Com(p)adres

Un fenómeno reciente de estos últimos años pero que ahora se le está dando mayor visibilidad, es la llamada coparentalidad, que consiste en que dos personas se ponen en contacto generalmente a través de plataformas on line, con el único objetivo de ser padres. Son personas desconocidas, sin ningún vínculo afectivo, que pueden residir a muchos kilómetros de distancia y que desean únicamente ser padres y compartir esa responsabilidad sin deseo de mantener ningún tipo de relación afectiva entre ellos.

El mismo concepto se aplica a una pareja que decide tener un hijo en común con otra pareja, como es el caso de una pareja de heterosexuales que desean ser padres de un hijo con una pareja de homosexuales, o el caso de una pareja de lesbianas que optan por tener un hijo con una pareja de gays.

La concepción del hijo puede ser a través de relaciones sexuales o por fecundación in vitro y la toma de decisiones de cara al hijo común se articula de manera similar a las parejas divorciadas que tienen hijos nacidos en el matrimonio o de las parejas de hecho con hijos comunes que rompieron su convivencia.

Estamos ante una nueva forma de colmar el deseo de ser padres, donde se alega por sus defensores que la finalidad de la relación que se constituye es la crianza de un hijo feliz, con el plus de que el hijo se va a ver rodeado de mucho amor, pues puede tener un padre biológico y un padre social, o incluso cuatro padres, uno biológico y tres más que denominan homopadres sociales. Es como si la familia donde el hijo es engendrado, fruto del amor de sus padres, no fuera suficiente para hacer feliz al hijo.

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Para rizar el rizo, la palabra progenitor se sustituye por la de genitor, que quiere reflejar al padre biológico del niño que, en su caso, dona su esperma dado que se desea concebir al hijo de un donante de semen que no sea anónimo, y los progenitores pasan a ser co-padres, en ese intento de construir un concepto de familia a la carta para la que se precisa manipular el vocabulario que expresa la realidad natural, biológica y legal de ser padre y madre.

Se argumenta, además, que a través de este sistema, se preserva a los hijos de tener que pasar en un futuro por la experiencia traumática de ruptura de sus padres, en el caso de que cesara la convivencia de aquellos, porque si no hay convivencia, no hay ruptura.

Definitivamente en nuestra sociedad algo muy grave está ocurriendo para concebir la idea del hijo a la carta, condenado para siempre a vivir sin el cariño ni la presencia conjunta de sus padres. Y por otra parte, cabe plantearse cómo puede conocer ese hijo lo que es el amor auténtico si sus padres nunca se quisieron entre sí. Para pensar, desde luego.

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