Firma invitada de don Braulio Rodríguez, arzobispo emérito de Toledo: «Hablemos de la Iglesia»

La Santa Madre Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, que Cristo fundó para cumplir las promesas que el Señor hizo a Israel. Es, pues, la comunidad reunida en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, abierta a toda la humanidad, pues es católica. Esa comunidad está presidida en la caridad por la Iglesia de Roma, con Pedro y bajo Pedro, Cabeza del Colegio Apostólico, que vive en la sociedad y enviada a ella, para que hombres y mujeres puedan encontrarse con Dios en Cristo por el Espíritu Santo y vivir como hermanos. Este don que es la Iglesia no es nunca para nosotros una posesión nuestra garantizada. La vida cristiana es, por consiguiente, un constante proceso de penitencia y reforma.

Si te parecen estas palabras muy elevadas, habla de la Iglesia con tu mujer o con tu marido, con tus hijos u otros miembros de la familia, con tu vecino o amigos de una manera más sencilla. Lo necesitamos en una sociedad ramplona que apenas habla de horizontes grandes y virtuosos. La vida cristiana viene caracterizada por el Bautismo, que tiene lugar una sola vez, como testimonio de la bondad completa y suficiente por la que Dios redime al mundo, acercándose a nosotros. En el Bautismo, el Espíritu Santo actualiza el ministerio de la regeneración como realidad social, pues la Iglesia no son los obispos y los sacerdotes. Pero, mientras que el Bautismo sólo se puede realizar una vez, la Eucaristía, con su llamada implícita a la penitencia y a la reconciliación, es un sacrificio y un banquete que puede repetirse. Participando en ese banquete que se repite vivimos nuestro bautismo y participamos en el bien.

Esta realidad de la Iglesia no es algo que produzcamos nosotros mediante nuestra propia voluntad; nos es dada. Y, sin embargo, nuestra participación como miembros de ella la hace real. Por eso decimos que Dios necesita a la Iglesia, porque Dios obra a través de un cuerpo temporal y concreto, situado en un tiempo y un espacio particular. Dios obra la redención a través de ésta, que es por ello también una construcción social. La bondad de Dios se hace concreta en el tiempo y en el espacio a través de la creación, primero del pueblo judío y luego de la Iglesia. Su temporalidad concreta es lo que nos permite participar en esa bondad.

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Para participar en el bien debemos haber sido captados por su visión, hallada en la vida sensible material de cada día. Esta visión se encuentra en Jesús de Nazaret, y en las narraciones y tradiciones que llevan su nombre, y es una visión reproducida en la Iglesia. Jesús nos revela la bondad de Dios en carne humana. Podemos hacer carne esa bondad por medio de nuestra participación en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La celebración litúrgica de esa carne –tanto en la predicación como en el sacramento que se celebre– produce continuamente y reproduce una ciudad diferente, que se llama Iglesia o ecclesia.

Esta alterna civitas (ciudad distinta) no tiene límites geográficos determinados. Se hace presente dondequiera que tiene lugar su encarnación a través de la celebración litúrgica, sobre todo del domingo, y de la santidad de vida que el Espíritu Santo hace brotar en nosotros mediante nuestra participación en Cristo. La Iglesia tiene que tener una estructura formal relacionada con su fundación apostólica, pero esa estructura formal siempre debe ser un medio para ordenar a los fieles hacia la santidad y la obediencia, y no convertirse nunca en un fin en sí misma.

Pero es preciso que veamos en la elección y constitución en un grupo estable de los doce apóstoles por Cristo, porque lo que Jesús nos ofrece al fundar en ellos la Iglesia no es un nuevo individualismo, sino una nueva comunidad (cfr. Mc 3, 13-19). San Marcos en ese pasaje no dice que Jesús “creó a los Doce”. El verbo griego que utiliza el evangelista significa “fabricar, hacer” o “realizar”. Eso implica una intencionalidad particular. Que Jesús fabricara, creara o realizara a los Doce no fue accidental, sino una parte esencial de su misión. Así pues, al comienzo de su ministerio “él creó a los Doce”. Al hacerlo, Jesús no estaba señalando simplemente al futuro, sino llevando a cabo la restauración de Israel en el presente. La restauración de Israel no comporta la sustitución de Israel; muy al contrario, exige la permanencia de Israel dentro de la narrativa cristiana.

