Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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Te mueres y nadie se entera

Fotografía de Pixabay

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“Muere en su casa solo y el cadáver lo encuentra la Policía”. “En Lorca aparece el cuerpo de una mujer en su coche después de 5 días de su fallecimiento”.  Estos sucesos cada vez son más repetitivos y además se conocen públicamente. El comportamiento de los seres humanos está cambiando. Lo demuestra cada uno de los tristes acontecimientos que diariamente conocemos –y otros que no salen a la luz-, que nos hacen darnos cuenta de la soledad del ser humano. Hechos preocupantes que ponen de manifiesto el individualismo de esta sociedad.  Muchos de los cadáveres son encontrados después de días e incluso meses, sin que nadie se percate de la falta de esa persona.

Te mueres solo y nadie se entera. Hay quienes hablan de la soledad como la epidemia del siglo XXI. Se pone en evidencia cada día. En un mundo en el que estamos hiperconectados con otras personas, que no comunicados; en el que las redes sociales y las nuevas tecnologías nos ponen en contacto con las personas que están al otro lado y a miles de kilómetros de nosotros resulta paradójico que cada vez nos sintamos más aislados socialmente, más tristes y más deprimidos. En definitiva, más solos.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) las viviendas familiares en España con una persona están por encima del 25% (4.741 de 18.562, dato del segundo semestre de 2018). Son las cifras de la soledad. Cifras que demuestran una vez más  como en nuestra sociedad hay cientos de ancianos abandonados, numerosos los inmigrantes apartados de su familia; miles de adolescentes y jóvenes discriminados y tantos hombres y mujeres que aun viviendo en familia se sienten solos. ¿Por qué en un mundo tan globalizado y comunicado el drama de la soledad es tan patente? La edad, la enfermedad, las circunstancias familiares, los divorcios y separaciones, la viudedad, las circunstancias económicas y laborales, las relaciones con los demás, la falta de creencias, etc., son algunas de las causas que generan el drama de la soledad.

Pero ¿Qué actitud debemos tomar? ¿Qué tenemos que hacer? Es necesario combatir el sentimiento de soledad, pidiendo ayuda a los demás, fortaleciendo la fe en Dios, reforzando la autoestima, y teniendo la firme convicción de que no estamos solos. Siempre hay alguien en el camino de cada uno.  Los creyentes así lo sabemos.

 

 

GRUPO AREÓPAGO

Basureros humanos

Sin entrar en el debate, de si estamos en una época de grandes cambios o en un cambio de época, lo cierto es que los grandes principios que propiciaron lo que se ha dado en llamar la modernidad se han ido extinguiendo en la época contemporánea. La libertad, que logró a base de muchos esfuerzos su implantación política durante el siglo XIX ha quedado reducida a una muy exigua y placentera libertad individual condicionada; la igualdad, se fue deshilachando en el camino absorbida por un capitalismo salvaje y desencarnado; y la fraternidad, ¡pobrecilla!, ni siquiera pudo gozar de su nacimiento; sus raíces cristianas y el principio de “solo razón”, la dejaron sin fundamento.

El sociólogo y escritor-ensayista fallecido hace unos días Z. Bauman, en una de sus últimas obras “la postmodernidad y sus descontentos”, reflexiona sobre una de sus principales tesis sociológicas: el interés por la pureza y su correspondiente obsesión por la lucha contra la suciedad, ideal de todas las culturas, tiene una relación muy directa con el orden establecido. Y desde los principios que determinan este orden en cada época y cultura se verifica la categoría de “extraño”, y como consecuencia, su catalogación como “suciedad” que hay que limpiar.

En estos últimos tiempos nuestra sociedad está profundamente horrorizada por los excesos de “pureza” y los procedimientos de “limpieza” que el nuevo presidente del país más rico del mundo quiere aplicar desde su concepción personalista del orden. Pero la hipocresía de  nuestra sociedad occidentales incapaz de percibir cómo desde el nuevo orden mundial que establece la cultura y sociedad de consumo, cuyo principal criterio de pureza es la búsqueda de la felicidad individual desde el placer inmediato, caiga quien caiga, está produciendo muchas “impurezas” que se  eliminan por ser defectuosas desde esos criterios de orden.

Los pobres, los inmigrantes, los ancianos, los niños no nacidos, las personas económicamente vulnerables, los que no tienen voz; sin olvidar los pasos vertiginosos que se están dando ya en algunos países para la legalización de la eutanasia, son productos defectuosos que entorpecen y, por consiguiente, constituyen las “nuevas impurezas” que nuestro orden social actual impuesto por el dios dinero desecha a sus basureros.

