Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

Tag: mujer

Asentados sobre el polvorín silencioso del odio de género

Fotografía 20minutos

Fotografía 20minutos

Firma invitada: Rosa María Arcones Baeza. Letrada especializada en Derecho de Familia

 

La Ley Orgánica de Violencia de Género, aprobada el 28 de diciembre de 2004, solo ampara un tipo de violencia, la de “género”, ejercida por el hombre sobre la mujer con la que ha mantenido o mantiene una relación afectiva. Si bien es cierto que en nuestra sociedad existe la lacra de mujeres maltratadas por hombres, de esta norma se excluye la regulación de cualquier otro tipo de violencia en el ámbito familiar, como si esos otros tipos de violencia no importaran. Precisamente por ello, a juicio de un sector amplio de juristas, es una ley claramente excluyente. No en vano, la realidad está demostrando que la ideología que subyace detrás de ella prácticamente convierte al varón en maltratador genético por el mero hecho de ser hombre.

Con este caldo de cultivo, el pasado verano se nos bombardeó a través de los medios de comunicación con el caso “Juana Rivas”, en el que un importante sector de la población se posicionó de manera irreflexiva y pasional a favor de esta madre a través del eslogan “Todos somos Juana Rivas”, tratando de hacernos ver en ella una heroína llevada en volandas por claros partidarios de la ideología de género.

Sin embargo, la realidad fue que la Sra. Rivas, muy mal asesorada jurídicamente, optó por colocarse por encima de la justicia, desobedeciendo varias resoluciones judiciales y optando por caminos equivocados. En lugar de acudir a la justicia por los cauces legales, amparándose en una condena de malos tratos del padre del año 2009, procedió a ocultar a sus hijos durante más de un mes para impedirlos que, según correspondía por resolución judicial, pasaran el periodo vacacional con su padre, con el que de manera voluntaria y libre volvió a convivir durante varios años más.

Justo ahora, al año de aquella maniobra legal que pretendía ser un paso más en el adoctrinamiento de la ideología de género, la Sra. Rivas ha sido juzgada por un delito de sustracción de menores y condenada en calidad de autora de dicho delito a 5 años de prisión, a 6 años de privación de la patria potestad de sus dos hijos y al pago de una indemnización de 30.000 euros a favor del padre de los menores.

La reacción de un cierto sector social ha sido la de considerar como excesiva y fuera de la realidad social la condena impuesta a la Sra. Rivas. Por ejemplo, la Asociación de Mujeres Juezas de España ha calificado la resolución judicial como “decisiones desproporcionadas o dictadas al margen de la realidad social producto de ignorar la obligación de integrar la perspectiva de género en la aplicación del derecho”, y ha hecho un  llamamiento a “dejar de ser herederos y herederas de una justicia patriarcal que la sociedad no tolera y la comunidad internacional condena”, pues, en su opinión, sólo así se podrá “mantener la confianza de la ciudadanía en sus instituciones”.

No nos corresponde valorar la crudeza o no de la pena impuesta tras la celebración del correspondiente procedimiento judicial y la oportuna valoración de los hechos enjuiciados por el Tribunal correspondiente. Tampoco la situación personal de la condenada, clara víctima de un mal asesoramiento. Que cada cual saque sus conclusiones. Pero es significativo que, como se recoge en sentencia y se ha hecho público, esta madre no valorara el daño futuro para sus hijos.

Hay que recalcar que un delito es siempre un delito, independientemente del sexo del que lo lleva a cabo, por lo que el hecho de ser mujer no debe dulcificar una condena que caería con todo el peso de la ley en caso de ser hombre, dado que, como todo español conoce, en nuestro Ordenamiento jurídico y, en concreto, en el art. 14 de la Constitución, se recoge expresamente que todos somos iguales ante la ley sin distinción de sexo, religión, raza.

¿No detectamos que tras la mal llamada Ley de Violencia de Género se respira un claro odio de género?

¿No dejará la justicia de ser justicia si se tiñe por completo de esta ideología?

¿No perderemos mucho de humanidad? ¿Estallará el polvorín del odio de género sobre el que estamos silenciosamente asentados, en una sociedad ya de por sí muy dañada por todo tipo de odios?

El “bien común de las mujeres”

Eldiario.es

Eldiario.es

Resuenan aún los ecos de la autoproclamada huelga feminista celebrada el pasado 8 de marzo con motivo del Día Internacional de la Mujer. Más allá de las discrepancias acerca de la conveniencia y del enfoque de la misma, plasmado en el manifiesto de los organizadores, o de su clara utilización con fines propagandísticos por parte de determinados partidos políticos, es patente la necesidad de adoptar medidas para superar las desigualdades entre hombre y mujer que aún pueden apreciarse en nuestra sociedad. Ello, sin embargo, exige dejar de centrar los esfuerzos en el uso del lenguaje, abandonar la oposición hombre-mujer como única estrategia de lucha contra la desigualdad y superar el enfoque restrictivo del problema de la violencia contra la mujer que considera como única causa de esta lacra el “machismo estructural”.

