Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

Tag: clase de religión

Mi colegio

clase de religion

Mi colegio, en el que yo estudiaba en los años sententa, era un edifico viejo, que se fue adaptando para poder acogernos, hasta que construyeron uno nuevo, que se estrenó el año que yo marchaba al instituto para realizar bachillerato. Pero en aquel colegio cada día leía esta frase, que ha marchado mi vida: “En dos cosas se parecen los hombre a Dios, en decir la verdad y hacer el bien” J. Usera. Allí aprendí a leer, a jugar, a sumar y, también a vivir a Dios. Cuando años más tarde me pidieron que trabajara en la Escuela Católica automáticamente sentí que el amor de Dios llamaba a ayudar a los niños a decir y buscar la verdad y hacer el bien.

Presentar un colegio es difícil y la acción educativa de la Escuela Católica quizá más todavía. Pero podríamos trazar algunas pinceladas que nos ayuden a entender nuestro trabajo diario en las aulas, con las familias, en la sociedad y la Iglesia.

Somos escuela, y queremos ser escuela del siglo XXI, una escuela para nativos digitales, por ello trabajamos por innovar, acercarnos a las necesidades reales de nuestros alumnos. Nos preocupa que nuestros alumnos aprendan. Trabajamos para que aprendan a aprender, a buscar ahora en la escuela, y el día de mañana, de forma crítica la verdad. Queremos, en nuestra escuela del siglo XXI, que nuestros chicos sean excelentes; y que cada uno desarrolle al máximo sus cualidades, por ello trabajamos los valores y las virtudes. Sabemos que sí llevamos a la práctica lo que decimos  no terminará siendo bella idea, que aprendida de memoria podemos olvidar al terminar el examen. Buscamos crear en nuestros chicos experiencias memorables.

Somos escuela de la Iglesia Católica. El evangelio es norma de vida, nuestra forma de vivir la misericordia es el trabajo en las aulas. Como un día leí por ahí y plagiado en el colegio que dirijo: “Educar es nuestra forma de amar”. Queremos que el evangelio de Jesús impregne nuestra acción. Que este evangelio llegue a cada profesor, a cada familia, a cada chaval. No como una imposición doctrinaria, nos acercamos a la intimidad de cada conciencia y llamamos a su puerta para ofrecer la palabra y el amor del Maestro de Nazaret. Entendemos que presentar el evangelio en el colegio ayuda a todos a establecer un adecuado dialogo entre la fe y la cultura.

Somos escuela al servicio de la sociedad. Trabajamos y soñamos para servir a nuestra sociedad. En cada aula se forma el futuro de la sociedad, queremos que la estimulación de nuestros alumnos les haga personas atentas al mundo que les rodea, capaz de escuchar los distintos sonidos de nuestras sociedades. Trabajamos con ellos para que aprendan a distinguir el bien del mal, para que elijan con responsabilidad. Creemos que la escuela, nuestra escuela forma hombres  y mujeres que trabajaran para servir a la sociedad y ello supone ya desde ahora realizar trabajos cooperativos, en los que cada alumno puede aportar su genio y sus capacidades.

Somos escuela que tiene vocación de servicio a las familias. Creemos que nuestros colegios tienen que ser una puerta abierta, un laboratorio para la vida de nuestros alumnos. Y en esta tarea es fundamental la cercanía, el apoyo y la complicidad de los padres. Nosotros tenemos conciencia que nuestra tarea es colaborar con los padres en la educación de sus hijos.

Leyendo esto alguno preguntará ¿Entonces la Escuela Católica, su colegio diocesano es perfecto? Mi respuesta es no. Somos una escuela realista, vivimos en medio de nuestra sociedad que camina y que tiene sus dificultades. Una sociedad que tiene sus heridas, y que reflejamos todos los que formamos la comunidad educativa. En nuestra escuela trabajamos para evitar, prevenir, erradicar todos esos males que hay en la sociedad y los colegios. ¿Lo conseguimos? Me gustaría decir: sí; pero lo que puedo decir: Es nuestro empeño de cada día.

Después de esto que he escrito me quedaría hacer un par de aportaciones. La primera: Llego al colegio cada día con ganas de aprender: alumnos, profesores, personal del colegio y familias, son para mí un libro abierto, una escuela de vida. Agradezco a Dios la posibilidad de ser sorprendido cada día por las personas que tengo la dicha de ver en el colegio. La segunda: Creo que hoy, nuestro tiempo, es un tiempo apasionante para trabajar en la Escuela Católica. Sé que no somos perfectos, pero tengo la certeza que con nuestro trabajo y la ayuda el Maestro estamos sembrando un futuro lleno de esperanza en nuestros niños y jóvenes. Creo, sinceramente, que educamos para la vida.

Entre aquel colegio viejo en el que me formé siendo un niño, un colegio actual no han cambiado muchas cosas. Mesas, libros, lápices y colores (ahora pc y tablets) profesores, alumnos, familias. De aquel colegio aprendí que sólo se puede educar cuando se ama lo que se hace; y en ello estoy aprendiendo a trabajar en el colegio.

Firma invitada: D. Ángel Camuñas Sánchez

                Sacerdote, director de Colegio y Secretario de Escuelas Católicas de Castilla-La Mancha.

 

Sentido religioso, escuela e ignorancia supersticiosa

enseñanza religiosa

España es uno de los pocos países donde la aversión al hecho religioso es utilizada como instrumento ideológico para la conquista de votos.

La propuesta de excluir de los currículos escolares la enseñanza religiosa solo se comprende desde la demagogia puesto que la enseñanza de la religión (católica, evangélica, judía e islámica) está garantizada como un derecho por los diversos acuerdos que el Estado español tiene firmados tanto con la Iglesia Católica (que tienen naturaleza jurídica de tratados internacionales) como con las Federaciones de entidades evangélicas, judías y musulmanas. Se garantiza el derecho a recibirla, pero en ningún caso es obligatoria (Lourdes Ruano).

