Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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El nuevo Narciso. Hiperconsumo y felicidad

Enero siempre ha sido famoso por su “cuesta”. Una sabia metáfora popular para simbolizar  las fatigas que producen los excesos navideños y el aumento de los precios.  La sociedad actual, sin embargo, habla de enero como el “mes de las rebajas”. Es una de las grandes mutaciones que la postmodernidad ha introducido en nuestro vivir cotidiano. Durante este mes, las grandes “catedrales” del consumo, desde el poder seductor de los medios publicitarios, se transforman y revitalizan.

Sin duda, el consumismo es el nuevo y principal mito de la sociedad actual. Hoy día se puede decir que es un auténtico paradigma que dirige las pautas de comportamiento de una gran mayoría de individuos (Z. Bauman, 2001 ). Algunos sociólogos hablan ya de una nueva época en la que se entroniza el hiperconsumismo, pues absorbe e integra cada vez a más esferas de la vida social y produce un nuevo estilo de vida: consumir por consumir. A su sombra nace una cultura hedonista que invita a las personas a la satisfacción inmediata de sus deseos y necesidades, estimula las urgencias de los placeres y coloca en un pedestal el paraíso de la comodidad, el confort y el ocio. La nota dominante es consumir con impaciencia, viajar, divertirse, no renunciar a nada. El pasado y el futuro no existe, sólo el presente, el aquí y el ahora. Esta nueva sociedad que unos llaman de las vivencias, o del postdeber, y otros la califican de líquida, está forjando un nuevo tipo de hombre centrado en sí mismo, hecho de instantes y retazos, sin proyectos ni ideales por los que merece la pena vivir. Un yo sin raíces y lazos. Es el nuevo Narciso.

Creemos que es hora de preguntarse: ¿Es feliz el nuevo Narciso? ¿Esta nueva cultura hace al hombre más feliz? Hace ya muchos años que Aldous Huxley escribió su célebre novela “Un mundo feliz”. Es el relato-ficción de una humanidad avanzada que consigue la felicidad plena a través de la ciencia y la tecnología. Eso sí, irónicamente, después de eliminar la familia, la diversidad cultural, el arte, la literatura, la religión, la filosofía… ¿Era esta novela un anticipo del mundo futuro?

Saltan las alarmas cuando uno mira las estadísticas sobre suicidios, depresiones y drogodependencias. Y se aumentan, cuando en tu realidad cotidiana te encuentras con tantas personas con fluctuaciones intensas en la autoestima; con gran dependencia de los otros o imposibilidad de establecer relaciones significativas; con intensas angustias y temores; con apatía, con trastornos del sueño y del apetito, con desesperanza…Esta triste realidad impacta: ¿Es feliz el nuevo Narciso?

 

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La deshumanización del hombre

El pasado 12 de diciembre el Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad la admisión a trámite de la proposición de ley relativa a las reformas necesarias para la modificación del Código Civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento Civil. La proposición de ley busca eliminar la cosificación jurídica de los animales y que estos sean considerados como “seres vivos dotados de sensibilidad”.  En esta reforma “se introducen en las normas relativas a las crisis matrimoniales preceptos destinados a concretar el régimen de custodia de los animales de compañía”. Para ello se “contempla el pacto sobre los animales domésticos y se sientan los criterios sobre los que el juez debe tomar la decisión de a quién entregar el cuidado del animal”.

Esta reforma que ha sido publicitada en los medios, debe llevarnos a la reflexión. Es cierto y evidente que como expresa el Papa Francisco en la Encíclica “Laudato Si” número 130: “es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas”, pero en nuestras sociedades se está dando todo un proceso de humanización de los animales que en muchos casos están ocupando un vacío afectivo. Muchas parejas deciden por tener una mascota que sustituye el papel del hijo.

