Navidad en tiempo de pandemia

Sin duda vamos a vivir y celebrar una Navidad especial, muy especial, tal vez diferente a otros años en algunos aspectos, aunque no en los fundamentales. La pandemia ha cambiado o está cambiando nuestras vidas y ante ello la celebración de la Navidad no puede dejarnos indiferentes. Entre otras muchas cuestiones, la gran cantidad de personas que han fallecido, en una mayoría ancianos, las secuelas físicas y psíquicas que deja la enfermedad, o el grave deterioro de la economía que está incidiendo sobremanera en el trabajo de muchas personas y consiguientemente en sus vidas y las de sus familias. La situación y el contexto ofrece un horizonte muy oscuro que produce el vértigo de la incertidumbre, la inseguridad y el miedo.

Pero esta Navidad tan especial contemplada desde estos aspectos tan humanos, en los cuales estamos experimentando nuestra fragilidad en un mundo lleno de seguridades, nos plantea muchos interrogantes que invitan a una reflexión sobre cómo se celebra, dónde se ponen los acentos, y cómo se llenan de contenido.

Hace unos años, Lluís Duch, monje benedictino antropólogo, sociólogo y teólogo recientemente fallecido escribió un libro con un título muy sugestivo y sugerente, “Un extraño en nuestra casa”. En su denso contenido explica y argumenta la grave crisis religiosa que vive nuestra sociedad postmoderna, Según él no existe tal crisis, ni siquiera de las instituciones religiosas, sino más bien una crisis del Dios cristiano que se ha convertido en un extraño en las casas de las sociedades modernas de tradición cristiana. Dice en sus conclusiones que “la crisis de Dios que se detecta en Occidente no implica la defunción de los dioses. Con nombres y fisonomías muy diferentes, estos están vivos y se muestran activos y omnipresentes en la vida cotidiana de una gran mayoría de nuestros contemporáneos”. Sin duda estas palabras ofrecen una representación paradigmática para una reflexión y debate sobre la celebración de la Navidad, que adquiere especial actualidad en estos tiempos difíciles que vivimos.

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Cuando pasado el verano comenzaron a surgir nuevos y abundantes brotes de contagios, los medios de comunicación y bastantes plataformas sociales, políticas y económicas comenzaron a plantear la necesidad de contener el contagio para “salvar la navidad” desde dos perspectivas: la económica, para salvarla mediante la reactivación del consumo que propicia estas fiestas; y la social, que tenía como finalidad hacer posible las reuniones familiares y sociales propias de estos días. Indudablemente dos perspectivas con importante valor humano por lo que representan para el trabajo de muchas personas, la una; y por el significado que tiene en la tradición navideña la celebración en familia, el encuentro con los amigos, el sentido de la fiesta…, la otra; pero que en estos momentos adquieren como mínimo categoría de frívolas cuando están en juego la vida de muchas personas.

Por supuesto, ninguna propuesta para salvar la identidad y significado originario del gran acontecimiento salvífico navideño que da sentido a la Fiesta y sin el cual se activa la aparición de pequeños o grandes dioses o diosecillos con pies de barro que esclavizan y no liberan y que a la larga no solucionan los graves problemas de una economía injusta, de una sociedad insolidaria que vive indiferente frente a los problemas del vecino olvidando la convivencia y el abrazo, y de una cultura complaciente con leyes que atentan contra la vida

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Cuando el acontecimiento que da sentido a la Navidad -que es presencia de lo divino en lo humano y que incluye la centralidad del Amor, de la Vida como don, de la salida hacia el Otro y los otros- desaparece de su celebración, deja sin sentido todos los símbolos que la adornan, los spots publicitarios que la acompañan, y las múltiples campañas de pseudo solidaridad programadas para una navidad “a la carta”. Y desde luego, dejan sin respuestas a la grave crisis de la pandemia que padecemos.

GRUPO AREÓPAGO

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