Jugar con los genes

Hace semanas un científico chino sacudió al mundo al afirmar que había creado los primeros bebés genéticamente modificados.

La comunidad científica internacional ha condenado dicho experimento, si es que se ha realizado realmente, porque existen muchas dudas al respecto. Además de las cuestiones éticas que surgen referidas a la manipulación del genoma humano, dicho tratamiento es totalmente innecesario para los bebes sanos, puesto que los genes editados pasarán a su progenie con las incertidumbres que pueden surgir de dicha manipulación.

Desde que el nobel español Severo Ochoa descubrió el polinucleótido-fosforilasa comenzó la carrera por el desciframiento del código genético. El material genético se encuentra en el núcleo de nuestras células y contiene la información básica necesaria para el desarrollo físico del ser humano. En 2005 se terminó de descifrar el genoma humano, llegando a secuenciarse 28.000 genes. Sabemos qué genes están implicados en la formación de nuestro cuerpo (ojos, pelo, uñas…), pero la función de las bases del genoma es totalmente desconocida.

Sustancialmente, nuestro material genético es lo que nos diferencia unos de otros. Es nuestro patrimonio más íntimo y valioso. El genoma es como una biblioteca gigante de información, donde las páginas de cada libro son los genes responsables de nuestras características físicas.  El problema radica en que dichas páginas (genes) también son indirectamente responsables de iniciar otros procesos en nuestro organismo. Las páginas de unos libros tienen información concreta pero también sirven para construir otros libros de la biblioteca gigante. No sabemos las consecuencias indirectas de la manipulación sobre determinados genes. Si la manipulación genética fuera tan sencilla y fácil, seriamos capaces, por ejemplo, de recombinar la raíz de la zanahoria con la hoja de la lechuga, podríamos obtener en una sola planta una zanahoria y una lechuga, ayudaríamos a paliar el hambre en determinadas zonas del mundo. En la actualidad, se puede decir científicamente que manipular el genoma humano es una locura de consecuencias inimaginables, una temeridad irreparable que puede provocar graves desequilibrios en el ser humano.

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Realizar experimentos con humanos es reduccionista y temerario, rompe con el concepto de dignidad que nos reconoce únicos e irrepetibles, implica un retroceso en relación con los grandes logros de la humanidad alcanzados en la actualidad y choca frontalmente con la concepción antropológica del hombre establecida durante los últimos 2.000 años.

Nuestra naturaleza es tan maravillosa y compleja que, a través de su conocimiento, vislumbramos la presencia de la Mente creadora que dio y da sentido a todo lo que nos rodea. No podemos jugar a ocupar el lugar de dicha Mente creadora. No podemos jugar a ser Dios.

 

GRUPO AREÓPAGO

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