Firma invitada de don Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo: “Otro divorcio inaceptable: ahora entre Liturgia y la vida” (I)

“El ser humano tiene sed y busca su agua donde piensa que puede encontrarla. En su caminar errante, sin horizonte ni escapatoria, excava un pozo cada vez que planta su tienda”. De este modo, se expresa un importante liturgista, que tanto influyó en la redacción de la cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica: la oración cristiana, y, en concreto, en lo referente a la Liturgia, una de las tres grandes acciones o dimensiones de la Iglesia.

Realmente la historia de nuestra salvación comienza siempre junto al agua. Por ello “Encontramos continuamente a los Patriarcas tratando de excavar pozos”, como indicaba Orígenes en el siglo III. Nosotros somos esos patriarcas que recorremos una tierra prometida, como extranjeros en nuestra propia heredad. Junto a nuestro pozo, cada uno construye un altar a su dios: su religión, su ideología, su dinero, su poder. El hombre tiene sed, ¿cómo no excavar allí donde piensa que encontrará agua?

El problema es dónde excavar, cuando además hay quienes dicen que no tienen sed. Dicen que no es una fuente lo que buscan, y, además, el agua no existe. De todas formas, estos hombres y mujeres que somos nosotros, tan seguros de nosotros mismos, no podemos dejar de esperar: dejar de tener sed sería ya el letargo de la muerte. Ahora bien, la Revelación de Dios afirma que no duerme Aquel que excava para darnos agua. Él es aquel, antes que nadie, quien tiene sed y quien se pone en camino para buscarnos, hasta alcanzarnos en el brocal de nuestros irrisorios pozos.

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 Prefiero, pues, salir de esos pozos y recorrer toda la Escritura buscando pozos y llegar a los Evangelios. Allí encontramos ese pozo en cuyo brocal nuestro Salvador descansaba, después de la fatiga del viaje, cuando llegó una samaritana que quería sacar agua de él. Ese es el brocal del pozo donde Él nos espera y el diálogo con nosotros termina siempre en la cuestión ineludible del templo, del lugar de encuentro entre Dios y el ser humano, del agua y de la sed.

 ¿Dónde está, pues, el lugar de encuentro con Dios, ese lugar inagotable donde la vida nuestra encontraría su fuente? Para la mayoría de los fieles cristianos (su número desciende, nos dicen los amigos de las encuestas) se adhieren al domingo y a su Eucaristía pascual. Muchas veces no saben el porqué. Es el “porqué” mordaz e insidioso, que plantean tantos jóvenes a sus padres practicantes y, ante las respuestas insatisfactorias, muchas veces por legalistas o moralizantes, viene la defección, el abandono, lógica para los jóvenes, dolorosa para los adultos. Por desgracia ni unos ni otros pueden expresar lo que la Liturgia significa en su vida.

Pero, asombrosamente, esos mismos jóvenes o adultos, cuando participan en una celebración viva, abierta al misterio, confiesan: “Si fuese así siempre, estaríamos dispuestos a retomar el camino de la Iglesia”. Y la Iglesia sabe el camino hacia esa Fuente que es su Liturgia, en la que Dios sigue escribiendo la historia de la salvación para los que hoy vivimos, no sólo para los de las generaciones pasadas. Pero se puede afirmar que hay una condición para que muchos quieran sentarse en el brocal del Pozo: no separar la Liturgia de la vida; no crear un nuevo divorcio, como en tantos otros aspectos de la vida humana hacemos los cristianos. He aquí un problema de mucha envergadura para nuestra Iglesia.

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¿Las celebraciones, sin embargo, por vivas que sean, transforman hoy la vida de los cristianos?; ¿dónde se encuentra la unión vital –y, a la inversa, el divorcio– entre Liturgia y vida? Esta pregunta, reitero, es una de las más serias que puede hacerse un cristiano maduro. Lo más urgente es, sin duda, dejar de pensar que Liturgia es igual a ceremonias raras que no entendemos, “cosas que hacen los curas”, extrañas para quien no conoce o está mínimamente iniciado. No, la Liturgia no puede ser eso. Es el tesoro que se extiende a todas las dimensiones del Misterio cristiano y asume, salva y deifica todo lo humano, desde lo más profundamente personal hasta lo manifiestamente comunitario.

Nuestros hermanos orientales, en general, dan más importancia que nosotros a la Liturgia. Muy pocos van por ahí afirmando que para ellos la celebración de la Misa dominical es la que les da la vida, el oxígeno para respirar; menos aún actúan como un famoso grupo de cristianos del Norte de África, que, habiéndoles prohibido celebrar la Eucaristía el domingo, confesaban: “Sin el Domingo no podemos vivir”. En general, podemos decir que los católicos hoy sabemos poco acerca de la celebración cristiana, nos parece un mundo aparte, que su conocimiento y su dinámica se deja a “unos pocos, que ayudan al cura”.

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Pero se trata de penetrar en el Misterio litúrgico; y no basta dirigir nuestros esfuerzos hacia lo más exterior de la celebración. Estoy convencido que descubrir el Misterio de la Liturgia de la Iglesia puede permitir a los fieles de nuestras parroquias u otras comunidades encontrarse en “la fuente, junto al pozo”. Me permito remitir al lector a otro escrito de colaboración con Areópago. Quiera Dios que lo haga con la sabiduría y la sencillez de los que aman a Jesucristo, presente siempre en la celebración verdadera de la santa Iglesia.

Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo.

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