Hace pocos días nos llamaba la atención la ocultación de esculturas de desnudos ante la visita al Vaticano del presidente iraní como muestra de respeto ante su sensibilidad. No importa que se muestre respeto por otras sensibilidades cuando esto no implica males mayores como la destrucción de una obra de arte genuina, por ejemplo. Ocultar, en este caso, es solo una muestra de atención hacia el huésped. Pero el suceso pone de relieve dos sensibilidades sostenidas por valores antagónicos: la del Islam y la del Occidente actual. El Islam muestra un profundo respeto por el cuerpo que le obliga a preservarlo para la intimidad, pero la radicalización de este criterio –que de por sí resulta acorde con la dignidad humana– deviene en deformación cuando en vez de preservar se torna en ocultación vergonzosa. Es un extremo que también alcanzó el protestantismo puritano cuando quiso reducir la moralidad general en moral sexual, y la moral sexual, en represión y condena de cualquier sensación de placer.

La otra sensibilidad en cambio, exalta lo sexual desde lo erótico transformando el ámbito de la intimidad personal en objeto de consumo y disfrute. La reacción occidental a la moralidad represiva puritana del s. XIX fue la hipersexualización del ambiente social de la que el sistema capitalista del s. XX ha hecho uno de sus negocios más lucrativos: no solo por la enorme cantidad de dinero que mueve el mundo de la prostitución sino por la eroticidad como reclamo omnipresente para la publicidad.

De este modo, calentamos el planeta sin necesidad del deterioro de la capa de ozono: los machos –que no hombres, pues son tratados desde su animalidad- son constantemente estimulados en su testosterona al mismo tiempo que, hipócritamente, no se les perdonará ningún descontrol sexual (abusos, pederastia…) Y las hembras –que no mujeres, pues no son menos animalizadas por el ambiente–  son inducidas a lograr cuerpos imposibles sometiendo su vanidad al gimnasio y la cirugía estética, y a adornar sus cuerpos con modas que parecen diseñadas para las fantasías de Las mil y una noches, al mismo tiempo que no se les perdonará ligereza en su comportamiento.

Pero ni el cuerpo ha de ser motivo de vergüenza, ni mucho menos ha de ser objeto de consumo. Este reduccionismo desvirtúa lo más fascinante de la sexualidad al despojarla de su necesaria vinculación con la intimidad y el amor.

Grupo AREÓPAGO