Firma invitada de don Braulio Rodríguez, arzobispo emérito de Toledo: «El Señor nos permite soñar»

Somos la Iglesia particular de Toledo, una comunidad católica entre las demás diócesis que viven en España, unida a la Iglesia de Roma que preside a todos los católicos en la caridad bajo el Papa Francisco, aquel en el que hoy vive Pedro. Estamos viviendo un momento de prueba no sólo por el sufrimiento y problemas humanos que lleva consigo el covid 19, sino que estamos zarandeados por un cambio de época a nivel mundial. Según afirma el Papa Francisco, “La Biblia habla de atravesar el fuego para describir esas pruebas, como el horno prueba la vasija de barro” (cfr. Eclo 27,5). La vida nos prueba, a todos nos prueba. Es así como crecemos” (Papa Francisco, Soñemos juntos, prólogo).

     Como hijos de esta Iglesia de Toledo lo primero que hemos de hacer es pensar en estas palabras de Heb 3,12-13: “¡Atención, hermanos! Que ninguno de vosotros tenga un corazón malo e incrédulo, que lo lleve a desertar del Dios vivo. Animaos, por el contrario, los unos a los otros, cada día, mientras dure este hoy, para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado”. En mi opinión, lo que el autor sagrado está subrayando es la fidelidad a Cristo, a la fe cristiana, pero, sobre todo, el animarse los unos a los otros, cada día, mientras dure este hoy. El hoy es la vida de la Iglesia y de la humanidad hasta que llegue la segunda venida del Señor, que empezó el día de la Resurrección de Cristo. En cualquier caso, este ánimo de unos a otros es tarea de todos en la comunidad cristiana; nadie está libre de “esta obligación”, porque coincide con el primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo sobre sí mismo.

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     Lo peor que pudiera ocurrirnos en estas pruebas es que nos desanimáramos y nos dejáramos llevar por el espíritu del mundo, que conduce a la despreocupación o al desencanto: “Esto no hay quien lo cambie, el ser humano no tiene remedio, ni Toledo, ni España, ni el mundo”. El Papa Francisco nos anima a que “soñemos juntos”, porque tenemos con nosotros la presencia del Señor, que logra que podamos plantearnos un futuro nuevo, no “una nueva normalidad”. Tenemos que ser un poco rebeldes, no revolucionarios. La revolución no cambia nada, crea más conflictos.

     En cualquier crisis fuerte es siempre mejor ver las conductas de las personas virtuosas que arriesgan su vida, o siempre salen de sí mismos, de sus intereses; no merece la pena considerar a los “aprovechados”, los especuladores y otros especímenes de este tipo. En momentos de crisis se ha de ver lo bueno y no lo malo. Sigue existiendo lo bueno y lo malo, no se borran las huellas. Hay que salir al encuentro de los demás, sean o no de nuestra comunidad o nuestra manera de pensar. No nos acoracemos.

     El tema es que, en estos momentos, la prueba la está pasando toda la humanidad, pueblos enteros de los 5 continentes. Claro que nos preocupa lo que decidan quienes nos gobiernan. Quiera Dios que acierten en sus decisiones, pero de modo perspicaz hemos de ver que las decisiones que tomaron y toman ponen a prueba sus prioridades y quedaron expuestos sus valores y por qué se mueven, virtuosamente o no.

     ¿Tenemos tentaciones de repliegue como los personajes de la parábola del buen samaritano, que no tomaron parte en el problema del herido? El Papa Francisco, a esta actitud la llama repliegue “funcional” y Jesús dice con claridad: sólo el samaritano se comportó como “prójimo/próximo” del que está caído en el camino. Tenemos que estar presentes; no podemos relegarnos, sino actuar al estilo del samaritano. No decir: “bueno, el mundo es así, Dios lo creó así”. Esa afirmación sencillamente no es verdad, es una mala interpretación de la creación de Dios. El mundo está en siempre en gestación. Me refiero al mundo creado, lo creado, que algunos lo llaman naturaleza. Bien.

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     Si leemos despacio los primeros capítulos de Génesis, nos damos cuenta de que la humanidad ha recibido el mandato de cambiar, construir y dominar la creación en el sentido positivo de crear desde y con ella. Nuestra sociedad del espectáculo muestra a veces cosas bonitas, pero crea demasiados espectadores pasivos. El Papa dice que de esta crisis mundial –y toledana– podemos salir mejor o peor. Podemos retroceder o crear algo nuevo, siempre partiendo de la realidad, dejándonos de espiritualismos dualistas. Hay muchas crisis, no sólo la que produjo la gran nevada o las que genera por todas partes el Covid. Crisis terribles, lejanas o cercanas, de guerras, de refugiados, de hambre, el cambio climático, etc.

     Hay, sin duda, otras crisis entre nosotros, los católicos, como son la dificultad tremenda de trasmitir la fe y el testimonio de Cristo a nuestros hijos y nietos, jóvenes y menos jóvenes; la atención a los que andan en más dificultades. Pero tenemos también los católicos que afrontar las pandemias que afligen a la humanidad, la del hambre, la de la violencia y la del cambio climático. Otros hablan igualmente de las pandemias que constituyen los populismos y los nacionalismos excluyentes. “La humanidad –dice el Papa– tiene que actuar precisamente ahí, en la amenaza misma”.

     Estamos, pues, ante un enorme desafío, que no se puede afrontar con la falsa seguridad de las estructuras políticas y económicas anteriores a la crisis. Necesitamos economías que permitan el acceso de todos a los frutos de la creación, a las necesidades básicas de la vida: tierra, techo y trabajo. Se trata de un sueño, pues algo conocemos acerca de cómo es el ser humano y de sus miserias; pero también conocemos la gracia de Cristo y el corazón humano, capaz de cosas grandes. El Papa nos recuerda unas palabras de Isaías: “Venid entonces, y discutiremos, dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como púrpura, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, comeréis los frutos de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, os devorará la espada” (Is 1,18-20).

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     El Papa nos dice, con su acento porteño: “Vení, hablemos sobre esto. Atrevámonos a soñar”. La dificultad estará en el modo de actuar. Pero ahora no podemos abordar ni siquiera un esbozo de cómo actuar. Lo dejaremos para más adelante. No cabe en este escrito.

+Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

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