Casi en el mismo periodo de tiempo, un diario recogía la entrevista realizada a parejas antinatalistas. Allí se podían leer frases como las siguientes: “Considero que tener un hijo es un acto egoísta que responde sólo a los intereses de los progenitores”; “Vivir es sufrir, y quien no existe no sufre”; “Estoy de acuerdo con que la especie humana es monstruosa y está causando un daño irreparable a otras especies y al planeta”.

Como dice el refrán popular: “Quien siembra vientos, recoge tempestades”. Los vientos de la falta de aprecio a la vida, la falta de una jerarquía de valores y virtudes ordenada y que ponga al hombre en el centro de las actuaciones públicas, desde la política, las iniciativas sociales, etc, nos trae la tempestad de esta cultura de muerte que niega la vida al hijo sencillamente porque otras especies están en peligro de extinción.

Estamos humanizando otras especies, mientras que a pasos agigantados deshumanizamos al hombre.

 

 

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Combatir la soledad

Acaba de conocerse la noticia de que la Primera Ministra del Reino Unido, Theresa May, ha encargado a uno de sus ministerios la elaboración de un Plan Interministerial que tendrá como objetivo “combatir la soledad”.

Diferentes informes en el país ponen de manifiesto que alrededor de 200.000 ancianos no han hablado con un amigo o con un pariente en más de un mes. A ellos se suman una importante cantidad de personas que poseen algún tipo de discapacidad y viven sin compañía.

Más allá del efecto demagógico y mediático que se busca con esta iniciativa en un contexto de crisis gubernamental -la misma fue propuesta en su momento por una joven diputada del partido de la oposición que fue asesinada en 2016 justo unos días antes de la celebración del referéndum sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea-, impresiona el saber que existen tantas personas en un país desarrollado que viven en soledad. En una sociedad avanzada donde existen todos los medios de comunicación que el hombre ha podido soñar, hay personas que viven alejadas de sus familias, no integradas en su comunidad, sin vivir lo que significa la auténtica vecindad.

Seguramente no pocos pensarán que todo ello es la consecuencia de una mentalidad muy alejada de la nuestra, llamada informalmente mediterránea, donde la familia es una de las instituciones más valoradas en torno a la cual giran las vidas de las personas. Sin embargo, si pensamos en los datos que nos ofrecen las estadísticas referidas a España, podemos aventurar que en un futuro a corto plazo, estaremos viviendo una situación muy similar: la reducción de uniones estables, el aumento imparable del número de divorcios, la disminución de la natalidad, la práctica imposibilidad de conciliar la vida laboral y familiar son elementos que apuntan a ello.

Quizás aún estamos a tiempo de rectificar. ¿Por qué no optar por políticas públicas que fomenten la unidad de la familia? ¿Por qué no valorar la aprobación de planes de aumento de la natalidad? ¿Por qué no legislar en materia de horarios laborales y de trabajo a distancia para permitir a los matrimonios tener más hijos si así lo desean y poder atender a nuestros mayores?

Si no queremos vernos en la tesitura de tener que aprobar ministerios de la soledad, quizás deberíamos empezar de forma urgente por poner en práctica planes para promover la natalidad, fortalecer el matrimonio y la familia, recuperar el concepto de vecindad y, en definitiva, hacer verdadera comunidad.

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La ideología de género y el silencio de los buenos

 

generoDesde hace poco más de una década se ha instalando en España (y en otros países occidentales) una ideología que afecta de manera directa a la propia identidad personal y al modo en el que entendemos las cuestiones más decisivas de nuestra afectividad. Se trata de la ideología de género, que vertebra varias de las leyes elaboradas en los últimos años y que domina buena parte del lenguaje periodístico y social. Muy pocas personas dejan de utilizar expresiones como “violencia machista” incluso cuando la motivación de ese acto violento execrable haya sido diferente al “odio o menosprecio hacia las mujeres”: motivación económica, venganza pasional por una infidelidad, por problemas mentales o incluso por autodefensa.

