Sin duda un debate educativo que necesita mucho diálogo y reflexión pues supone un gran reto para, apoyado en una pedagogía de los límites, fortalecer el carácter de nuestros niños y jóvenes tan expuestos hoy día a caer en la ansiedad y la frustración al primer encuentro con la adversidad.
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La educación en valores en el ámbito escolar ha sido en nuestro país en los últimos tiempos campo de conflictos y desencuentros. A los que opinan que ha sido y sigue siendo la asignatura pendiente del sistema educativo se han opuesto los que defienden una escuela solo para la instrucción, sin caer en la cuenda que ambas -educación e instrucción- se complementan. Otros la ven inviable por la dificultad de lograr consensos en materia de valores, o por la imposición partidista e ideológica de los gobiernos de turno. Nuestra Constitución ya señala su importancia cuando destaca en su artículo 27 que el objetivo de la educación es el pleno desarrollo de la personalidad humana. Hemos de inferir, pues, que no puede haber pleno desarrollo de la persona si no se educa en valores humanos, criterios éticos, y virtudes personales y sociales. Tal vez el Papa Francisco transite por estos caminos cuando dice que “la educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad y la relación con la naturaleza” (Laudato si’). La escuela, superando tintes ideológicos y adoctrinadores e incluso miedos a la confrontación entre valores, debe ser lugar de enseñanza aprendizaje para educar en la paz, la ecología, la solidaridad, la responsabilidad, el respeto mutuo… Es la única manera de detener las lacras que dominan nuestro mundo y los desajustes convivenciales que presenta nuestra sociedad. El cómo, tiene que surgir de un diálogo sincero y constructivo. Con Victoria Camps (2010) afirmamos que la educación moral es algo demasiado importante para convertirla en simple motivo de disputa partidista. Una disputa que solo viene a demostrar la escasa educación cívica de los políticos que la protagonizan.
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Es un hecho constatable que se están produciendo alarmantes desajustes psicosociales muy peligrosos para la convivencia en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Desajustes con especial incidencia en el mundo infantil y juvenil debido en gran medida a la grave crisis en la que están sumidas la familia y la escuela, las más importantes instituciones en la tarea de educar Acaba de comenzar un nuevo curso escolar y lo hace desde el perfil educativo que marca la nueva ley de educación, la llamada “ley Celaá”. Sin entrar en valoraciones que ya realizamos a su tiempo, sí queremos presentar en esta mesa para el diálogo y la reflexión algunos aspectos del hecho educativo escolar que por su complejidad necesitan del contraste de opiniones y pareceres que ayuden a despejar un camino tan escabroso como es en muchos casos el de la educación. En este caminar y con la nueva ley de referencia, la escuela tiene ante sí importantes desafíos y no todos con fáciles respuestas. Nuestra reflexión gira en torno a dos de ellos que tienen trasfondo y contenido referencial en la nueva legislación escolar: educar en el esfuerzo con una pedagogía de los límites, y la tan necesaria como olvidada y en muchos casos denostada educación en valores. Traer a debate el esfuerzo como capacidad importante a educar y como gran reto de la escuela, no se hace solo por el valor competencial que tiene en el desarrollo de la personalidad, sino también porque en la nueva ley existen propuestas que son rechazadas por muchos agentes de la educación precisamente por sus efectos negativos en la consecución de esta competencia. Tal es el caso de pasar de curso con asignaturas suspensas. Afrontar este desafío es comprender que educar en “la cultura del esfuerzo” necesita como en otras tareas de enseñanza aprendizaje combinar los factores cognitivos, con los motivacionales y con su aplicación práctica. Supone, pues, además de un trabajo de evaluación serio y profesional donde lo más importante no sea lo cuantificable, porque el esfuerzo no es un fin en sí mismo sino un medio para conseguir el desarrollo de la personalidad, también una tarea permanente y continuada vinculada por tanto a la educación en valores como la tenacidad, la constancia, la responsabilidad, el compromiso por el trabajo bien hecho… Es decir, todo un proceso.  Hoy puede resultar muy fácil caer en la trampa de considerar el examen instrumento fundamental y único medio del proceso evaluador sin tener en cuenta otros factores cognitivos, motivacionales y de praxis educativa. Sin duda un debate educativo que necesita mucho diálogo y reflexión pues supone un gran reto para, apoyado en una pedagogía de los límites, fortalecer el carácter de nuestros niños y jóvenes tan expuestos hoy día a caer en la ansiedad y la frustración al primer encuentro con la adversidad. La educación en valores en el ámbito escolar ha sido en nuestro país en los últimos tiempos campo de conflictos y desencuentros. A los que opinan que ha sido y sigue siendo la asignatura pendiente del sistema educativo se han opuesto los que defienden una escuela solo para la instrucción, sin caer en la cuenda que ambas -educación e instrucción- se complementan. Otros la ven inviable por la dificultad de lograr consensos en materia de valores, o por la imposición partidista e ideológica de los gobiernos de turno. Nuestra Constitución ya señala su importancia cuando destaca en su artículo 27 que el objetivo de la educación es el pleno desarrollo de la personalidad humana. Hemos de inferir, pues, que no puede haber pleno desarrollo de la persona si no se educa en valores humanos, criterios éticos, y virtudes personales y sociales. Tal vez el Papa Francisco transite por estos caminos cuando dice que “la educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad y la relación con la naturaleza” (Laudato si’). La escuela, superando tintes ideológicos y adoctrinadores e incluso miedos a la confrontación entre valores, debe ser lugar de enseñanza aprendizaje para educar en la paz, la ecología, la solidaridad, la responsabilidad, el respeto mutuo… Es la única manera de detener las lacras que dominan nuestro mundo y los desajustes convivenciales que presenta nuestra sociedad. El cómo, tiene que surgir de un diálogo sincero y constructivo. Con Victoria Camps (2010) afirmamos que la educación moral es algo demasiado importante para convertirla en simple motivo de disputa partidista. Una disputa que solo viene a demostrar la escasa educación cívica de los políticos que la protagonizan.

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