El Papa Francisco llama a esto la cultura del descarte. Es la cultura que no prioriza como criterio fundamental del orden social el principio fundamental de la dignidad del hombre.

Grupo AREÓPAGO

La auténtica Navidad

Cada vez resulta más evidente que la vida carece de valor para nuestra sociedad. Prueba de ello es el rechazo de sufren aquellas personas mayores que son relegadas a residencias o abandonadas en sus propias casas sin que reciban ni las visitas ni el amor de sus familiares; también los cientos de miles de abortos que se producen cada año por el hecho de ser hijos no deseados –o que no llegan como sus padres esperaban–. Del mismo modo, manifiestan despreciar la vida quienes tratan a sus semejantes indignamente, como ocurre en los casos de violencia doméstica o de explotación laboral extrema. Aquellos que adoptan el odio como motor de su existencia igualmente demuestran detestar la vida, tanto la de las personas contra las que actúan, como la suya propia. En definitiva, siempre que no se trata a una persona como auténtico ser humano, respetando su dignidad, se está atentando contra su existencia.

La pregunta que todos hemos de hacernos es ciertamente fácil de plantear: ¿por qué, en el siglo XXI, hay tantas manifestaciones de desprecio a la vida? La respuesta es no menos sencilla en su formulación, si bien realmente compleja a la hora de poner en práctica: porque nos hemos alejado de Dios.

El desprecio del ser humano, los atentados contra su vida y su dignidad, son la manifestación más evidente del rechazo al Creador y de la autoproclamación del hombre como medida de todas las cosas. Dado que no hay nadie superior a mí, yo soy superior a todos y, en consecuencia, tengo el poder de decidir sobre ellos, incluyendo su vida.

La Navidad es justo la prueba del ejemplo contrario: Dios, auténtico Señor de todo lo creado, opta por hacerse hombre, sencillo y humilde, para demostrar con ello su profundo amor por todos nosotros, sus criaturas, y para ofrecernos la posibilidad de ser como Él. Y lo hace sin desplazarnos en absoluto, respetando nuestra libertad, garantizando su misericordia a todos y cada uno en cada momento, sean cuales sean las circunstancias.

Recuperar esta concepción de la existencia en nuestra sociedad y en cada una de nuestras experiencias resulta fundamental para garantizar nuestra supervivencia como comunidad y nuestra realización como personas. La Navidad es, en esencia, la principal manifestación de que, para Dios, cada vida importa.

 

Grupo AREÓPAGO

Nuestra mente nos engaña

Todos confiamos demasiado en nuestros pensamientos y, de forma automática, les damos un valor de veracidad que no tienen. Está más que demostrado que las personas nos sentimos incómodas si no encontramos sentido a lo que hacemos y por eso casi siempre nos cuesta reconocer que nos equivocamos y, en algunos casos, llegamos a justificar en nosotros como bueno, lógico y normal lo que en otro momento no nos lo parecería, o lo que a otra persona no consentiríamos.

Por otro lado, un estudio reciente nos confirma algo que ya se sabía y es que la mentira continua y realimentada nos hace cada vez más permisivos con el engaño, especialmente cuando es en beneficio propio, es decir, nos mueve una finalidad egoísta. A nivel neurológico se demuestra que la sensibilidad del cerebro a la propia inmoralidad, a los propios comportamientos inmorales, disminuye por la repetición de actos deshonestos de tal manera que lo que en principio sería una mentira se va transformando en mayor número de engaños, siempre y cuando este comportamiento no tenga consecuencias negativas para nosotros.

Si unimos esto a la necesidad de aceptación por parte de los demás de nuestra identidad puede llevarnos a entender, en parte, la gran mentira de la ideología de género que últimamente se concreta en querernos adoctrinar e inculcar sobre las “identidades trans”.

De primeras parece que identidad y trans son conceptos contrapuestos, pero, en un contexto de preponderancia del relativismo y de rechazo de verdades objetivas, se busca tranquilizar conciencias explicando que una cosa es el género asignado (el sexo que anota el médico en el parte de nacimiento tras observar nuestro cuerpo) y otra cosa es lo que “uno mismo siente”, que puede o no corresponder con lo que el médico ve -y, con él, todos los demás-.