No faltan, tampoco, medios de comunicación que dan instrucciones a sus profesionales para ocultar las verdaderas causas de la violencia cuando el hombre ha actuado por estas motivaciones. A casi nadie le sorprende que nunca se hagan actos de repulsa contra mujeres que han asesinado a su pareja o a sus hijos, o que se oculten las escandalosas cifras de maltrato hacia ancianos, o que no se hable del alarmante aumento de suicidios en los últimos años y en los que los hombres triplican a las mujeres (2.938 hombres y 972 mujeres en 2014) y se oculte la información de los suicidados que estaban en trámites de divorcio.

Es preocupante que casi todos los partidos políticos hayan caído en la trampa de confundir lucha por la igualdad de la mujer con feminismo de género –que es solo una de las formas de feminismo-, de confundir el respeto a las personas homosexuales con la promoción de su manera de entender la afectividad y la sexualidad; y de confundir la comprensión hacia las personas transexuales con la aceptación del dogma de género que excluye toda fundamentación natural en la identidad sexual.

Los partidos políticos no han tenido las agallas ni las luces suficientes para distinguir ambos aspectos de esa realidad. Y todo ello a pesar de que la neurociencia, la psicología evolutiva y el sentido común rechazan frontalmente los fundamentos mismos de esta ideología.

Pero el problema no radica en el servilismo político, sino en la ausencia de un discurso cultural alternativo y eficaz, y en el silencio cómplice de tanta gente sencilla que piensa de otro modo. Especialmente preocupante es la actitud vergonzante de quienes profesan unas convicciones frontalmente contrarias a dicha ideología como es el caso del cristianismo social. La ideología de género debe su avance no solo al empeño eficiente de ciertos lobbys que aglutinan cuantiosas subvenciones, sino a la mudez de tantos cristianos que no están sabiendo responder a sus ataques. Tal vez porque esta batalla cultural exige unos mínimos conceptos de psicología y antropología que es necesario adquirir leyendo, o tal vez porque es mucho más cómodo pasar desapercibidos cuando en nuestro ambiente se comenta alguna noticia o decisión política con las que se difunde la ideología. No se entiende tanto silencio, en tanta gente, con tanta resignación ante la extensión de un error tan falso y tan nocivo.

 

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De la aporofobia a la caridad

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“Aporofobia: Fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. Desde el pasado mes de diciembre esta palabra forma parte del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y según la Fundación del Español Urgente, Fundéu, es la palabra del 2017.

Resulta sorprendente –y es triste– que el término “Aporofobia”, acuñado por la filósofa Adela Cortina, sea cada vez más necesario para describir lo que está ocurriendo en nuestra sociedad:  el rechazo a las personas desfavorecidas, a los refugiados o a los pobres. La repugnancia y la hostilidad hacia el pobre se han acrecentado en los últimos años. Los jóvenes son más clasistas; los valores de la humildad y de la pobreza están desapareciendo; los pobres molestan.

En los años de mayor crisis económica algunos estudios informaban del aumento de la solidaridad: cuanto peor estábamos, mayor compromiso hacia las personas desfavorecidas había. Sin embargo, con la mejoría de la situación económica, paradójicamente surge el concepto que pone nombre a las situaciones de discriminación y rechazo hacia las personas pobres.

Todavía necesitamos trabajar por una sociedad donde la justicia social prevalezca, donde el respeto a la persona humana sea prioritario, donde todos tengamos los mismos derechos y oportunidades, donde todos tengamos la misma dignidad pese a las circunstancias personales, sociales y económicas de cada uno. No podemos permitir que el odio y el desprecio a los más pobres domine nuestro mundo.

El pasado 19 de noviembre el Papa Francisco en la I Jornada Mundial de los Pobres, afirmó que “nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo”.

Ahora que comienza un nuevo año, no olvidemos a los más pobres, a los refugiados, a los inmigrantes, a las personas sin hogar y que la palabra del próximo año 2018 sea Cáritas, el amor a los demás.

 

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¿Qué te han echado los Reyes?

