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La Fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos nos trae, en estas fechas, la memoria de aquellos que vivieron y ya no están con nosotros: los que están en la presencia de Dios o los que todavía se están preparando para ello. Sin embargo, en estos días, en muchos ámbitos de la sociedad civil toman prestadas estas fechas para llenarlas de un contenido muy diverso: la celebración exaltada de la muerte. Se pone así a nuestra disposición la posible elección de dos tipos de celebraciones que, por más que algunos se esfuerzan en conciliar, son contrarias, porque son la representación de dos ideales, dos creencias, dos formas de entender la vida y la muerte. Se trata de la elección del Dios de la luz, de la vida y del amor o, por el contrario, de los ídolos de la oscuridad y las tinieblas, la muerte y el mal. Y ya nos lo dijo Jesús: “no se puede servir a dos señores”… Ante esta oferta hay que decidir: ¿juegas a la vida o a la muerte?

Jugar a la vida o a la muerte es optar cómo vivir estas fiestas; pero también es decidir qué pensamientos, qué palabras o qué hechos escogemos en cada ocasión de nuestra vida familiar o en nuestro lugar de trabajo o estudio, en el tiempo libre o en la relación con cada persona. De ahí que sea en los actos más sencillos y cotidianos de nuestra vida en los que nos jugamos la elección de Dios, lo que especialmente queda manifiesto en aquellos que atañen a la acogida, el respeto y la defensa de la vida humana en sus diversas manifestaciones:  la acogida valerosa de una nueva vida naciente, la educación paciente de niños y jóvenes, el cuidado amable y tierno de los enfermos y ancianos, los gestos de cariño de los esposos o con los hijos y los abuelos, los hermanos o los amigos… Es hora de jugar: en estas fiestas de los Santos y siempre es hora de apostar por la victoria del Dios del amor.

 

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