Firma invitada de don Braulio Rodríguez, arzobispo emérito de Toledo: «Certezas (II)»

Creemos en un Dios Trinitario, que es amor: amor del Hijo al Padre y del Padre al Hijo, y en ese amor entre ambos que se llama Espíritu Santo. En la Trinidad, en Dios, su ser es convertible en el amor, como afirmó Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est. “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en Él” (1 Jn 4,16). Estas palabras expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del ser humano y de su camino. Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (Deus caritas est, 1). Esta es la verdad cristiana. Por esta razón: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

Estas palabras resumen de modo admirable lo que yo, un tanto desmañadamente, quise expresar en mi anterior contribución a Areópago. El Papa Emérito se hacía portavoz de lo mejor de la fe cristiana, que no tiene por qué estar separada de la razón, pero solo el amor es digno de fe. Curiosamente, a lo largo de la historia de la Iglesia, los pensadores cristianos nunca habían considerado apropiado responder a la cuestión acerca de qué es lo específicamente cristiano, qué le diferencia de otras confesiones religiosas. Tampoco han utilizado el fácil recurso de apoyarse siempre en la palabra “misterio” para referirse a los misterios de fe que se deben creer. “Es un misterio”, decimos con frecuencia al referirnos a algún punto de la doctrina cristiana. Es un misterio, sí, pero los buenos teólogos siempre se han esforzado en buscar más bien un punto de unidad que sirviera para proporcionar una justificación a la pregunta por la fe en los que no la tienen o la están buscando. ¿Cómo la encontrarían de otro modo? Pero ese punto de unidad únicamente lo proporciona una concepción de la Revelación que se base en la idea de que Dios es amor.

La gente siempre se hace preguntas; algunas más serias que otras. No es extraño, por ello, que, al ver cuantos estaban reunidos en Jerusalén para la fiesta de Pentecostés lo que sucedía a los Apóstoles y los demás en el Cenáculo, se preguntaran: “¿Qué será esto?”. La respuesta a lo que les pasa a los discípulos es el discurso de San Pedro (Hch 2,14-47). Solo el amor es digno de fe, pero defendiendo también la racionabilidad de la revelación cristiana también hoy en plena pandemia, sabiendo cómo está “el mercado” de la fe, donde prevalece la indiferencia, y donde da la impresión de que lo más importante es la técnica y el dinero. Para poner de manifiesto la credibilidad del mensaje cristiano en el mundo antiguo, los Padres de la Iglesia resaltaban contra ese trasfondo del enorme decorado de las entonces poderosas religiones del mundo algo que unificaba lo que estaba fragmentado: el amor de Dios manifestado en Cristo, la caritas, que redimía lo que estaba pervertido en el mundo antiguo. Pero esto fue posible porque los pensadores cristianos asumieron como un hecho evidente la identidad entre filosofía y teología que había prevalecido en las culturas antiguas.

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 Pero esta evidencia del nexo entre la fe y la razón comenzó a desaparecer durante el Renacimiento aproximadamente (siglos XV y XVI), siendo reemplazada gradualmente por la llamada ética natural, por la religión natural y por un tipo de filosofía. De manera que, aunque el concepto de Dios en esta época sigue estando saturado de contenidos de la tradición cristiana, presenta, sin embargo, ese contenido como algo que se podría establecer y justificar por la razón pura. En las generaciones siguientes, otros autores iniciaron la búsqueda de la religión de la razón pura cambiando el criterio: la fe y la razón no iban juntas, sino que se piensa solo en lo que se puede llamar reducción antropológica, que culmina, a grandes rasgos, en Emmanuel Kant (siglo XVIII). De manera que, una vez limitada la razón de esta forma, ella ya no tiene nada que ver con la religión y se convierte en lo que alguien ha llamado una “factoría de ídolos”.

La originalidad del cristianismo no está en destilar lo específicamente cristiano excluyendo todo aquello que se ha originado en el contacto con otros medios. La originalidad del cristianismo consiste, más bien, en la nueva forma en que la totalidad de la búsqueda y el esfuerzo humano se han configurado guiados por la fe en el Dios de Abraham, en el Dios de Jesucristo. Por eso la originalidad de la revelación cristiana es la noción de que Dios es amor. Eso es lo que subraya el Papa Benedicto en su primera encíclica: “Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16). Es muy difícil encontrar textos de este tipo en otras religiones, siendo esta noción un elemento peculiar del cristianismo.

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Repito la certeza buena: no creemos en ningún ordenamiento de formas o de leyes, en ningún tipo de prototipo y planes, sino en Alguien, el Hijo viviente del Padre eterno. Podemos colocarnos delante de Él, cara a cara. Podemos hablarle y Él responde porque es Logos, Verbo; realmente nos concede estar en pie junto a Él y puede otorgarnos lo que Le pedimos. Podemos amarlo y Él puede darnos una comunión que refleja la intimidad en la que permanece en el seno del Padre. Todo esto tiene un marcado contraste con todo lo que la filosofía natural y la piedad pueden experimentar o inventar. Este Logos, este Todo sin excepción, entra en la historia y se hace hombre. Y si tratamos de modificar este aspecto personal e histórico, entonces nos podríamos quedar sin ninguna profundidad, pues habríamos “disuelto a Cristo”, como afirmaba Romano Guardini. Y esto tiene poco consuelo que ofrecer y ninguna certeza.

La vinculación del amor y el conocimiento, esa unidad de las actitudes cristianas de la fe, la esperanza y el amor es la base última de la concepción cristiana del conocimiento, cuya analogía más cercana es el conocimiento que tenemos de nuestros seres amados. El mediador de tal conocimiento en el amor es el Espíritu Santo que, como “Espíritu de infancia”, de la que hablaba santa Teresa del Niño Jesús, potencia dos actitudes en nosotros, que son certezas. La primera es el acercamiento inmediato y abierto a todos los tesoros y secretos de Dios; la segunda es justo el espíritu bueno infantil que no se atreve a adueñarse de lo que no le pertenece. Es preciso aquí tener en cuenta lo que escribió Benedicto XVI en otra encíclica genial, Spe salvi, 8 y 177. Con otras palabras, los cristianos no creen solo porque algo sea lógicamente coherente, sino porque han visto sus creencias encarnadas en las vidas de los santos, cuyo amor por los demás hace que sus creencias sean plausibles, persuasivas e incluso convincentes.

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El movimiento de la Revelación, por todo ello, procede de Dios (Padre), se dirige a la humanidad a través de Cristo y admite al fiel en la amistad con Dios en el Espíritu Santo; y cree asimismo que la finalidad de este diálogo entre Dios y el hombre no consiste tanto en transmisión de información (en las redes del espíritu) como en la transformación de la persona en la vida de la Trinidad. No es más santo el más sabio, pero hay que ser sabio, no racionalista, pues nos colocamos en el ámbito del que es Verbo, Logos de Dios, fundamento racional de todo el ser, de todas las cosas, de la humanidad. El amor es superior al mero pensamiento.

Podemos, por todo ello, hermanos, presentar el cristianismo como una religión natural, en el sentido de algo filosóficamente defendible, y a la vez diferenciado de una mera ideología política, como lo hace el laicismo imperante en Occidente; también diferenciado de una religión mística al uso, proveniente de algunos movimientos religiosos asiáticos y de la famosa New Age, que habla de fuerzas, energías de las que uno se quiere apropiar. Tampoco eso da certezas como lo da ese Alguien, nuestro Señor Jesucristo, que nació, predicó el Reino de Dios, murió entregando su vida por nosotros y resucitó, comunicándonos nueva vida, vida verdadera.

+Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo Emérito de Toledo

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