Esto significa que tal propuesta no va dirigida a personas ilustradas que compartan esta visión estatalista de la educación –y con las que un debate, sin duda, resultaría fructífero– sino a un sector radicalizado y poco ilustrado dispuesto a creerse esta proclama por ceguera visceral.

La mayoría de los países europeos, respetando la identidad de sus ciudadanos, incluyen la religión en el sistema educativo. Incluso la laicista Francia intentó incorporar el estudio del «hecho religioso» con carácter obligatorio antes de que François Hollande llegara al poder. Pero España es un país que no ha superado la dialéctica de la confrontación: lo importante no es levantar un país, lograr una constitución por consenso o mejorar el sistema educativo, por poner unos ejemplos. Lo importante, parece ser, es independizarse por pura confrontación con un Estado que se siente ajeno, aniquilar todas las medidas del gobierno anterior, o utilizar las reformas educativas para atacar al contrincante político.

La torpeza de esta forma de entender la política radica en que se sustenta no en la creatividad que busca el bien común por medio del diálogo sino en la confrontación y aniquilación del adversario.

Algo parecido ocurre con la enseñanza religiosa. La propuesta de una educación que no respete el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas solo parece un banderín de enganche para los renegados de lo religioso. No para ateos o agnósticos ilustrados conocedores de que tal proclama incumple varios acuerdos internacionales, por ejemplo: “el Estado, en el ejercicio de las funciones que asuma en el campo de la educación y de la enseñanza, respetará el derecho de los padres a asegurar esta educación y esta enseñanza conforme a sus convicciones religiosas y filosóficas» (Convenio Europeo de Derechos Humanos).

Por ello, la incorporación de esta propuesta no parece tener otro asidero que la ignorancia supersticiosa y el resentimiento hacia lo religioso (el resentimiento es el odio surgido de la impotencia, Max Scheler). Un resentimiento que puede haber surgido de la impotencia de haber resuelto en falso el problema religioso: muchos de los que vociferan contra la religión lo hacen desde una concepción infantil de la misma, como si sus convicciones en este terreno se hubieran quedado estancadas en las crisis de la adolescencia. Y por eso es un resentimiento que se escuda cínicamente en el escándalo del comportamiento de cristianos incoherentes: lo mismo en la España franquista cuando la sociedad era cristiana por decreto, que en la actualidad cuando la excepción monstruosa de un sacerdote pervertido, se hace regla. Sin reparar, claro está, en que esa misma identidad cristiana era perseguida en países como Polonia donde el catolicismo fue capaz de reventar los cimientos de la dictadura opresora, desde la solidaridad (Solidarnosc) –¡No desde el resentimiento!-.

Y este resentimiento comparte camino con la ignorancia supersticiosa porque muchas de las críticas planteadas a la religión se llevan a cabo desde la temeridad del ignorante que banaliza la profundidad de un san Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Edith Stein, von Balthasar y tantos grandes genios que han iluminado a la Humanidad desde su experiencia cristiana. Pienso que Nietzsche –un filósofo experto en teología y ateo rabiosamente inteligente– habría vomitado semejantes sucedáneos pueriles de ateísmo.

 

Fernando López Luengos

Doctor en Filosofía

Religión y escuela pública

clase-de-religion

Uno de los temas más controvertidos en el mundo de la política desde que se estableció nuestra joven democracia es la presencia de la Enseñanza Religiosa Escolar en el currículo de la Escuela Pública. En la actualidad ha sido suscitado por la aparición en el BOE del nuevo currículo de la asignatura motivada por la ¿última reforma? del sistema educativo de nuestro país, la denominada LOMCE, currículo que empieza a aplicarse en el curso que estamos iniciando. Y, cómo no, por la instrumentalización que hacen del asunto algunos partidos políticos que abogan por lo que ellos llaman la escuela laica.

La cuestión de fondo se encuentra en la dificultad de algunas personas y partidos políticos para comprender la diferencia que existe entre laicidad y laicismo, entre Estado democrático laico y aconfesional y Estado laicista.

La laicidad de una sociedad democrática no es una ideología más entre otras, sino la expresión de la neutralidad del Estado en referencia a todas las cosmovisiones, que hacen posible la libertad ideológica, política, cultural y moral –que no ética– de todo el amplio espectro social que configura un Estado moderno democrático y, por tanto, plural. El laicismo, en cuanto pretende la anulación de algunas de las cosmovisiones que forman parte de ese Estado –es el caso de la intención de convertir en instancia privada a la Religión, sacándola de la vida pública– se transforma en ideología y, si es combativo y excluyente, deviene en fundamentalismo y en totalitarismo.

El estado democrático laico, y por tanto aconfesional, es neutral pero no neutro. Es desde esta premisa desde donde se ha de debatir la presencia o no de la enseñanza de la Religión Católica en el ámbito de la Escuela Pública. Hoy son muchas las familias que en España desean que sus hijos reciban una educación fundamentada en una cosmovisión cristiana de la vida; se habla del sesenta por ciento de la población escolar. Los actuales Acuerdos Iglesia y Estado se sustentan precisamente en ese interés público que suscita tal demanda y en la respuesta que da dicha asignatura a una planificación curricular atenta al concepto moderno de educación integral.  La religión es un hecho cultural que exige su tratamiento escolar si no queremos que nuestros niños y jóvenes en un futuro no sepan interpretar los fundamentos de una cultura que, se quiera o no, se ha forjado desde las claves de una cosmovisión cristiana.

Grupo AREÓPAGO

© 2018 Areópago Diálogo

Theme by Anders NorenUp ↑