La Iglesia y nuestros deseos (I).

Pasada la fiesta de san Ildefonso, patrono de nuestra Archidiócesis de Toledo, me gustaría hacer algunas reflexiones acerca de nuestra Madre, la Iglesia, por si a alguno le hacen bien en su caminar. Amigos con los que podamos ir de camino los buscamos todos. Pero la idea de la Iglesia como acompañante en el camino suscita, de entrada, reacciones de rechazo en muchos de nuestros contemporáneos. De la Iglesia, piensan y pensamos, ya hemos oído demasiado, y en la mayor parte de las ocasiones no era nada –piensan tantos- de lo que cupiese alegrarse. La palabra y la realidad “Iglesia” han caído en descrédito. Y tampoco la reforma permanente parece que pueda cambiar mucho esta situación. ¿O lo único que sucede es que hasta ahora no se ha descubierto el tipo de reforma que pudiese hacer la Iglesia, después de todo, una comunidad de caminantes que valiese la pena?

   ¿Por qué la Iglesia disgusta a tantas personas? Las razones son distintas, según la posición que se tome. Unos sufren porque la Iglesia se ha adaptado en exceso a los criterios del mundo; a otros les irrita que siga estando muy lejos de ellos. Para la mayoría de las personas el desagrado que les produce la Iglesia empieza por el hecho de que sea una institución, similar a otras muchas, y que, en cuanto tal, restrinja mi libertad. Ahora bien, la amargura contra la Iglesia tiene además una razón más específica. Y es que, en un mundo de dura disciplina, la Iglesia debería ser en él como una isla de vida mejor, un oasis de libertad al que fuese posible retirarse de cuando en cuando. La ira contra la Iglesia o la decepción frente a ella se debe a que calladamente se espera de ella más que de todas las instituciones seculares. En ella se debería cumplir el sueño de un mundo mejor.

   Pero la Iglesia no es como la muestran los sueños; y por ello se intenta desesperadamente hacerla tal y como se la desea: hacer de ella un lugar de todas las libertades, un espacio de la superación de nuestros límites, el experimento del país de la Utopía que tiene que existir en algún lugar. En esto, muchos de los hijos de la Iglesia nos parecemos a los que en la actuación política desean poner en marcha por fin un mundo mejor, el que ellos han pensado y son su proyecto; juzgan, pues, que se debe preparar este mundo de un modo concreto, de modo que todos piensen como ellos. Es una manera de evadirse de la realidad concreta. Se dan abundantes casos.

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   ¿Quiero decir, acaso, que rechazo toda reforma en la Iglesia? Para nada. Sí me pregunto cómo sería eso y cómo puede tener éxito esa reforma. Desde luego no quiero tener la ingenua arrogancia del que se siente llamado a ilustrar a los demás porque está convencido de que todas las generaciones anteriores no han entendido bien el asunto, o eran demasiado medrosas o estaba demasiado sumidas aún en la oscuridad, mientras nosotros –supuestamente- tenemos ahora a la vez la valentía para reformar la Iglesia. Pero hay que partir, dicen nuestros reformadores, al menos de mostrar una receta convincente: la Iglesia no es una democracia, según las normas de derechos y libertades que se dice consiguió la Ilustración. Pero, continúan, sí puede ser ese acervo básico de estructuras de libertad. Este camino llega –se dice-, de la Iglesia-proveedora a la Iglesia-comunidad: nadie debe ser, según estos criterios, receptor pasivo de los dones del ser cristiano. Todos deberían convertirse en autores activos del ser cristiano. Por consiguiente, también y sobre todo la liturgia, en la que experimentamos en la práctica la Iglesia, ya no debe ajustarse a un esquema prefijado, sino surgir en cada lugar, en la situación dada, por obra de la respectiva comunidad. ¿Es esa la reforma que esperamos?

  Pero esta obra de reforma, mediante la que ahora se desea que haga su entrada por fin en la Iglesia la autodeterminación democrática y sustituya toda tutela jerárquica, suscita de inmediato una serie de preguntas. ¿Quién tiene ahora en realidad el derecho de adoptar acuerdos? ¿Sobre qué bases se adoptarán? ¿No bastarían las que adoptan la democracia política, que dicen que es mediante el sistema de representantes? Pero cuanto hagan unos hombres pueden anularlo después otros. Lo estamos viendo: cuanto acuerde una mayoría puede derogarlo otra. Por eso una Iglesia basada solamente en acuerdos mayoritarios se convierte en una mera Iglesia de los hombres. La opinión sustituye a la fe y el “yo creo” nunca va más allá del significado de “opinamos”. Esa Iglesia está reducida al ámbito de lo empírico, por la derecha o por la izquierda, y, así, se queda en nada también y precisamente como sueño.

