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Salud espiritual

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El pasado 7 de abril se celebró el Día Mundial de la Salud. Si hiciéramos una estadística sobre lo que cada persona considera más importante en su vida, probablemente la respuesta mayoritaria sería que su salud y la de los suyos. Es para muchos el bien más valorado que poseen.

Se celebra ese día para conmemorar la fundación de la Organización Mundial de la Salud, la OMS, la institución que pretende ser referente en cuanto a recomendaciones para optimizar y cuidar nuestra salud.

A raíz de este día, podemos pararnos a pensar en otra salud: la salud espiritual. Esa salud que podemos definir como la capacidad que tenemos para encontrar significado, esperanza, consuelo y paz interior en nuestra vida.

Hoy día, aunque no esté etiquetada con el nombre de salud espiritual, está muy de moda esa búsqueda del yo interior, bien sea a través del yoga, reiki o el “yoísmo”.

Esta última palabra aparece frecuentemente en una publicidad que pretende difundir la idea de que uno ha de pensar en sí mismo por encima de todo lo demás. Sin embargo, muchas veces, ese “yo” está lejos de aportar la esperanza y paz que en su eslogan prometían los promotores del método.

Según algunos expertos, la búsqueda exclusiva de la satisfacción de las necesidades más inmediatas del “yo” está en la raíz del estrés, la frustración  y la ansiedad que sufre un gran porcentaje de la sociedad. Por lo tanto, la salud espiritual está mucho más relacionada con nuestra salud física de lo que a veces creemos, porque esta al final refleja nuestro estado interior.

Aprovechemos para pensar en cómo estamos cuidando cada uno nuestra salud. Al igual que vamos al médico hacernos chequeos periódicamente, deberíamos pensar y reflexionar sobre qué nos está aportando paz y qué no, cuál es el ejercicio que necesitamos para estar en forma espiritualmente y de qué debemos hacer dieta para poder sentirnos mejor. Quizás sean buenas medicinas desterrar la crítica de nuestro día a día, ejercitar más la caridad con los que están en nuestro alrededor y cambiar la queja por una sonrisa.

El Papa Francisco recordaba que “la salud espiritual de una nación se ve por sus familias”. Experimentemos en nosotros mismos esa alegría y seguro que nuestra salud interior y la de nuestras familias se optimiza. Comencemos por una sonrisa.

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La responsabilidad de todos ante la enfermedad

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El día de la Festividad de Nuestra Señora de Lourdes, un 11 de febrero de 1992, San Juan Pablo II instituyó la Jornada Mundial del Enfermo. Ya han pasado 26 años desde la primera conmemoración que este año lleva por lema: “Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”. Un lema, de esta XXVI Jornada, que nos tiene que conmover y hacer reflexionar.

Son palabras de Jesús a Juan desde el sufrimiento en la cruz, según ha indicado el Papa Francisco. Palabras que deben ayudarnos a darnos cuenta de la importante e ingente labor que tiene la Iglesia, servidora siempre de los enfermos y de los que cuidan de ellos. La Iglesia como madre que se preocupa por todos nosotros, sanos y enfermos. Una labor que es reconocida por creyentes y no creyentes, y que a la vez es desconocida. Desconocida porque no se pone en valor el trabajo de la Iglesia, como ocurre con Cáritas y la atención a los más necesitados; una labor que llega donde nadie llega y como nadie llega.

Los avances científicos están contribuyendo en muchas ocasiones a sanar y paliar el dolor, a ofrecer esperanza a los enfermos. Sin embargo el sufrimiento y la enfermedad siguen estando presente en la vida diaria. Forman parte de nuestro ser y de nuestra naturaleza. Quien más o quien menos ha sufrido el dolor y ha conocido la enfermedad en los demás. La enfermedad no es algo ajeno a nosotros.

Cada vez que celebramos un día mundial existen campañas de sensibilización y de concienciación sobre algún problema o asunto de interés. Tenemos que acordarnos, y no solo este día, de aquellos que sufren de forma directa o indirecta la enfermedad. Cuánto dolor, cuántos enfermos, y cuántas familias. Cada día tenemos que tener presentes a los enfermos y a sus familias, rezar por todos ellos, por todos los familiares, cuidadores y profesionales de la salud que atienden cada día a quienes padecen el sufrimiento. Es responsabilidad de todos, de cada uno de nosotros, contribuir en la medida de nuestras posibilidades a lograr que la enfermedad se viva con esperanza y dignidad.

Grupo Areópago

Dopaje en el deporte

Hay últimamente muchas noticias sobre el deporte que tienen relación con el dopaje. Abrir un periódico y encontrar estos titulares: Detección del atleta Ilias Fifa; investigaciones sobre presunto dopaje sistemático en China; ciclista italiano da positivo en un control, etc. Estos son algunos de los titulares que recientemente hemos leído en la prensa y que nos demuestran que lamentablemente no siempre hay juego limpio en el deporte.

A lo largo de la historia del deporte mundial son cientos los deportistas sancionados por dopaje, entre ellos deportistas consagrados, relevantes en su disciplina, poseedores de récords mundiales y ganadores de medallas olímpicas. Deportistas que nos habían hecho creer porque así parecían demostrar espíritu de sacrificio y de lucha por ser los mejores en su especialidad. Todo era mentira. En realidad mejoraban su rendimiento con la ayuda de sustancias ilícitas. Sus éxitos falsos; éxitos del doping.

Aunque se conocen los efectos negativos del dopaje y las consecuencias que tienen para los deportistas, muchos son los que acceden al consumo de sustancias dopantes ilegales. El fin no justifica los medios. El éxito tampoco.

Cuando un deportista gana una competición confiamos en que es el mejor en velocidad, en resistencia, en fuerza o en superación. Da igual qué clase de deporte haga.  Pero cuando las noticias que nos llegan son relativas al éxito conseguido gracias a una sustancia prohibida, llega la decepción y el engaño. El deportista y la trampa entran a formar parte del partido. Nuevos protagonistas. Malos compañeros.

Si el deportista se ha dopado, ha cometido una infracción y ha atentado contra su salud. Una práctica antideportiva que le ha llevado a traicionar la confianza y los valores éticos del deporte. Por tanto cabe preguntarse ¿Dónde está la honestidad del deportista?. Si recurriendo al engaño se lleva a mejorar el rendimiento ¿Qué ejemplo se está ofreciendo a los jóvenes? ¿Qué imagen está dando el deporte? Una mancha en el deporte, difícil de borrar. Y que esconden  los principales valores del deporte –y tan necesarios en la sociedad- como son el sacrificio, la motivación, el trabajo en equipo, la disciplina, y el esfuerzo. Éxitos sí. Bienvenidos sean. Fraude no.

 

GRUPO AREÓPAGO

 

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