Lo que Israel y la Iglesia tienen en común es “una búsqueda de la forma del pueblo de Dios”, que dice un exegeta católico alemán. La historia de Israel, como la historia de la Iglesia, se centra en la cuestión de qué forma debería adoptar el pueblo elegido por Dios. Ésta es la pregunta clave a la que trata de responder la Sagrada Escritura. La forma más antigua que adoptó el pueblo de Dios fue una sociedad tribal sin un rey. Así se distinguió de las naciones de su alrededor. Pero Dios dio una nueva forma a su pueblo, “el pueblo de Dios como una nación”, para su unicidad no fuera a expensas de las demás naciones, y les fue dado un rey, en Saúl.

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Mientras que la sociedad tribal era proclive a la violencia debido a la afirmación de su peculiaridad, la monarquía intentó que el pueblo elegido viniera a ser como las demás naciones. Pero viviendo así, Israel vino a caer en lo mismo que las demás naciones, de modo que el pueblo elegido adoptó otra forma, “el pueblo de Dios como una comunidad del templo”, configurado alrededor de la Torá. Esto le permitió a Israel sobrevivir y mantener la identidad única que era su patrimonio, de modo que, aún después de la destrucción del templo el año 70 d.C., continuó la Torá, la Ley de Moisés, configurando esta comunidad. Al no estar ya configurado Israel alrededor del Templo, el pueblo de Dios adoptó la forma de “federación de sinagogas”. De manera que en este periodo helenístico-romano la forma sinagogal permitió al pueblo elegido tener su propia existencia libre de la servidumbre de Roma, y también del culto imperial. Precisamente esta forma sinagogal está en el origen de la formación de la Iglesia primitiva.

Cuando Jesús purifica el Templo, esta acción sólo puede ser la respuesta a la cuestión de qué forma debería adoptar el pueblo de Dios. Cuando vuelca las mesas, y afirma que tiene autoridad para hacerlo, está sustituyendo el culto del templo por su propio cuerpo como forma del pueblo de Dios. Esta forma no está ligada a un lugar. El cuerpo de Jesús es la casa de Dios. Pero esta casa no se parece a ninguna otra casa. El Pueblo de Dios es una red de comunidades diseminadas por toda la tierra y que existen, sin embargo, dentro de una sociedad no cristiana, de manera que todos puedan elegir libremente ser cristiano o no. Es una comunidad, pues, genuina y, no obstante, no construida sobre el modelo de la sociedad pagana; es una verdadera patria y, sin embargo, no es un estado.

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En el pasado y en el presente, muchos piensan que Jesús no necesitaba de la Iglesia. Pero esa interpretación de los hechos no es sino un anacronismo filosófico. Jesús no se eleva por encima de la historia; la cumple. Jesús da forma a la Iglesia. La Iglesia no es un accidente histórico, sino que se remonta a las acciones del mismo Jesús. Los cristianos sólo pueden ver en el hecho de reunir Jesús a los Doce la fundación apostólica de una comunidad restaurada que –como la forma sinagogal– media también para nosotros la salvación de Dios. La misión de Jesús no tiene sentido aparte de la restauración de Israel en los doce apóstoles. Su vida en común ha de encarnar la nueva comunidad que Jesús quiere. Por supuesto, esa nueva comunidad no se limita a los doce apóstoles; hay otros discípulos que dejan todo y siguen a Jesús. Pero hay también seguidores que permanecen en sus casas, y que apoyan la misión de los Doce; y no son menos importantes, pues también ellos caracterizan la nueva comunidad. De modo que la imagen fundamental que caracteriza al Pueblo de Dios se configura de este modo: los Doce reunidos con Jesús en torno a la mesa del Señor.

+Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

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