Los defensores de esta ideología entienden que el sentimiento personal y subjetivo se puede disgregar de la biología objetiva. De este modo, dicen que se es hombre o mujer si te identificas como tal independiente de tu cuerpo. Sentir esta desintegración personal, incluso a partir de los 4 años, es lo que definen como ser trans. Y con ello, se siembra la duda en nuestra mente, haciéndonos cada vez más vulnerables.

Hemos pasado de tener que formar nuestra conciencia para no engañarnos a nosotros mismos a tener que luchar también contra la conciencia colectiva que también se engaña a si misma.

Grupo Areópago

 

 

Ciudadanía no, ¡Personas!

personas

En el lenguaje político (y, cada vez con mayor frecuencia, también en el jurídico) se ha extendido en los últimos años el empleo de la palabra “ciudadanía” para referirse al conjunto de personas que forman parte de la sociedad. Especialmente se hace uso de la misma para referirse a los electores. De este modo, los dirigentes políticos se autoatribuyen el poder de interpretar, como si de un bloque unánime se tratara, el sentido del voto y, peor aún, la voluntad de los votantes.

Así se ha podido apreciar, con enorme claridad, en el debate mantenido entre Pablo Iglesias y Albert Rivera, tras el acuerdo para la formación de la Mesa del Congreso, durante el cual el primero, claramente enojado, afirma que “eso no es lo que quería la gente cuando ha votado” y que “en las próximas elecciones la gente no se va a olvidar de esto”. Al hablar así actúa como intérprete máximo y único de la voluntad de todos los votantes, desprecia la representatividad que implica todo mandato político en un Estado democrático en relación con cada uno de los miembros del Parlamento y excluye el diálogo con las fuerzas políticas que no coincidan con sus planteamientos.

Sólo cada persona sabe las razones de su voto y la finalidad por ella buscada con el mismo. A los elegidos les corresponde gestionar adecuadamente los resultados de las elecciones buscando, en todo, el bien común.

Estamos ante una clara muestra de la despersonalización del ser humano, en este caso en su condición de miembro de una comunidad política. Y, despersonalizado, es fácilmente manipulable como miembro anónimo de la masa. Es la versión 2.0  del despotismo ilustrado, del “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”: dado que la ciudadanía, la gente, las masas no son capaces de saber lo que más les conviene, corresponde a los dirigentes políticos decidir por ellos, sustituyendo su voluntad y su individualidad.

Los ciudadanos, las personas, hemos de ser capaces de reivindicar la singularidad de cada ser humano, que es único e irrepetible, en todas las dimensiones de la vida. También en la política.

 

Grupo Areópago

No son flujos migratorios, son personas

flujos migratorios

Tras una larga negociación, los socios europeos han acordado redistribuir a 60.000 refugiados en dos años entre los diferentes estados. El acuerdo ha tenido que superar la oposición de varios gobiernos, incluido el nuestro, para los que la medida “no es la solución al problema, sino distribuir el problema.”

Pero es que para solucionar un problema es preciso primero asumir el problema, cosa que hasta ahora no había hecho la Unión Europea. Pareciera tratarse solamente de buscar soluciones para proteger nuestras fronteras, nuestro nivel de vida y nuestra prosperidad.

La grave situación humanitaria de tantos millares de desplazados, huyendo de la barbarie, del odio y del hambre, buscando simplemente poder sobrevivir al día siguiente, no puede dejarnos indiferentes. Exige una respuesta desde lo más hondo de nuestra condición humana. No está en juego solo su dignidad, sino la nuestra.

La solidaridad duele

La solidaridad no consiste en pagar una cuota a una ONG para tranquilizar la conciencia. Supone sentirnos personalmente concernidos por el sufrimiento del otro. Y supone, posiblemente, renunciar por nuestra parte a determinadas comodidades o a ciertos estilos de vida. La solidaridad duele.

¿Cómo puede una Unión Europea con 506 millones de habitantes, que posee uno de los más altos niveles de vida del mundo, sentirse orgullosa de una solidaridad que lleva a acoger en dos años a 60.000 personas que lo han perdido todo?

La respuesta no puede ser otra que reconocer que estamos enfermos de indiferencia. Hablamos de cuotas, de flujos migratorios, de números, cuando deberíamos hablar de salvar vidas humanas. Vivimos, pues, en una Europa enferma, que ha cambiado los valores que la construyeron por el principio único de la defensa a toda costa de la propia prosperidad egoísta de sus ciudadanos.

No agravemos esta dolencia. Reaccionemos cambiando nuestro corazón para construir una Europa verdaderamente humana.

