Firma invitada de don Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo: «¡Ay de los que llaman bien al mal!»

     En el capítulo 5 del libro de Isaías aparece una serie de imprecaciones, que comienzan todas por esta interjección Ay. De este modo se condena o se avisa a alguien de la gravedad de sus acciones. Nosotros no queremos condenar a nadie, pero sí advertir de líneas rojas que no es bueno traspasar. Merece, pues, la pena leer despacio Is 5,8-24 y reflexionar sobre esas imprecaciones de este profeta de Israel, que, sin embargo, no se entienden sin aceptar, de alguna manera, al Dios creador y la ley que dio a lo creado.

     Desde que Dios creó al ser humano, hace muchos miles de años, Uno y otro siempre se han buscado mutuamente. Se puede decir que Dios viene a nuestro encuentro desde que Él bajaba a dialogar en tiempos del paraíso como con un amigo y los hombres y mujeres buscamos su amparo y favor, por diferentes motivos. Pero es una relación que se convirtió en turbulenta a partir del que llamamos pecado original de los primeros padres, pues se perturbó gravemente la visión y el corazón humanos. Desde entonces existen dos caminos para llevar a cabo el intercambio entre Dios y nosotros. Son caminos contrapuestos: el camino ascendente, en el que nosotros nos imaginamos determinadas imágenes de Dios con el fin de domesticarle, y no podemos; hay también un camino descendente, en el que Dios es el que se nos revela y el ser humano debe prestarle atención y responder con todas sus potencias intelectuales, volitivas y afectivas.

     En ese camino ascendente del ser humano surgen muchas clases de religiosidad equivocada, voluntarismos morales, y un largo etcétera. Queremos fijarnos ahora solo en el gnosticismo, y ver cómo se muestra esta forma de religiosidad en nuestro mundo actual. Estamos hablando ahora del gnosticismo que es, sencillamente, el intento de control de lo divino, que apuesta por identificar a Dios con una idea, una ética, un ser creado, un sentimiento. También es gnosticismo el intento de ser como Dios. De modo que el gnosticismo está detrás de las grandes tendencias de nuestros días. Enumeramos algunas de éstas: las ideologías absorbentes del siglo XX (comunismo, nazismo y fascismo), los nacionalismos a ultranza, el feminismo desnortado; pero también en el capitalismo en su conjunto, basado en la primacía de lo irreal (capital). El error y tendencia gnóstica también puede encontrarse en las concepciones teológicas de un Dios omnipotente y distante, ajeno a la razón. Nada más lejos del Dios palabra y amor, del Dios encarnado en el que creemos.

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     Frente al gnosticismo solo hay un camino: el que hemos denominado descendente y que consiste en la aceptación, desde la fe, la razón y la voluntad, de lo que Dios mismo nos ha manifestado y de la manera como Él lo ha hecho. Es lo que llamamos Revelación y Tradición. Es la aceptación de la realidad de la naturaleza humana, pues en ella se nos ha manifestado el Señor; siempre en la realidad de unos libros inspirados (la Biblia) y en la de su interpretación autorizada; y, sobre todo, en la realidad de los empobrecidos y de su lucha histórica por la liberación verdadera, que no consiste únicamente en un reparto de los bienes de este mundo, pero también.

      Lamentablemente, incluso en la propia Iglesia católica se ha introducido el gnosticismo, como se muestra en algunas prácticas religiosas que dan primacía a lo subjetivo, lo individual, lo emotivo o lo ideológico, expresión de un espiritualismo desencarnado. El Papa Francisco ha hablado de modo muy sencillo en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate (19.3.2018). Es muy interesante la exposición del Santo Padre para ser santos. Un camino santidad que tiene que ver con lo contrario a lo que muestra el gnosticismo: la realidad del Hijo de Dios hecho carne y de su Cuerpo en la historia que es la Iglesia. Pueden leer los nn. 36-46 de este Exhortación del Papa. Frente a gnosticismo, la Encarnación de Cristo.