Reyes-Magos

Esta es la primera pregunta con la que solemos enfrentarnos en la fiesta de los Reyes Magos. Y seguramente será el principal tema de conversación para nuestros hijos cuando se reanuden las clases en el colegio. El regalo de Reyes, extendido a toda la Navidad en otras culturas, es uno de los fenómenos sociales que han prendido con mayor fuerza en el proceso de inculturación que ha realizado la tradición cristiana en estas fechas navideñas.

El profundo, rico y diverso simbolismo antropológico y teológico que contiene el acontecimiento de los magos de Oriente narrado por el evangelista Mateo con una finalidad catequética, ha quedado reducido prácticamente a una sola dimensión: la del regalo. Eso sí, totalmente desvinculada para muchos de su originalidad cristiana enraizada en la experiencia del don, y fuertemente estimulada por nuestra esquizofrénica sociedad de consumo. Las demás dimensiones simbólicas que dan significado al acontecimiento han quedado oscurecidas para una amplia mayoría social. Es el caso de la búsqueda del sentido de la vida, la universalidad del mensaje de Jesús o su manifestación mistérica a los hombres de buena voluntad.

Es indudable que ello no reduce la importancia experiencial del regalo, pues, tanto a nivel psicológico como social, el dar y el recibir favorece la interacción entre personas, ayuda a establecer y definir relaciones y fortalece los vínculos familiares y de amistad.

Pero si la tradición del regalo es importante para los adultos, toma un especial significado para los niños en la noche de Reyes. La magia que para ellos representa todo este gran acontecimiento escenificado en la preparación de su “carta” donde idealiza sus deseos, ha de ser objeto de reflexión para los padres por la trascendencia educativa que puede tener.

El valor educativo y social del juego es un hecho reconocido por pedagogos y psicólogos. El juguete es sólo un instrumento subordinado a esta finalidad. Y es desde este principio desde donde los padres hemos de valorar los posibles desajustes psicológicos y educativos que pueden producir en los niños una equivocada pedagogía del acontecimiento y del regalo de Reyes.

El influjo totalitario que ejerce hoy día la publicidad decretando lo que es bueno y lo que está bien, y creando necesidades superfluas, puede desorientarnos en nuestra tarea educativa de acompañar un acontecimiento tan especial para nuestros hijos como es esta fascinante “noche”. Tal vez sea en esto perfectamente aplicable aquella célebre frase de Montaigne: “El niño no es una botella a llenar, sino un fuego que es preciso encender”.

 

 

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El Síndrome de Ulises

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Ulises, primer personaje migrante que la historia literaria de ficción nos ha dejado para la posterioridad, en uno de los pasajes de su vida enfrentada a la adversidad lejos de su familia, para protegerse del gigante Polifemo le dice: “preguntas cíclope cómo me llamo… Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman todos”. Este “Nadie” puede ser hoy la metáfora perfecta para significar al hombre migrante: al sin papeles, sin nombre, sin hogar, sin trabajo…

El psiquiatra Joseba Achotegui, de la Universidad de Barcelona, ha utilizado el nombre de este personaje mitológico para describir los males que afectan o pueden afectar a las personas migrantes como consecuencia  de la separación forzada de los miembros de la familia, los peligros del viaje migratorio, el aislamiento social, la sensación de fracaso, la lucha extrema por la supervivencia…

Pues bien, a este “Nadie” es a quien el Papa Francisco dedica su mensaje y reflexión en la Jornada Mundial de la Paz del año que comienza, asociando su vida a la búsqueda de la paz.

El fenómeno de la migración al que se ha unido últimamente el de los refugiados que huyen de la guerra es uno de los desafíos más importantes que tiene nuestra civilización, y representa la manifestación más sangrante de la desigualdad, la injusticia y el empobrecimiento del mundo actual. Considerado por unos como un problema, pues produce incomodidad y llamada de atención para nuestras vidas instaladas en el confort; representa para otros, sin embargo, la clave para medir la estatura democrática de un país.

