Es un dato indudable que en las últimas décadas se ha producido en nuestro país un profundo cambio sociocultural. Y entre sus rasgos más característicos hay que anotar, sin duda, la posición que ocupa en la vida social el hecho religioso, especialmente referido a lo cristiano católico. Indiferencia puede ser la palabra más adecuada para describirlo, aunque en algunos ambientes más bien lo que se lleva es el desprecio y la minusvaloración. Raro es el día en que los medios de comunicación no propician noticias que alimentan el morbo del “escándalo” y sirven para ridiculizar a la Iglesia. Alguien ha dicho que “la cuestión religiosa en España no derrama sangre, pero sí tinta y agresividad”.

Y en este contexto cultural, en plena explosión primaveral, año tras año surge la Semana Santa. En centenares de pueblos, aldeas y ciudades con más o menos historia, riadas de personas desde muy diversas motivaciones asisten y contemplan las innumerables muestras de religiosidad con las que el pueblo aún desea rememorar el núcleo central de sus creencias y de su fe. Es el reflejo de un estilo religioso producto de una inmersión cultural donde se ha mezclado lo intelectual, lo cultural, lo estético y lo religioso. El cristianismo ha modelado de tal manera durante siglos la cultura de nuestro país que muchas veces es difícil deslindar la frontera entre lo religioso, lo cristiano y lo cultural.

Y en un contexto de vivencia plural, la Semana Santa se hace pues para unos, devoción serena, silencio respetuoso, fe profunda; y para otros, contemplación estética, tradición cultural, curiosidad turística…

Pero también, y en esta explosión de sol primaveral, nuestra sociedad altamente secularizada, ha llevado a riadas de personas en esta semana a disfrutar del turismo cultural o de playa, o del contacto con la naturaleza. Tecnocracia y mercado, que marcan las pautas del progreso actual, nos han introducido en la maraña del consumismo, separándonos consecuentemente del aprecio por lo simbólico.

Y en el centro de todo, la gran cuestión; la gran pregunta que hay que hacerse hoy y siempre, creyentes y no creyentes: si la causa del Reino que nos propuso el auténtico protagonista de estas celebraciones, con su vida, su muerte y su presencia resucitada, sigue adelante. Si la sociedad de hoy es más justa, más libre, más pacífica, más fraterna… En una palabra, si estamos creciendo en verdadera humanidad

 

 

 

GRUPO AREÓPAGO