Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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El hilo de Ariadna

ariadnaTodas las civilizaciones, culturas y sociedades que se han sucedido a través de la historia se han visto sometidas a las experiencias propias de la vida humana: han nacido, evolucionado, se han expandido, languidecido y, por supuesto, fracasado y muerto. A estas experiencias vitales no es ajena nuestra cultura y estilo de vida actual. No puede eludir, por tanto, los fermentos de descomposición que como nuevos “minotauros” intentan devorarla.

No es tarea fácil para el simple observador de la realidad reconocer estos fermentos, pero tal vez se nos facilite el análisis si aplicamos un serio discernimiento a la respuesta que dio Gandhi cuando le preguntaron sobre los factores que podrían destruir al ser humano: “política sin principios, comercio sin moral, riqueza sin trabajo, educación sin carácter, ciencia sin humanidad, placer sin consciencia y religión sin sacrificio”.

A la vista queda, según estas sabias palabras, que la sociedad actual, si no está totalmente fracasada, sí está enferma y necesitada de una importante regeneración. Y puestos a discernir, es fácil constatar -recurriendo nuevamente al recurso del lenguaje mitológico- que aunque existen muchos “teseos”, personales y colectivos implicándose en la muerte del “minotauro” o “minutauros” que están fagocitando al hombre y a la sociedad actual, les resulta muy difícil ponerse de acuerdo sobre cuál es el “hilo de Ariadna” que permita salir de la caverna.

Hay un consenso muy generalizado entre las mentes más lúcidas del mundo actual en continuidad con el pensamiento clásico en señalar a la ética, y desde nuestra perspectiva a la ética de la virtud, como ese único hilo conductor capaz de sanar cualquier sociedad. “Sin ética no hay futuro posible, ni a nivel local, ni a nivel global” (F.Torralba 2016). Proponer las virtudes, tan desprestigiadas en los últimos siglos y ausentes en la actualidad como reliquias del pasado, como categoría ética supone considerarlas ejes de la tarea que en todos los tiempos ha sido su centro: buscar y enseñar la vida buena, personal y social.

Acontecimientos actuales de nuestra vida política, económica y social, donde la mentira, el cinismo, la corrupción, la insolidaridad, el ataque furibundo al adversario…, campan a sus anchas, producen sin duda indignación. Pero la indignación sin compromiso es un simple acto emotivo que no regenera, sino entristece.

Nuestro compromiso actual es buscar y enseñar la ética de las virtudes. Tarea ardua y trabajosa que ha de tener a las instituciones educativas, principalmente a la familia, y a la escuela como principal marco de entrenamiento. Es nuestro “hilo de Ariadna”.

GRUPO AREÓPAGO

Amistad cívica

 

opinión“La amistad también parece mantener unidas las ciudades. Y los legisladores se afanan más por ella que por la justicia”. Estas palabras de Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” que tan brillantemente han sido desarrolladas por Adela Cortina en su última obra “¿Para qué sirve la Ética?”, pueden ayudar a situarnos ante el penoso espectáculo que está dando nuestra clase política y al que los ciudadanos de este país estamos asistiendo totalmente perplejos.

Se ha llegado a decir que la democracia es “el menos malo de los sistemas políticos”, pues asegura la participación de los ciudadanos en la política, asume el bien común como fin y criterio regulador de su práctica, y en su organización reconoce el principio de división de poderes. Pero como toda obra humana, está expuesta  a numerosas patologías, que tienen su origen en las malas prácticas políticas. Por desgracia en nuestra joven democracia existen múltiples referentes en este sentido: corrupción, pretensión de poder a cualquier precio, manipulación de masas, oportunismo, clientelismo, fraude electoral…

Pero a la vista de lo que está aconteciendo últimamente en la vida política de nuestro país, la más grave es la ruptura de la relación en concordia y lealtad de todas las fuerzas políticas que participan en el juego democrático. Adela Cortina lanza un mensaje muy significativo en este sentido cuando afirma que “no se construye una vida pública desde la enemistad porque entonces faltan el cemento y la argamasa que une los bloques de los edificios”.

Está claro que en la tarea política existen discrepancias inevitables, que los desacuerdos forman parte del humus político natural en una sociedad plural. Pero cuando esa legítima confrontación de ideas se transforma en defensa de los propios intereses particulares; cuando el diálogo que exige respeto y argumentación es sustituido por el insulto y la bronca; cuando al adversario político se convierte en enemigo…; entonces se está deteriorando la amistad cívica y con ello resquebrajándose el fin principal de la democracia que es la búsqueda del bien de todos los ciudadanos.

Repensar el papel de la amistad en el juego político es asignatura pendiente de nuestros políticos pues, como dice Aristóteles, es antesala para su tarea primordial de buscar la justicia.

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