Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

Month: septiembre 2017

El derecho a la vida (de otros)

“¡Quiero ser padre! Busco chica joven, alta y con estudios para gestación subrogada. Si estás interesada manda e-mail”. Este es, literalmente, el tweet con el que un ex concursante de un programa de televisión muy popular se dirigía a sus seguidores para comunicar que quería conseguir un hijo por medio de la mal llamada gestación subrogada.

Este tema se ha convertido en una de las nuevas cuestiones de debate político como consecuencia de la iniciativa de un de partido nacional de regularlo en nuestro país.

En una sociedad cada vez más consumista y sin valores, la trivialización de la vida puede alcanzar extremos insospechados. En esta ocasión, se trata de reconocer el derecho a ser padre disponiendo de la vida de un tercero engendrada con la colaboración de una mujer que cede su vientre a tal fin. El hijo se convierte así en un producto, en un objeto de consumo que se consigue en el mercado, previo pago del precio estipulado. De hecho, basta con hacer una búsqueda en Google para conocer diferentes ofertas y precios.

¿Dónde queda el bien del niño? ¿Cuál es la posición de la madre natural durante la gestación y tras el parto? ¿Por qué no potenciar la adopción legal, liberándola de la pesada burocracia que la caracteriza en nuestro país, para que los ya nacidos puedan tener una familia?

Hemos de ser capaces de reaccionar frente este tipo de propuestas, pues encierran un evidente ataque contra la dignidad del ser humano: la de la madre natural, que alquila su vientre y renuncia al amor por su hijo, criatura suya, a cambio de un precio; la del niño, que no será el fruto del amor de sus padres, sino de un negocio jurídico; e, incluso, la de los propios compradores, incapaces de concebir la vida como un don y la paternidad como una decisión compartida y responsable. De lo contrario, seremos cómplices de una nueva forma de esclavitud.

GRUPO AREÓPAGO

Escuela y educación

El grave momento político e institucional por el que está atravesando nuestro país ha oscurecido el protagonismo  que por tradición e importancia le corresponde a la escuela y al comienzo del  curso escolar. Y consecuentemente, está hurtando a la sociedad la reflexión y el debate que se merece la más importante de las tareas que el hombre ha de abordar, pues de ella y sus buenas o malas prácticas depende el futuro de un país: la educación.

Reflexión y debate que hoy por hoy debe recaer no sólo sobre el sistema organizativo escolar, ya de por sí importante, sino principalmente sobre el modelo educativo vigente. Pues si fundamental es legislar sobre los contenidos curriculares a desarrollar, sus espacios y tiempos, o sobre el rol social y profesional de maestros y profesores, o la excesiva burocratización del sistema…; es mucho más importante, porque afecta  y de ello depende todo lo demás, el debate sobre el modelo educativo. Es llevar la reflexión al terreno de los fines, y al tipo de persona a educar.

Cualquier observador crítico puede darse cuenta de que el modelo educativo escolar actual en la mayoría de los países se centra en formar buenos profesionales, técnicamente bien preparados. Así se lo exigen a la escuela la sociedad y hasta las mismas familias. Se identifica educación con instrucción; y desde esta concepción se organiza el currículo, prevaleciendo la dimensión materialista y mercantil de la enseñanza sobre sus aspectos más formativos y humanizadores.

Repensar hoy la escuela es plantear un nuevo modelo educativo transformador y contracultural desde la idea de que educar es mucho más que instruir. Modelo sobre el que ya incidió el célebre informe “JacquesDelors” a la UNESCO sobre la educación en el siglo XXI, que propugnaba el sentido integral de la educación desde los cuatro pilares básicos que lo habrían de sostener: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir. Entre otros muchos, el Papa Francisco también lo reivindica: “La educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir  un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad y la relación con la naturaleza” (Laudato si).

La escuela cada vez más orienta su enseñanza hacia los contenidos instrumentales y se olvida de aquellos aspectos que inciden en la configuración de la personalidad de los alumnos y su dimensión social. De ahí el recorte de contenidos y tiempos que están sufriendo la filosofía y las humanidades. El ansiado pacto escolar, si es que llega, lo ha de considerar seriamente.

 

 GRUPO AREÓPAGO

 

No necesita fama, necesita un corazón

¿Sabes quién es Salvador Sobral? En los últimos meses hemos oído hablar de este joven cantante luso. Se hizo famoso por ser el ganador de la última edición del Festival de Eurovisión. Salvador Sobral tiene una enfermedad: se encuentra afectado de un grave problema cardiaco. Su estado de salud es muy delicado desde su victoria en Eurovisión y en estos días ha anunciado que se retira temporalmente de su carrera profesional. La razón: necesita un trasplante de corazón de manera urgente.

El músico e intérprete de Amar pelos dois no puede continuar su carrera, ya que su problema de salud le impide hacer una vida normal. Esta historia del joven portugués puede ser la historia de mucha gente anónima que vive con la necesidad de un trasplante de corazón, de riñón o de otro órgano vital. Son muchas las personas que esperan durante mucho tiempo que llegue la solución a su problema, que llegue en cierto modo su salvación. Esperan la llamada de teléfono anunciando un trasplante; esperan que su calidad de vida mejore. Se trata, en definitiva, de empezar de nuevo.

