Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

Tag: género

Lenguaje injustamente excluyente

 

Imagen de Pixabay

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Está de moda usar el lenguaje inclusivo. Este lenguaje responde al valor de la idéntica dignidad del varón y la mujer, y lo propugna haciendo mención explícita y continuada de lo femenino.

Es una buena iniciativa, siempre que su uso se enmarque en el valor real que tiene. Pero no es realista confundir realidad y lenguaje.

El ser humano capta la realidad. La traduce en conceptos que maneja gramaticalmente con palabras. Esta facultad es asexuada, precisamente porque es espiritual, perteneciente a la persona en cuanto ser humano, patrimonio de todo hombre por ser hombre.

La Constitución Española recoge los valores de convivencia de los españoles y los propugna desde un marco legal. Todo esto es asexuado, porque es mucho más profundo, es para todos los españoles en cuanto personas humanas. La Gramática Española vertebra el idioma desde criterios de coherencia conceptual. También es asexuada. Ambas, desde su perspectiva propia, contribuyen a la dignidad de la persona, varones y mujeres, bastante más que las palabras. Sexuar la Justicia y la Gramática parece irrelevante, por que son inclusivas. Y desde luego sería muy injusto, puerilmente injusto, acusar a la Constitución de contribuir a la desigualdad, o a los Académicos de la RAE de machistas, cuando su labor se sitúa exquisitamente en la línea de los mejores productos del espíritu humano y de la convivencia en la España contemporánea.

Sorprende que en España se insista tanto en el lenguaje inclusivo y se descuiden cada vez más las facultades humanas que dan sentido al lenguaje, como son las Humanidades, la Filosofía y la Religión. Si no se entiende la “dignidad del ser humano”, hablar de hombres y mujeres es simplemente contraponerlos, aunque resulte políticamente correcto.

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¿Qué demonios es el agua?

nemo

Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez más viejo que nadaba en dirección contraria; éste los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”. (La utilidad de lo inútil. Nuccio Ordine, 2013, página 71).

 En ocasiones, sumergidos y acomodados en nuestro contexto, somos incapaces de ver la realidad. Le pasó a parte de los alemanes antes y durante la segunda guerra mundial. Acomodados confortablemente en el contexto, fueron incapaces de ver la realidad, fueron cómplices del horror y lo justificaron banalizando el mal. Aceptaron una pseudociencia (“darwinismo social”) que determinaba la indudable superioridad de la raza aria. Crearon “ad hoc” una cobertura legal para la esterilización (400.000 arios) y la eliminación de  arios con una vida sin valor (plan de eutanasia Aktion T4, 270.000 asesinados, por médicos y enfermeras en centros sanitarios). Posteriormente eliminaron a millones de personas de “razas inferiores”.

La instrucción en los colegios y la propaganda (prensa, películas…) sirvieron a la ideología nazi. Los opositores fueron juzgados y condenados…

Pero, ¿se podría repetir algo así?

Sería una ideología basada en una ciencia falsa (¿se imaginan, por ejemplo, que se negara el carácter sexuado de la persona y se aceptara el género como constructo social no influido por la biología?), con cobertura legal de la esterilización y el asesinato impune de millones de vidas sin valor (aborto). Que diera cobertura legal a la eutanasia. Con la participación de los médicos. Con la educación y los medios  de comunicación dirigidos en su favor. Que juzgase y condenase a los que se manifestaran en contra…

No sé…Si existiera la veríamos, a no ser que estuviéramos cómodamente instalados en lo políticamente correcto, y no supiéramos  responder a la pregunta “¿pero qué demonios es el agua?”

 

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Nuestra mente nos engaña

Todos confiamos demasiado en nuestros pensamientos y, de forma automática, les damos un valor de veracidad que no tienen. Está más que demostrado que las personas nos sentimos incómodas si no encontramos sentido a lo que hacemos y por eso casi siempre nos cuesta reconocer que nos equivocamos y, en algunos casos, llegamos a justificar en nosotros como bueno, lógico y normal lo que en otro momento no nos lo parecería, o lo que a otra persona no consentiríamos.

Por otro lado, un estudio reciente nos confirma algo que ya se sabía y es que la mentira continua y realimentada nos hace cada vez más permisivos con el engaño, especialmente cuando es en beneficio propio, es decir, nos mueve una finalidad egoísta. A nivel neurológico se demuestra que la sensibilidad del cerebro a la propia inmoralidad, a los propios comportamientos inmorales, disminuye por la repetición de actos deshonestos de tal manera que lo que en principio sería una mentira se va transformando en mayor número de engaños, siempre y cuando este comportamiento no tenga consecuencias negativas para nosotros.

Si unimos esto a la necesidad de aceptación por parte de los demás de nuestra identidad puede llevarnos a entender, en parte, la gran mentira de la ideología de género que últimamente se concreta en querernos adoctrinar e inculcar sobre las “identidades trans”.

De primeras parece que identidad y trans son conceptos contrapuestos, pero, en un contexto de preponderancia del relativismo y de rechazo de verdades objetivas, se busca tranquilizar conciencias explicando que una cosa es el género asignado (el sexo que anota el médico en el parte de nacimiento tras observar nuestro cuerpo) y otra cosa es lo que “uno mismo siente”, que puede o no corresponder con lo que el médico ve -y, con él, todos los demás-.

Los defensores de esta ideología entienden que el sentimiento personal y subjetivo se puede disgregar de la biología objetiva. De este modo, dicen que se es hombre o mujer si te identificas como tal independiente de tu cuerpo. Sentir esta desintegración personal, incluso a partir de los 4 años, es lo que definen como ser trans. Y con ello, se siembra la duda en nuestra mente, haciéndonos cada vez más vulnerables.

Hemos pasado de tener que formar nuestra conciencia para no engañarnos a nosotros mismos a tener que luchar también contra la conciencia colectiva que también se engaña a si misma.

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