   Vengamos de nuevo a las palabras de Is 5,20: “¡Ay de los que llaman al bien al mal y mal al bien!”. Veámoslo en algunas de las consecuencias que lleva consigo esa forma gnóstica de vivir la existencia en nuestra sociedad: el aborto, la eutanasia, la gestación subrogada (con abuso de la mujer gestante, y del propio niño, privado de su madre, la prescripción y promoción de derroteros sexuales ajenos a la naturaleza humana. Estas son algunas de las “perlas cultivadas” en nuestra sociedad, que está a la espera de nuevos “derechos” que genera esta deriva ética, jurídica y social.

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     Estas “innovaciones” son las que han tomado por asalto gran parte de la cultura contemporánea y que hermanan a los grandes poderes del capitalismo globalizado con los líderes del “anticapitalismo” o “progresismo”; a los detentores del poder jurídico-político en los países “democráticos” con los tiranos más siniestros en los países autocráticos; a los ciudadanos de países de raíz atea con otros de raíz cristiana (entre ellos un buen número de católicos practicantes). He aquí una filosofía que la Iglesia católica ya identificó como perversa desde los primeros siglos y que es conocida como gnosticismo.

     En realidad, el gnosticismo es un pensamiento dualista que separa radicalmente espíritu y materia, considerándolas dos categorías separadas. La materia no merece respeto –piensan– pues carece de valor alguno. La materia es mala y el cuerpo una cárcel para el alma y fuente de mal. En el seno de la Iglesia acecha esta forma de gnosticismo, que podemos denominar teísta, cada vez que a un fiel católico le basta con el conocimiento de Dios dando de espalda al mundo; que se puede dar culto a Dios sin el amor a los hermanos, sin asumir seriamente la responsabilidad hacia ellos, en especial a los niños más débiles, hacia los pobres y oprimidos, sin el compromiso con sus angustias y sus luchas. Como si esto fuera “mancharse las manos”, “meterse en política”. Como si el mundo no tuviera sentido o en él todo fuera inaccesible a nuestra comprensión y control que sólo cupiera “dejárselo a Dios”.

     Por supuesto, existe hoy un gnosticismo ateo: Dios no es sino una proyección o fantasía de la propia conciencia. Como en su antigua visión teísta, en el moderno gnosticismo puedo gozar de mi cuerpo, pero también maltratarlo o destruirlo, torcer la sexualidad en él impresa o transformarlo mediante mutilaciones para adaptarlo a la imagen que de él me haga. A falta de una naturaleza regida por la Ley natural, los derechos sólo pueden ser el resultado del ejercicio del poder: el poder del Estado, mediante amenazas de sanción, genera deberes y estos, a su vez, abren un espacio a los derechos. Es la visión del positivismo jurídico.

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     La visión gnóstica del mundo es contraria al cristianismo. Para éste toda la realidad, materia y espíritu, está cargada de sentido y de valor porque es obra de un Creador bueno. La realidad, tanto material como espiritual, es sagrada porque en ella reside siempre el logos, la razón del Creador y su amor. En particular, el ser humano, al haber sido creado a imagen y semejanza del Creador y como criatura amada por Él y destinada a la dicha eterna, goza de una dignidad que no proviene sino del Creador mismo, del acto de amor que nos crea y nos sostiene como criaturas amadas.

     Este mismo Dios se ha revelado. Se ha encarnado en la historia, se ha hecho carne y sangre, cuerpo y espíritu humanos en Cristo, dando sentido y dignidad al ser humano. Y Jesucristo lo ha hecho siendo fiel a la voluntad del Padre, viviendo plenamente en el amor recibido, pero aceptando también el sufrimiento y la muerte, aceptando así el verdadero significado del amor que nos conduce a nuestro destino último, que trasciende al propio mundo: la salvación y la dicha eterna.

     La gloria o la salvación que el Señor nos muestra no proviene, por tanto, de una negación del propio cuerpo (o del mundo) y de sus limitaciones. No. Viene de su desgaste en este mundo, saliendo de sí mismo: en el amor al prójimo –en especial a los más débiles y a los más pobres–, con la esperanza de la salvación en la vida eterna por amor de Dios.

+Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

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