La donación de órganos es una decisión particular de cada uno. Este gesto tan altruista y solidario es un gesto escaso hoy en día. Nos falta concienciación. Donar, tras el fallecimiento de una persona, significa dar vida a otra persona; es un canto a la vida; es ofrecer una nueva oportunidad para vivir a otros.

Para la Iglesia Católica donar es una forma particular de caridad (así lo afirmó el Papa emérito Benedicto XVI a los participantes del Congreso internacional sobre el tema de la donación de órganos organizado por la Academia Pontificia para la Vida, el 7 de noviembre de 2008), y en esta forma de amar es muy importante tomar conciencia de lo fundamental que es donar órganos, de dar vida al otro de manera altruista. Un amor que se multiplica. Personas como Salvador Sobral nos ofrecen la oportunidad de ser conscientes de la necesidad de este acto. A cualquier edad podemos ser donantes y a cualquier edad podemos ayudar a otras personas, incluso después de morir. Pensémoslo. Demos esa oportunidad.

 

 

GRUPO AREÓPAGO

Sobre ciencia y fe

Juan Carlos Izpisúa es un consagrado investigador, reconocido a nivel internacional, especializado en rejuvenecimiento de células para tratar y  prevenir enfermedades.

En una reciente entrevista publicada en un importante medio con motivo de uno de sus descubrimientos, tras confesar que pasa todo el día en el laboratorio, la entrevistadora le pregunta: “¿Y qué ha visto usted ahí que le ha impresionado tanto?”. Su respuesta es contundente: “cómo, a partir del embrión unicelular, se generan miles de millones de células y cómo se convierten con una precisión exquisita en un ser humano”. La periodista continúa: “Y, ¿hay algo de divino en eso?”, a lo que el entrevistado responde: “Si…. Es difícil explicar todo desde el punto de vista de la ciencia. Al menos, yo no puedo hacerlo”.

En una sociedad cientifista y positivista, donde solo hay espacio para la razón y se rechaza la existencia de verdades absolutas y preconcebidas, afirmaciones de esta entidad nos han de llevar a pensar que la naturaleza no es fruto de la casualidad, que el ser humano no puede ser la medida de todas las cosas; en definitiva, suscitan la necesidad de abrirnos a la trascendencia, de valorar la posibilidad de la existencia de alguien superior a nosotros que nos ha pensado desde la eternidad, de cultivar la fe.

Como señaló Juan Pablo II en Fides et ratio, “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. No es posible volar solo con una de ellas.

 

GRUPO AREÓPAGO

Prejuicios

Cuando escuchamos noticias sobre el desmadre de jóvenes británicos en Magaluf; cuando suceden acontecimientos tristes y dolorosos, como los recientes atentados de Cataluña; cuando un inmigrante agrede a alguien en el Metro de Madrid; y en tantas y tantas ocasiones, enseguida nacen los prejuicios sobre las personas o el colectivo que los provocan. Etiquetamos a estas personas de una u otra manera, sobre todo a grupos de personas de otras nacionalidades o de otras religiones e ideologías. Los prejuicios florecen y las generalizaciones son protagonistas. Ni todos los jóvenes británicos se desmadran en vacaciones ni todos los musulmanes son terroristas ni todos los inmigrantes son delincuentes, por poner un ejemplo. Olvidamos aquello del trigo y la cizaña.

Todos en algún momento hemos juzgado al otro por su manera de vestir, de pensar o incluso por su forma de ser o de actuar. Los juicios son fáciles de hacer si solo los comparamos con nosotros mismos. Los seres humanos somos bastantes influenciables y más si se hace caso a algunas redes sociales o a determinados medios de comunicación. Podemos crearnos una opinión incierta y tergiversada sin estar bien informados o contener una visión parcial de la persona o acontecimiento. Esto es bastante peligroso porque la difamación es provocadora y la imagen de alguien puede ser destruida y dañada.

“Cuidado con los prejuicios, peligro social” era el título de una campaña de sensibilización contra los prejuicios de carácter racial, religioso o de sexo de un proyecto piloto de la ONG ParthnersCzech que trabaja por la inclusión social de la población gitana en la República Checa.

Y es evidente que en los últimos años, los prejuicios sociales contra personas de otra raza, de otra nacionalidad, de otra religión, de otra ideología o contra personas que no son como nosotros, han ido en aumento y es un problema latente del siglo XXI, que debemos abordar desde la educación en los valores de tolerancia, respeto y solidaridad a los demás.

Cabe preguntarse ¿Qué hacemos para que los prejuicios sociales no nos afecten a la hora de relacionarnos con los demás? ¿Cómo podemos evitar estos prejuicios en la sociedad actual? Sin lugar a dudas la educación, la formación, la información y el respeto por los demás son la mejor solución a este problema.

GRUPO AREÓPAGO

© 2017 Areópago Diálogo

Theme by Anders NorenUp ↑