Grupo AREÓPAGO

Devorados por la velocidad

velocidad

¡Qué difícil le sería hoy explicar a uno de nuestros clásicos de la literatura la gran fuerza antropológica de uno de sus célebres versos, se hace camino al andar!

Vivimos tiempos sobreacelerados. La velocidad y las prisas impregnan de tal forma y con tal intensidad la vida moderna que, en palabras de algunos, han adquirido categoría antropológica. Este fenómeno  no tendría la mayor incidencia vital si no fuera  porque afecta, y muy profundamente, a las más importantes dimensiones de nuestra vida relacional: la familia, el encuentro con los amigos, el desarrollo  del trabajo, nuestros espacios de ocio, la vida religiosa…

Las prisas se comen nuestro tiempo; propician la desaparición de nuestro entorno relacional del sabroso regusto de una conversación amena, y del cálido afecto de una amistad duradera, ¡no hay tiempo para escuchar! Los fenómenos y las realidades que nos envuelven pasan por nosotros sin detenerse, nos escamotean el inmenso placer del silencio, y nublan la belleza contemplativa del paisaje, para dejarnos, sin duda, la antipática sensación de no llegar nunca a nada, de lo indeterminado, del país de “nunca jamás… El stress y la depresión son enfermedades muy actuales.

Pero esta patología se agrava porque, de alguna manera, incide sobre otro fenómeno social muy propio de nuestro tiempo, la provisionalidad. La utilización cada vez más marcada del “usar y tirar”. Todo el entramado social se mantiene bajo este síndrome. Las noticias van y vienen y se suceden para pasar rápidamente a la categoría del silencio y el olvido. ¿Quién se acuerda ya del gran problema que representó el ébola, tan cercano en el tiempo, o la triste desgracia del avión de la Germanwings? Las cosas aparecen y desaparecen bajo el dictamen de la moda o en función del morbo que suscitan; la misma realidad informativa, los productos, los afectos… Los sociólogos hablan de consumismo de sensaciones, no hay que cansar al paladar. Nunca parece alcanzarse la saturación.

Difícil para esta cultura de ritmo trepidante, de la novedad permanente, la búsqueda de lo trascendente; difícil tomar distancia sobre lo que se está viviendo; difícil, por no decir imposible, la  reflexión, el discernimiento. ¡Cuántos proyectos políticos, económicos e incluso religiosos con grandes potencialidades de idealidad futura han sido devorados por querer llegar pronto a la meta! La velocidad devora a las personas y colectivos y anestesia la búsqueda del sentido de la vida. Difícil, muy difícil, hacer hoy camino al andar.

Grupo AREÓPAGO

PERSONAS, NO NOTICIAS

periodico

El terrible accidente aéreo acontecido en los últimos días, en el que han muerto ciento cincuenta personas, ha puesto de manifiesto lo bueno y lo malo de lo que es capaz el ser humano: junto a muestras sinceras de solidaridad y cercanía a los familiares de los fallecidos, ha habido afirmaciones deplorables –principalmente vertidas a través de las redes sociales– alegrándose de lo sucedido dada la procedencia del avión o criticando duramente la decisión de una cadena de televisión de suspender la programación ordinaria para informar del accidente. Es la prueba evidente de lo poco que interesan las personas y de lo difícil que nos resulta salir de nuestro pequeño mundo de egoísmos.

Los medios de comunicación no son inmunes a esta despersonalización de los acontecimientos. Si bien tienen como obligación informar verazmente(más aún ante hechos que, como éste, suscitan el interés general), han de hacerlo teniendo muy presentes todos los intereses en juego y no solo el puramente informativo. El más importantees el que se refiere a los familiares de las víctimas del accidente. Nada puede estar por encima del mismo.

Cámaras persiguiendo a algunos de ellos por el aeropuerto de Barcelona, informaciones sobre la causa del siniestro que llegan antes a todas las televisiones del mundoque a las propias familias o imágenes de los fallecidos reiteradamente difundidas por los medios de comunicación, acompañadas de música melancólica, ponen de manifiesto que importa más la noticia que las personas directamente afectadas por ella. Son una clara muestra de la despersonalización de nuestra sociedad.

El mejor servicio que podemos hacer a quienes están sufriendo por este accidente es el de la oración por los fallecidos, junto con la expresión del deseo de que las autoridades competentes atiendan debidamente a las familias, determinen con rapidez y diligencia lo sucedido y pongan los medios necesarios para evitar que se vuelva a repetir.

 Grupo Areópago

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