La mujer tiene un doble hecho diferencial que toda sociedad –y familia– necesitan: su ser mujer y su eventual maternidad.

Resulta evidente, no sólo para la ciencia, sino también para el sentido común, que la mujer, desde el punto de vista psicológico, se caracteriza (entre otras muchas cosas) por su sensibilidad, por su ternura, por su capacidad de abrir el corazón a todo y a todos y de asumir el peso sentimental de quienes están a su lado. Al mismo tiempo, no menos obvio es el potencial de la maternidad: sólo la mujer es capaz de concebir y engendrar vida. La libertad de la mujer, la auténtica libertad, no se conseguirá jamás si no se parte de esta doble diferencia. Pretender “liberar” a la mujer a costa de obligarla a renunciar, sin posibilidad de opción, a su maternidad o de forzarla a actuar desde un enfoque distinto al auténticamente femenino es otra forma de esclavitud y, además, fuente de nuevas discriminaciones. ¿Quién está apoyando a todas aquéllas mujeres que desean ser madres sin que ello les suponga dejar de lado su carrera profesional? ¿Quién valora la legítima opción por centrarse voluntariamente en la familia?

En estos días se oían voces proclamando “la necesidad de que todas luchemos unidas por el bien común de las mujeres”. No existe tal concepto. Sólo existe el bien común, sin apellidos, y es claro que, por pura definición, no podrá lograrse prescindiendo de las mujeres, pero tampoco desde la confrontación con los hombres.

Somos personas, seres humanos, hombres y mujeres. Nos necesitamos, tal como somos, unos a otros. Nos debemos, con lo que somos, unos a otros. Hasta que no seamos capaces de dejar de enfrentarnos y pasar a amarnos unos a otros nada cambiará.

GRUPO AREÓPAGO

La ideología de género y el silencio de los buenos

 

generoDesde hace poco más de una década se ha instalando en España (y en otros países occidentales) una ideología que afecta de manera directa a la propia identidad personal y al modo en el que entendemos las cuestiones más decisivas de nuestra afectividad. Se trata de la ideología de género, que vertebra varias de las leyes elaboradas en los últimos años y que domina buena parte del lenguaje periodístico y social. Muy pocas personas dejan de utilizar expresiones como “violencia machista” incluso cuando la motivación de ese acto violento execrable haya sido diferente al “odio o menosprecio hacia las mujeres”: motivación económica, venganza pasional por una infidelidad, por problemas mentales o incluso por autodefensa.

No faltan, tampoco, medios de comunicación que dan instrucciones a sus profesionales para ocultar las verdaderas causas de la violencia cuando el hombre ha actuado por estas motivaciones. A casi nadie le sorprende que nunca se hagan actos de repulsa contra mujeres que han asesinado a su pareja o a sus hijos, o que se oculten las escandalosas cifras de maltrato hacia ancianos, o que no se hable del alarmante aumento de suicidios en los últimos años y en los que los hombres triplican a las mujeres (2.938 hombres y 972 mujeres en 2014) y se oculte la información de los suicidados que estaban en trámites de divorcio.

Es preocupante que casi todos los partidos políticos hayan caído en la trampa de confundir lucha por la igualdad de la mujer con feminismo de género –que es solo una de las formas de feminismo-, de confundir el respeto a las personas homosexuales con la promoción de su manera de entender la afectividad y la sexualidad; y de confundir la comprensión hacia las personas transexuales con la aceptación del dogma de género que excluye toda fundamentación natural en la identidad sexual.

Los partidos políticos no han tenido las agallas ni las luces suficientes para distinguir ambos aspectos de esa realidad. Y todo ello a pesar de que la neurociencia, la psicología evolutiva y el sentido común rechazan frontalmente los fundamentos mismos de esta ideología.

Pero el problema no radica en el servilismo político, sino en la ausencia de un discurso cultural alternativo y eficaz, y en el silencio cómplice de tanta gente sencilla que piensa de otro modo. Especialmente preocupante es la actitud vergonzante de quienes profesan unas convicciones frontalmente contrarias a dicha ideología como es el caso del cristianismo social. La ideología de género debe su avance no solo al empeño eficiente de ciertos lobbys que aglutinan cuantiosas subvenciones, sino a la mudez de tantos cristianos que no están sabiendo responder a sus ataques. Tal vez porque esta batalla cultural exige unos mínimos conceptos de psicología y antropología que es necesario adquirir leyendo, o tal vez porque es mucho más cómodo pasar desapercibidos cuando en nuestro ambiente se comenta alguna noticia o decisión política con las que se difunde la ideología. No se entiende tanto silencio, en tanta gente, con tanta resignación ante la extensión de un error tan falso y tan nocivo.

