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Influencias y oportunidades de la tecnología de la información y la comunicación en los procesos educativos. Por Ignacio Calderón Castro

IGNACIO CALDERON

Es evidente que la irrupción de las tecnologías y de la información y la comunicación (t.i.c.) en los colegios y en el mundo de la educación en general está ya consolidado y que su presencia es irreversible.

La cuestión es, ¿se han introducido de acuerdo a una lógica y conforme a unos planes bien pensados, madurados, ordenados y establecidos, o más bien se está aprovechando las oportunidades que ofrece la tecnología según vamos descubriendo nuevas aplicaciones?

Desgraciadamente la experiencia indica que las llamadas desde hace 15 o 20 años “nuevas tecnologías” – en algún momento habrá que dejar de referirse a ellas como “nuevas” -, están siendo introducidas tanto en las casas como en los colegios como oportunidades y como bienes con un fin en sí mismos y no como meras herramientas.

Las tablets, móviles, aplicaciones para el ordenador o la televisión van incorporándose a la vida diaria como anexos al conjunto de actividades, desplazando o anulando otras sin que muchos se paren a considerar si están ocupando el espacio y el tiempo debido.

Sin duda las t.i.c. son los grandes elementos de la globalización. Hoy las fronteras, al menos a través de internet y en países donde hay libertades humanas mínimamente conservadas – no así en países teocráticos y / o comunistas – han quedado completamente diluidas y podemos acceder a información e incluso formación que se produce desde gran parte del globo.

Las t.i.c. ofrecen formas de enseñar y acceder a la formación que en muchos casos hacen que ésta sea más atractiva, más fácil de aprender, y ofrecen nuevas formas de manipulación de la información, pero lo importante es la información y su utilización, no la herramienta per se.

Al margen de cómo ha sido su introducción en nuestras vidas, debemos tener en cuenta los riesgos que acompañan a estas t.i.c.: – Estimulación de determinadas áreas cerebrales que provoca una hiperatención a la información que provenga de la tecnología (Tablet, móvil, o pantalla), pero simultáneamente un déficit de atención hacia la información “analógica”: profesor, libro, padres.

– El tipo de análisis de información que se hace con las t.i.c. es mucho más superficial que con los medios tradicionales.

– Hiper-socialización digital (Facebook, Instagram, musicali, whatsapp, etc.) pero una pérdida significativa de calidad en las relaciones personales.

– Altera calidad de nuestra relación social y la posición que ocupamos con los demás: las redes sociales nos colocan en una situación en la que podemos ser mirones (voayer) o exhibicionistas.

– Apertura completa a contenidos inadecuados para un correcto desarrollo personal: pornografía, cotilleo y otras muchas formas de pérdidas de tiempo.

– Constituyen unas herramientas que – en sí mismas – son altamente adictivas (basta considerar la cantidad de veces que hemos mirado el whatsapp en lo que llevamos de día).

Por todo ello conviene regular, no necesariamente desde el punto de vista legislativo, bastaría una regulación corporativa, escolar, familiar y personal, pero si éstas no llegan tendremos que recurrir a las leyes para protegernos. Es necesario concienciarnos de la necesidad de tener espacios y tiempos libres de t.i.c.s ya que éstas son aplicables y aplicadas (no siempre podemos decir útiles) en el ámbito escolar, laboral, de ocio, del hogar, etc., es decir una omnipresencia que genera una percepción de necesidad y dependencia que, siendo falsa, puede convertirse en un auténtico lastre en el desarrollo de la libertad personal.

 

© Ignacio Calderón Castro

Psicólogo.

Educarconsentido.com www.inpa.info

 

  • Ignacio Calderón Castro será el ponente de la sesión del viernes, 27 de abril, a las 18.00 horas en el Seminario Mayor de Toledo del III Curso de Formación Complementario “La Verdad os hará libres”.

Ciudadanos digitales

Fuente: Trece Bits

Fuente: Trece Bits

 

En los últimos meses estamos siendo testigos de numerosas personas que han tenido que dimitir de algún cargo público por sus manifestaciones en las redes sociales. Se han convertido en “víctimas virtuales” de sus propios 140 caracteres. Todos formamos parte de la nueva era de las redes sociales. Quien más y quien menos conoce alguna red social -aunque sea el whatsapp, que también lo es- y prácticamente se han convertido en herramientas imprescindibles para comunicarnos. Somos ciudadanos digitales.

Sin duda alguna estas nuevas formas de comunicación social se han introducido en nuestras vidas, y no son ni buenas ni malas. Es el uso que hagamos de ellas lo que les da sentido y valor.

Las redes sociales son como una gran ventana abierta a todo el mundo y se nos ha olvidado que nuestra información es susceptible de ser conocida por cualquiera desde el momento en el que se publica en estos medios. Todas nuestras opiniones o publicaciones quedan registradas desde el primer momento y son públicas, aunque haya pasado mucho tiempo. Junto al olvido de la publicidad de nuestras opiniones o manifestaciones se ha perdido también la responsabilidad que supone el uso de las redes sociales, una responsabilidad que se debe basar en el respeto a los demás. El respeto a la persona y a sus creencias debe ser fundamental en el uso de las mismas.

Las nuevas tecnologías se convierten en excelentes medios de difusión y de comunicación. Con un uso respetuoso y controlado de ellas se puede hacer mucho bien, contribuyendo a denunciar situaciones y desigualdades o difundiendo buenas noticias. Pero también puede llevarnos a la exclusión y a la manipulación, distorsionando por lo tanto el mensaje que podemos llegar a transmitir y creando divisiones entre unos y otros. Opinar, sí, pero dentro de unos límites que no excluyan a la persona ni agredan sus creencias y valores.

Como recientemente ha dicho el Papa Francisco, con motivo de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, “no tengamos miedo de hacernos ciudadanos del mundo digital”, pero siempre haciendo un uso responsable del mismo. El mundo digital no está exento del respeto a los demás, que sin duda alguna forman parte del mundo real.

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