Nuestra mirada a la emigración se alimenta de imágenes construidas sobre un conjunto de tópicos que dificultan el afrontar con seriedad las verdaderas necesidades que plantea. Desde aquellos que vinculan emigración con delincuencia, hasta la consideración que se tiene de ella como una especie de invasión que deja sin trabajo a los nativos, se configuran una serie de prejuicios que ayudan muy poco a la integración del emigrante. Se obvia, sin embargo  los aspectos positivos y enriquecedores que aportan a la sociedad en la que se integran.

En esta Jornada Mundial de la Paz nuestra reflexión nos ha de llevar a considerar que el emigrar es un derecho fundamental e inalienable de todo hombre, vinculado a la afirmación de su dignidad como persona. Sin que esto signifique que no haya que regular los flujos migratorios. Desde la puesta en valor del principio de hospitalidad para construir la convivencia humana y la paz, el Papa nos propone cuatro “piedras angulares”: acoger, proteger, promover e integrar.

 

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25 DE DICIEMBRE, LA VIDA EN BELÉN

Jesús María y José

¡Qué privilegio poder escribir sobre el don de la vida en el día de Navidad! Eso es lo que viene a la mente en el momento de empezar a escribir este artículo.

La imaginación vuela a Belén, tantas veces descrito, pensado, orado y representado en diversos momentos de la historia y en muchos rincones del planeta.

Una mujer y un hombre muy jóvenes, con otros planes para sus vidas y para el nacimiento de su bebé; lejos del hogar, de parientes y conocidos, lejos de comodidades y de todo lo que normalmente acompaña al nacimiento de un hijo.

El calor de una mula y un buey, el silencio de la noche, la luz de la luna y el momento del parto. Imaginamos a María colocando al hijo en aquel pesebre y a José tratando de hacerse cargo de madre e hijo.

Pronto aparecieron los primeros adoradores: sencillos pastores. No hay que olvidar que los pastores, juntamente con los publicanos, eran considerados oficialmente como ilegales y proscritos. En la época de Jesucristo, a los pastores, dice León Dufour, se les asemejaba a ladrones y matones.

No sabemos cuánto tiempo después aparecieron aquellos Magos extranjeros buscando al Rey de los Judíos.

En Belén por tanto se dieron cita la VIDA, la pobreza, la alegría, el misterio, los excluidos, el dolor, la esperanza. A Belén llegaron los que no contaban, los que no pertenecían al pueblo elegido, los más sencillos. Ellos sí estuvieron disponibles para dejarlo todo y ponerse en camino y rendirse ante el milagro de Dios hecho bebé.

Hoy en día son muchos los nuevos “pastores”, demasiados los excluidos. Como también son muchos los que, como el Rey Herodes, sólo buscan el beneficio personal en esta sociedad. La pregunta que hemos de hacernos todos es: ¿Por qué fueron ellos capaces de reconocer la VIDA y el don que supone cuando en principio eran los menos adecuados, en la cultura dominante del momento, para descubrirlo?  Humildad. Esa es la clave. Cuando uno está ante el misterio de una vida que empieza, o que termina o que se ve gravemente limitada por la enfermedad, la discapacidad, las condiciones precarias, si en el corazón no hay humildad, podemos llegar a creernos que efectivamente podemos “ser como Dios” y decidir qué vida es digna y cual no lo es. Qué vida descartar y cual es merecedora de seguir adelante.

Esta Navidad es una oportunidad para que todos, los nuevos Herodes y los nuevos Pastores, nos dejemos envolver y atrapar por el Misterio de este Dios de la Vida que se esconde en la sonrisa y el sollozo de un bebé. Él se hizo niño para todos nosotros, creamos o no. Quiera Él que, como pastores y magos, dejemos nuestros criterios para salir en busca de la verdad.

 

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Dios de la Navidad

niño jesus

Desde hace casi dos siglos, uno de los temas recurrentes del pensamiento europeo de la llamada modernidad ha sido el final de la religión. Considerada como alienación, pensaban –y piensan muchos– que es un gran obstáculo para el progreso individual y social. A finales del siglo XIX Nietzsche profetizó la muerte de Dios.