 

GRUPO AREÓPAGO

¿Decisión verdaderamente libre?

Las Cortes Valencianas han aprobado, el pasado 24 de marzo, la Ley 6/2017, cuyo único artículo tiene por objeto derogar la Ley 6/2009 de protección de la maternidad que se impulsó en una legislatura anterior con la finalidad de ayudar a las mujeres embarazadas en situación de vulnerabilidad económica y social. La justificación de la misma no puede ser más clara: se parte de la premisa de que “desde el poder público no se debería interferir nunca en una decisión que debe corresponder únicamente a la mujer gestante” y se hace desde el “respeto absoluto a las decisiones libres y responsables, así como desde la convicción de que los poderes públicos deben garantizar el apoyo a estas decisiones”.

Cierto es que las leyes, empleadas como instrumentos de propaganda en uno u otro sentido, de poco sirven para cambiar la realidad si no van acompañadas de políticas concretas de aplicación de las mismas y de la dotación económica necesaria. Pero no menos cierto es que partir de la consideración de que la decisión de disponer de la vida de un ser humano es responsabilidad única de la madre supone, en última instancia, abandonarla a su propia suerte.

Una decisión sólo puede ser libremente adoptada si la persona que ha de tomarla lo hace sin presión ni hacia un lado ni hacia otro. Suprimir ayudas, omitir información, prescindir del padre, en definitiva, condenar a la soledad no es precisamente favorecer una decisión libre y responsable.

Un embarazo no deseado puede suponer inicialmente un drama para la madre que, en no pocas ocasiones, se encuentra sola por el rechazo de su pareja, el abandono de su familia o la carencia de recursos o que, incluso, se ve presionada para “poner fin al problema”. Pero, aunque fallen las personas, quien no debería fallar es el Estado, el conjunto de la sociedad, la comunidad en la que se inserta. Es, desgraciadamente, lo que ocurre con iniciativas normativas de esta naturaleza, al sostener que el aborto es una decisión exclusivamente individual e íntima: todos estamos danto la espalda a una mujer que nos necesita y a un niño que quiere nacer.

La mayor parte de nosotros no somos parlamentarios y, por tanto, no tenemos capacidad de elaborar normas. Pero sí elegimos a nuestros representantes políticos y, en consecuencia, este tipo de opciones políticas debería ser debidamente ponderado a la hora de ejercer nuestro derecho al voto. Además, es mucho lo que podemos hacer en lo concreto: iniciativas ciudadanas, como Proyecto Mater, que se dedican a apoyar, de verdad –poniendo nombre y rostro a la mujer que se plantea abortar–, bien merecen nuestra atención, nuestro tiempo y nuestro apoyo económico.

En ausencia de leyes injustas, contribuyamos con nuestros propios medios a construir la auténtica justicia y a trabajar por la verdadera libertad.

Grupo Areópago

Violencia contra la mujer

violencia

Recientemente se han publicado los datos extraídos del informe anual de 2016 del Observatorio contra la violencia doméstica y de género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ).

Según estos datos, el número de denuncias presentadas cada día por violencia contra la mujer, asciende a trescientas noventa y una. El número de mujeres fallecidas en ese mismo año, fue de cuarenta y cuatro.

A pesar de todos los esfuerzos realizados por las distintas administraciones y asociaciones, a pesar de las campañas de sensibilización que diariamente podemos ver en cualquier medio de comunicación, en redes sociales, etc; las cifras son ciertamente alarmantes.

¿Qué está ocurriendo para que este despliegue mediático, todos los esfuerzos hechos desde la educación y la cultura, no estén dando aparentemente ningún fruto y las estadísticas sean tan absolutamente dramáticas?

Las generaciones más jóvenes educadas en la tolerancia, en el reconocimiento de la mujer como igual, en el respeto a todos. Los jóvenes que han crecido celebrando el día de la mujer, participando en manifestaciones que reivindican sus derechos, sufren este drama de modo más acusado aún según estas mismas estadísticas.

Quien deduce que la violencia en el seno de la familia, es un fruto de una guerra de géneros, parte de un grave error y es por eso que al hacer mal el diagnóstico, el remedio aplicado no da el fruto que se espera.

¿Qué estamos haciendo mal? Sin duda, como decíamos antes, en primer lugar hay un error en el diagnóstico de la causa. Es imposible que los “remedios contra la violencia” den fruto si olvidamos que el hombre es unidad de alma y cuerpo.