          Cuanto más haya en la Iglesia de decidido por nosotros mismos y de hecho por nosotros mismos, más estrecha se volverá para todos nosotros. Lo grande, lo liberador que hay en ella no es lo hecho por nosotros mismos, sino aquello que a todos nos ha sido dado y no proviene de nuestro querer e idear, sino que es proceder, venir a nosotros lo inconcebible, que es “más grande que nuestro corazón”, como dice 1 Jn 3,20. De modo que la reformatio, necesaria en todo momento, no consiste en estar remodelando constantemente “nuestra” Iglesia según mejor nos acomode e inventándonosla de continuo, sino en retirar una vez y otra nuestras propias construcciones auxiliares a favor de la luz pura que viene de lo alto y que es también brote de la libertad pura.

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          Evidentemente, el moderno pensamiento científico nos ha encerrado cada vez más en la mazmorra del positivismo y, de ese modo, no ha condenado al pragmatismo. Con él se pueden conseguir muchas cosas: se puede ir a la luna y todavía más lejos, adentrándose en la inmensidad del universo. “Quiero la luna, dadme la luna”, exigía patético Calígula en la obra de Albert Camus; el emperador romano tenía todo a su disposición y al que todo le parece demasiado poco, pero él seguía siendo el mismo que era, porque no se supera el auténtico límite. Ahora se puede tener más o menos la luna, pero cuando uno no se abre a la verdadera frontera –la frontera entre la tierra y el cielo, entre Dios y el mundo- tampoco la luna es otra cosa que un pedazo más de tierra, y alcanzarla no permite acercarse ni un paso siquiera a la libertad y plenitud anhelada.

          La fundamental liberación que la Iglesia puede darnos es estar en el horizonte de lo eterno, la evasión que rompe los límites de nuestro saber y poder. Por ello, la fe misma en toda su grandeza y amplitud es una vez y otra esencial reforma que necesitamos, desde ella tenemos que revisar una y otra vez los órdenes de propia factura que existan en la Iglesia. Esto significa que la Iglesia tiene que ser puente de la fe y que no le está permitido- especialmente en su vida asociativa intramundana- hacer de sí un fin en sí mismo. Hoy existe aquí y allá, incluso en las altas esferas de la Iglesia, la opinión de que una persona es tanto más cristiana cuanto más implicada esté en actividades eclesiales. Se practica una especie de terapia ocupacional eclesial; se busca para cada uno una organización o al menos alguna actividad en la Iglesia. Tiene que haber siempre actividad en la Iglesia, pero un espejo que se muestre solo a sí mismo ya no es un espejo; una ventana que no permita ver el ancho mundo que está fuera de ella, sino que se ponga a sí misma en medio, ha perdido su sentido. Puede suceder que alguien se dedique ininterrumpidamente a actividades de asociaciones eclesiales y, sin embargo, no ser cristiano.

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          La libertad que esperamos justificadamente de la Iglesia y en la Iglesia no llegará a darse introduciendo en ella el principio de toma de decisiones por mayoría. No descansa en que el mayor número posible de personas llegue a prevalecer sobre el menor número posible de personas. Descansa en que a nadie le esté permitido imponer su propia voluntad a los demás y en que, antes bien, todos se sepan ligados a la palabra y la voluntad del único que es nuestro Señor y nuestra auténtica libertad.

          La fe no es solo conocer, sino también actuar: no es la fe solo una rendija en el muro, sino una mano salvadora que nos saca de la caverna del abismo y del pecado. Por eso, el orden fundamental esencial de la Iglesia necesita una y otra vez despliegues y configuraciones concretas para que la vida de esta pueda desplegarse en una época determinada, pero estas configuraciones no deben convertirse en lo principal. Y es que la Iglesia no existe para darnos ocupación como asociación intramundana y conservarse a sí misma, sino para llegar a ser en todos nosotros eclosión que nos ponga en camino para la vida eterna. Llegados aquí, sin embargo, nos falta algo, algún aspecto que no podemos olvidar, pues, de lo contrario, la Iglesia se queda roma, sin mordiente. Lo abordaremos en un ulterior escrito. Les pido disculpas por no haber sido más conciso.

Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

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