Firma invitada de don Braulio Rodríguez, arzobispo emérito de Toledo: «Salvar la Navidad»

“¿No habrá Navidad este año?” “¡Claro que sí!”, respondía el sacerdote navarro Javier Leoz en una especie de poema, que ha llamada la atención incluso al Papa Francisco. Los seres humanos somos demasiado limitados y nos envuelven los problemas, pero tenemos que pensar con un poco de sentido común. Ciertamente tenemos tantos problemas económicos y sociales que nos gustaría que el tiempo de Navidad fuera tiempo diferente a la deriva de la pandemia covid-19, y todos pudiéramos vivirlo con alegría. Nos cuesta aceptar esta situación. Pero nadie nos quitará, sin embargo, la Navidad y su alegría, porque eso no depende ni de cuántos nos reuniremos a cenar o comer, ni de las fiestas a las asistíamos otros años.

 Pero, ¿sabemos en qué consiste realmente la Navidad? ¿lo sabemos los cristianos? Tenemos que ayudarnos unos a otros para no despistarnos un año más en Navidad. Ni por su origen ni litúrgicamente hablando la Navidad es la primera de las fiestas que celebramos los cristianos. Más bien es la “Pascua”, o sea el “tránsito pascual” de la cruz, de la muerte a la vida de Cristo. Es lo que caracteriza el misterio de Cristo. Por eso, la solemne vigilia de la noche santa de la Pascua es la primera celebración de la Iglesia, la “vigilia que hizo vigilias a todas las demás vigilias”. Sí, la Pascua es “la fiesta de las fiestas”. Pero resulta que tampoco parece que pudimos salvar la Semana Santa del 2020, año que pronto acabará, pero yo, tú y otros muchos, muchísimos, sí que celebramos la Pascua 2020. Tal vez lo que no se salvó fue la Semana Santa como tiempo de descanso, de ocio, de comidas, aunque con asistencia a algunas procesiones. Y tenemos dudas sobre si pasará algo parecido en 2021. Dios nos permita celebrar la Pascua con mayor fe, esperanza y caridad en esa semana especial que será también la Semana Santa 2021.

Pero la Iglesia es sabia respecto a la Navidad. Les invito a leer despacio estas palabras: “Tras la celebración anual del Misterio pascual, la Iglesia tiene en mayor estima hacer memoria de la Natividad del Señor y de sus primeras manifestaciones: esto es lo que hace durante el Tiempo de Navidad” (Normas Universales del Año Litúrgico, n. 32). Además, con estas características: el Tiempo de Navidad es el periodo litúrgico más lírico, poético. “Hoy a lo largo del mundo los cielos se han hecho de miel”, decía el antiguo Breviario Romano. Y en el último día de la Navidad, el Bautismo del Señor, leemos en el llamado Oficio de Lecturas: “Hoy el mar se ha hecho dulce”.  Sin duda, la Liturgia en Semana Santa es más sobria en general, aun con los desfiles procesionales. Navidad, pues, habla de un calor y de un esplendor del todo especiales entre los cristianos.

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Pero no todo es cristiano en Navidad. Y no es que estemos en contra de la alegría, o de la fiesta en determinados días. Sin duda. Pero también algunos hemos anhelado siempre una Navidad más silenciosa y con más profundidad, pues Jesús nació en soledad. “Sin muchas luces en la tierra, pero con la de la estrella de Belén destellando rutas de vida en su inmensidad (…) con la humildad de sentirnos pastores y zagales buscando la Verdad”. Son de nuevo palabras de este sacerdote navarro antes mencionado. Habrá Navidad porque Dios Padre está a nuestro lado y comparte, como Jesús lo hizo en el pesebre, nuestra pobreza, nuestras pruebas, llantos, angustias y orfandad.

