Firma invitada de don Braulio Rodríguez, arzobispo emérito de Toledo: «El ordenamiento de los deseos»

Si uno se sube a un altozano de la vida y considera lo que vemos desde aquí, ¿qué reflexión hacer, que nos permita tener criterios de actuación en estos momentos de la historia en nuestra tierra, de nuestra patria, en definitiva, con tantos enredos, cansancios y circunstancias tan peculiares como las que vivimos?

 Ciertamente, vemos que lo llena casi todo aquello que gira en torno al coronavirus y su pandemia. Es lógico, pues covid 19 supone una agitación y cambio brusco en lo humano, lo económico y lo social. Se trata de una pandemia mundial, con pueblos y continentes en situaciones precarias en sanidad y gente que se muere realmente cada día. ¿Podrá la inteligencia humana conseguir un remedio eficaz contra la epidemia? No lo dudo, pues Dios hizo bien su Creación y ha hecho al ser humano inteligente. Vacunas, otros tratamientos contra covid 19 vienen y vendrán. Pero hay que contar con otras circunstancias.

La primera de todas es la contingencia y el pecado de los hombres, de los pueblos y de sus gobiernos. Las posibilidades de lucha contra la pandemia dependen, por desgracia, de las pasiones y egoísmos de los estados, o de nacionalismos de pueblos que no traspasan el propio país, para que todos accedan a las posibilidades sanitarias de la humanidad en vacunas, en ayudas para paliar hambre y las migraciones dolorosas, que suponen tantos dramas. En ocasiones, además, no se comprende por qué sucede esto o aquello y de quién depende las soluciones que buscamos. En el caso de España, no valen solo las soluciones que puedan venir de la Unión Europea. Como en otras partes del mundo tampoco aparecen aquí movimientos, influencias y presiones que aporten soluciones como consecuencia de considerarnos “fratelli ttuti” y tratarnos como tales, como desea el Papa Francisco. No provienen esas actuaciones ciertamente de una humanidad que trate de evitar guerras, violencia, terrorismo, enfrentamientos entre pueblos.

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Pero no es preciso irse tan lejos para encontrar esos u otros focos de preocupación para nuestra sociedad española. Aparte de las deficiencias humanas, con las que siempre hay que contar, la clase política que hemos elegido no es como para presumir de ella, salvo contadas excepciones. Se da además un problema todavía sin resolver en España, y que pensábamos ingenuamente entraba con la transición política en un buen sendero, pero que cada día descorazona un poco más a los ciudadanos: los representantes políticos en sus peleas, insultos, sobreactuaciones, utilizando a la gente para sus intereses, sin contar con la verdad en sí misma ni con el bien común, por mucho que lo proclamen. Los lenguajes utilizados en estas contiendas nos duelen mucho que se parezcan demasiado a guerracivilismo. Deberían desaparecer.

Preocupa mucho que, en realidad, no haya entre nosotros sociedad civil. Todo es actuación “política”, táctica de cara a futuras elecciones, medidas que buscan no lo que afirman, sino otras decisiones que van contra los adversarios políticos. Acuerdos tomados en lugares no apropiados; leyes que interesan a una minoría y que no traspasan el interés más allá de mi grupo y no el de la ancha sociedad, ni el futuro a medio plazo, o aquel que vaya un poco más del de nuestras miradas miopes. Se busca únicamente la inmediatez que sea noticia. Y todo queda afectado por este punto de vista: la economía, las decisiones de largo plazo, la convivencia, la salud de los pueblos, la familia, la natalidad, intentando resolver los problemas reales de la humanidad. No. Que todo quede supeditado “a nosotros, que somos los representantes políticos”, de quien dependa casi todo.

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Por desgracia, hay grupos que son envueltos en esta táctica “política” y se dejan influir por odios, banderías y enfrentamientos que solo conducen al malestar y a hacer sentir sobre la mayoría de los ciudadanos que este pueblo nuestro no tiene remedio y propagar el estéril enfrentamiento, que una elemental justicia social o distributiva debería paliar. No puede crecer este clima, pues la finalidad de nuestra sociedad es muy otra. Ya sucedió esto hace más de ochenta años con unas consecuencias nefastas.

Todos sabemos que la “ordenación de los deseos”, la vida familiar en el hogar necesario para la educación de los pequeños, adolescentes y jóvenes, el mundo del ágora y la polis es ciertamente complejo y complicado. Pero eso es gobernar. Para ello hace falta más que estrategias y soluciones parciales. Nuestros políticos tienen que estudiar más, reflexionar mejor y tener siempre esa modestia de buscar con humildad las soluciones. Y pedir ayuda a la sociedad civil, a la que ahogan, no sólo en momento especiales, sino siempre. Ellos no tienen toda la solución y siempre deben contar con el resto de la sociedad, y no sólo servirse de ella. Están para servir sabiendo cómo es la sociedad a la que deberían servir mejor. Se lo agradeceríamos infinito, pues esta actividad política es muy valiosa, si no se sale de su cauce. Ese es el gran servicio que pedimos a nuestros políticos. Han de hacer un gran esfuerzo, pero es posible volver a situaciones mejores. Llevamos ya mucho tiempo de ramplonería y sin afrontar los verdaderos problemas. Estamos dispuestos a ayudarles, pero que no es bueno defraudarnos. No pedimos perfección; sí pedimos ganas y deseos que servir y utilizar menos la propaganda política.

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+Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

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