Cualquier medida que olvide esta realidad, aunque se ponga en marcha con la mejor de las intenciones, quedará en papel mojado, porque no estará atajando el mal desde su raíz.

Las medidas a aplicar tendrán que ir necesariamente dirigidas a fomentar ese reconocimiento en el otro de un igual, de un hermano y por supuesto a tratar de curar, de sanar aquellos comportamientos que generan en el agresor estas conductas, sin olvidar que el hombre necesita también recibir cuidados en su dimensión espiritual y que es en esa área donde encontramos muchos de los comportamientos que dan origen a  esta violencia y falta de respeto al “próximo”.

Grupo Areópago

Madres de alquiler

Hace unos años, parece que siglos, un sector de nuestra clase política salía a las calles para defender la familia, el matrimonio y la vida. Hoy sabemos que ese sector ya no defiende la vida, poco le importa la familia, y dice que hay en la sociedad española un debate sobre los vientres de alquiler que han venido en llamar: “maternidad subrogada”. Se puede constatar en las cafeterías, en la peluquerías, en las colas de los supermercados, en las puertas de los colegios, a la entrada de un partido de fútbol, es decir, allí donde se reúne un grupo de personas todos hablamos de las madres de alquiler; bueno de la gestación subrogada. Este nuevo debate y derecho que nos quieren imponer, una vez más, quienes se creen los únicos intérpretes de la voluntad popular.

Nos libraremos de este debate por la oposición de las mujeres feministas que en un manifiesto han puesto algunos puntos sobre las íes en esta supuesta necesidad de nuestra sociedad. Este manifiesto se llama: “no somos vasijas”. No podemos afirmar que estamos de acuerdo con todo lo que estas mujeres exponen, pero con ellas resaltamos esta idea: La gestación (esto es el embarazo) no es algo que se pueda vender o alquilar. La gestante, como dicen los gurús de los nuevos debates, no es una empresa con quienes se establece una relación comercial. La gestante es una mujer embarazada que espera un hijo y que desde el vientre establece unos vínculos de amor y de afecto con una criatura, que sin conocer su cara, es el amor de su vida.

“Ser madre no significa sólo traer al mundo un hijo, sino es también una elección de vida: ¿qué elije una madre? ¿Cuál es la elección de vida de una madre? La elección de vida de una madre es la elección de dar vida” Estas palabras del Papa nos recuerdan que Las madres son el antídoto más fuerte a la difusión del individualismo egoísta.

Ojalá seamos capaces de transmitir esta luz: la que nace del amor de una madre y volvamos a dar sabor a nuestras sociedades que por egoístas se están volviendo insípidas.

 

Grupo AREÓPAGO

Una nueva cultura de la vida

proyectomater

Con el mes de marzo y la celebración de la fiesta de la Encarnación, inauguramos el mes de la vida, en el que se dan cita numerosas actividades en la Iglesia Católica en defensa de la vida humana. En esta festividad se conmemora que el Verbo de Dios se hizo cigoto. Además, con su Encarnación, dirá el Vaticano II, Dios se ha unido a cada hombre desde su concepción y a partir de este momento ha comenzado una historia eterna de amor con cada ser humano. La Encarnación del Hijo de Dios añade, por tanto, un nuevo valor al que ya tiene todo ser humano por el hecho de existir y da una razón nueva en la promoción de toda vida humana.

En el avanzado y desarrollado siglo XXI, ¿es necesario promover y resaltar el valor de toda vida humana (la del nasciturus, enfermo, discapacitado, anciano, etc.)? Una mirada al momento actual nos hace plenamente conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la «cultura de la muerte» y la «cultura de la vida». Más aún, todos nos vemos implicados a elegir en favor de la vida o a favor de la muerte, con las consecuencias personales y sociales que conlleva una u otra elección. En efecto, el Deuteronomio instaba a elegir la vida y, entonces, prometía que «tú y tu descendencia viviréis». No existe una posición neutral: o se promueve la vida o se contribuye a su destrucción.

¿Qué se puede hacer? En este mes de la vida no se pretende hacer un análisis teórico que descubra las deletéreas estructuras que han diseñado los «arquitectos de la cultura de muerte» y que conducen a la destrucción de nuestros semejantes (embriones, discapacitados, terminales, etc.) y de nuestra sociedad. Se pretende sobre todo, partiendo del deseo que anida en el corazón humano de amar y hacerse cargo de toda la vida y de la vida de todos, crear, promover e impulsar nuevas estructuras a su favor que permitan a los más necesitados de cuidado y de cariño llevar una vida digna.

 

Grupo AREÓPAGO

© 2018 Areópago Diálogo

Theme by Anders NorenUp ↑