   Por eso, la Navidad cristiana nos recuerda que “el Verbo se hizo carne” y, así, apunta decididamente al misterio pascual. Ahora bien, quien no conozca a Jesucristo de pequeño, tampoco lo conocerá de mayor; quien no entienda al Niño en el pesebre, tampoco entenderá a Aquel que está en la cruz; quien no entienda la Navidad, tampoco entenderá la Pascua. Sí, hermanos, en Navidad hay un “admirable intercambio”; e “intercambio” en latín se dice “commercium”. Un comercio muy especial. Se trata en realidad de la “mayor semejanza” –la Encarnación de Cristo– allí donde se nos revela la gran desemejanza que sólo el amor de Dios puede salvar”.  La Navidad es la gran manifestación de la cercanía desemejante, pues un Dios que no pudiera abajarse hasta hacerse hombre estaría prisionero de su propia grandeza.

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Este gran acontecimiento se da en el año de la Iglesia, el Año Litúrgico, que no es una representación de la vida y del misterio de Cristo fría e inerte de cosas que pertenecen al pasado, ni un simple y desnudo recuerdo de una edad remota, sino más bien es Cristo mismo que está perseverante en su Iglesia para que hombres y mujeres se puedan poner “en contacto con sus misterios y viva, en cierto modo, por ellos”, como recordaba Pío XII en la más famosa de sus encíclicas, llamada Mediator Dei (el Mediador de Dios).

  Y esto es lo que ofrecemos a todo el mundo, porque no es sólo para nosotros; Cristo ha traído la Navidad para todos los que quieran participar de su vida resucitada. Por ello, os invito a contemplar a la persona gracias a la cual se realizó de modo único, singular, la venida del Señor: la Virgen María. María pertenecía a la parte del pueblo de Israel que en tiempos de Jesús esperaba con todo su corazón la venida del Salvador y, gracias a las palabras y a los gestos que nos narra el Evangelio, podemos ver cómo Ella vivía realmente según las palabras de los profetas.

 Santa María esperaba con gran ilusión la venida del Señor, pero no podía imaginar cómo se realizaría esa venida. Quizá esperaba una venida en la gloria, en una noche “mágica”, decimos en ocasiones. Por eso, fue tan sorprendente para Ella el momento en que el arcángel Gabriel entró en su casa y le dijo que el Señor, el Salvador, quería encarnarse en Ella, de Ella, esto es, quería realizar su venida a través de Ella. Podemos imaginar la conmoción de la Virgen. María, con un gran acto de fe y de obediencia, dijo “sí”: “He aquí la esclava del Señor”. Así se convirtió en “morada” del Señor, en verdadero “templo” en el mundo y “puerta” por la que el Señor entró en la tierra.

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Conocemos los cristianos tres venidas de Cristo a nosotros: la primera cuando nació en Belén de Judá, la última para para que Dios lo sea todo en todos al final de los tiempos, y también el Señor desea venir siempre a nuestro mundo a través de nosotros, y llama a la puerta de nuestro corazón: ¿estás dispuesto/a a darme tu carne, tu tiempo, tu vida? Esta es la voz del Señor, que desea entrar también en nuestro tiempo, quiere entrar en la historia humana a través de nosotros. Y busca también, como en la primera Nochebuena, una morada viva, nuestra vida personal y no un mero pesebre con pocas pajas. Esta es también venida del Señor en 2020, año tan extraño para nosotros.

Vendrá Jesús sin grandes mesas y con amargas ausencias, pero con la presencia de un Dios que todo lo llenará y le encontraremos en la celebración litúrgica de la Iglesia y en los más necesitados de piedad, amor y misericordia. Vuelvo a citar a Javier Leoz: “Habrá Navidad (…), pero viviendo el Misterio sin miedo al “covid-herodes” que pretende quitarnos hasta el sueño de esperar (…) Habrá Navidad, porque necesitamos una luz divina en medio de tanta oscuridad. Covid-19 nunca podrá llegar al corazón ni al alma de los que en el cielo ponen su esperanza y su alto ideal”.   

+Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo Emérito de Toledo

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