A lo largo de toda la historia contemporánea, la fe en Dios ha convivido con múltiples resistencias y se ha intentado hacer realidad esta profecía de muchas maneras: Se esforzaron en ello los intelectuales de la Ilustración porque consideraban a Dios un rival para la autonomía del hombre; lo declararon inútil los pregoneros de la ciudad secular; lo ha denigrado la cultura postmoderna creando una sociedad alternativa y propiciando la cultura de la muerte; lo niegan con virulencia militante y fundamentalista los llamados nuevos ateos que, con una argumentación simplista, no saben separar el ámbito de la ciencia del ámbito de la fe; lo han puesto a los “pies de los caballos” los fundamentalismos religiosos; y está intentando vaciar de contenido la fe nuestra sociedad actual de consumo que falsamente la celebran celebran llenando las ciudades de luces fugaces y mesas abundantes. Hasta nosotros, los mismos creyentes, lo oscurecemos con nuestras incoherencias.

Seguramente, lo que unos y otros han intentado matar es su “idea” de Dios, porque aunque vivimos en una sociedad donde la indiferencia religiosa y la increencia aletean por su mar cultural, Él, el Dios de la Navidad y de la Vida, acude siempre a su cita puntual con nosotros para elevar nuestra dignidad de personas con su mensaje de amor y misericordia. Y aunque parezca ausente, es presencia y buena noticia para todos aquellos que lo buscan cuan nuevos “reyes magos”. El Dios de las Buenas Manos y del Amor es Misterio que seduce a quienes se dejan encontrar por Él: “Lo esencial sólo se puede ver bien con los ojos del corazón”.

Nos disponemos a celebrar lo que nuestra sociedad occidental llama fiestas navideñas con todos los ingredientes que nos aporta un mundo secularizado. La cuestión fundamental es si nosotros, los creyentes, acudimos a ella considerándola un encuentro con el Dios de la Navidad y de la Vida

 

 

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Resuenen los villancicos

 

villancicos

“Los villancicos son perjudiciales para la salud”. Este fue el titular de una noticia de un programa de la televisión en España porque se hacían eco de un estudio británico de la psicóloga clínica, Linda Blair, que resumía que “los villancicos pueden tener efectos negativos en la salud de la gente, si trabaja en tiendas y supermercados”.  Según este análisis los villancicos que se escuchan antes de Navidad en establecimientos comerciales pueden dejar secuelas de estrés y ansiedad a los trabajadores que trabajan allí.

Los villancicos, que comenzamos a escuchar al inicio del Adviento, nos anuncian la Navidad. La música navideña nos prepara para el Nacimiento del Niño Dios.  Pero el actual uso que se da de los villancicos es un recordatorio para animar la época de excesos navideños, para fomentar las compras y los gastos en regalos, obsequios y celebraciones. Cuánto más alto suenen, más se compra.

Así como alumbramos nuestras calles con luces cada vez con más motivos que nada tienen que ver con la Navidad; decoramos nuestras casas y calles con árboles de Navidad y belenes que introducen en estos días santos. Hoy todavía siguen sonando durante estos días estas melodías que nos alegran la espera en la llegada de Dios que se hace hombre.  No olvidemos que los villancicos tienen un papel fundamental dentro de la tradición navideña, pues el sentido de los villancicos es anunciar el nacimiento de Jesús. Esta música navideña nos acerca al espíritu de la Navidad.  Son la sintonía que nos transmite la llegada del Salvador.

Lejos del bullicio, de las prisas, de los excesos navideños, que las panderetas, que las zambombas y que los tambores sean el hilo musical para recordar este acontecimiento tan importante que celebramos cada 25 de diciembre. No  olvidemos que la alegría y el gozo de la Navidad se manifiestan también en forma de villancico. Para nada son estresantes. Para nada son malos, por eso “resuenen, como dice el villancinco, con alegría los cánticos de mi tierra”.

 

Enlace noticia: https://www.elespanol.com/ciencia/salud/20171109/260724429_0.html

 

 

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