Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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Crisis demográfica

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Ha sido una coincidencia que nos puede ayudar a abrir los ojos: el mismo día en que el Instituto Nacional de Estadística publicaba los datos de la situación demográfica en España (el número de nacimientos en 2017, ha sido el más bajo desde 1996 y el de defunciones el más alto desde 1976) el Partido Socialista anunciaba la presentación al Congreso de la Ley de Eutanasia.

Como todos sabemos, la crisis demográfica va a tener como destino final, un país envejecido, con muy poca población joven. Las consecuencias de este tipo de pirámide de población son de todos conocidas y no hace falta abundar en ellas. Pero como en casi toda circunstancia desfavorable, una vez hecho el diagnóstico, es posible aplicar la medicina apropiada para revertir la situación.

Se pueden poner en marcha políticas que favorezcan la maternidad. Recientemente ha saltado a la palestra el ejemplo de Hungría, un país donde alarmados por la tasa de natalidad (1,4 hijos por mujer. En España el dato desciende a 1,3 hijos por mujer) han implementado medidas que verdaderamente están teniendo éxito y que son un firme apoyo para que los nacimientos se incrementen y se proteja y defienda a la familia y para que éstas puedan tener menos trabas para acoger a los hijos sin tener que verse sometidos a tantas presiones, obstáculos y dificultades.

Entre las medidas destacan la de destinar el 3,6% del PIB en ayudas a las familias y a la natalidad. Otra de ellas consiste en incrementar las ayudas a partir del segundo hijo, con el objetivo, de animar a las familias a tener más hijos a partir del segundo. También habrá reducciones fiscales: una rebaja por familia de 33 euros al mes por un hijo, 82 euros al mes por dos hijos, 322 euros por tres hijos y 430 euros mensuales por cuatro hijos.

Cuando escuchamos que una de las primeras medidas del nuevo gobierno, ha sido cambiar la denominación de “Consejo de Ministros”, por “Consejo de Ministros y Ministras” y de fondo, observamos los graves impedimentos que tiene una mujer para poder conciliar su vida familiar y laboral, las escasísimas y vergonzosas ayudas a la maternidad de las que se pueden disponer, sabiendo que esto nos lleva al descalabro social, no se puede por menos que considerar que verdaderamente nuestros políticos no se enteran, o no se quieren enterar de nada.

 

 

GRUPO AREÓPAGO

Pueblos vacíos

¡Cómo podrá cantar hoy el poeta aquello de hacia el camino blanco está el mesón abierto al campo ensombrecido y al pedregal desierto! (Machado) ¿Dónde podremos encontrar mañana el sobrio y acogedor mesón que nos aliviará del pedregoso desierto? El mundo rural pobre de nuestro país se está quedando sin gente.

Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) España ha comenzado a perder población a partir del año pasado a un ritmo de 72 personas por día en el índice  comparativo natalidad-mortalidad. Esta tónica general, ya de por sí grave, incide de forma muy particular en los espacios rurales, que aunque suponen solo la cuarta parte de la población total del país, representan el 90% del territorio: más de la mitad de los Ayuntamientos españoles tienen menos de 1000 habitantes. Los expertos aseguran que en las próximas décadas desaparecerá uno de cada cuatro municipios de menos de 100 habitantes.

El despoblamiento se puede considerar hoy día, pues, como una de las mayores amenazas para las sostenibilidad del medio rural y consecuentemente para el equilibrio medioambiental tan necesario para luchar contra el cambio climático. No hay que ser muy experto en climatología para constatar que este despoblamiento ha de repercutir necesariamente en el cuidado de los bosques, pastos y cultivos; en el aumento de los incendios forestales, con la consiguiente pérdida de masa forestal; en la proliferación sin control de especies vegetales dañinas y la desaparición de tierras de cultivo donde las lluvias son escasas, propiciando mayor erosión y desertización en nuestros campos.

En la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral que tiene una vital relación con el cuidado de los ecosistemas nos ha de llevar a preguntarnos por qué se van las personas de nuestros pueblos pequeños, especialmente la juventud. Ni la tranquilidad de sus calles y paseos que posibilitan una vida más equilibrada y feliz, ni el alto grado de convivencia, ni el saludable contacto con la naturaleza tan apreciado en los tiempos actuales, son capaces de detener el éxodo rural de los últimos tiempos.

Desde la constatación de que hay razones coyunturales que llevan a las personas a buscar mejores oportunidades económicas, sociales y culturales, que resultan más fáciles obtenerlas en el medio urbano, hay que plantearse en un contexto de emergencia ecológica si la acción política no debería ya, de forma inmediata, buscar soluciones.

Grupo Areópago

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