Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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El “bien común de las mujeres”

Eldiario.es

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Resuenan aún los ecos de la autoproclamada huelga feminista celebrada el pasado 8 de marzo con motivo del Día Internacional de la Mujer. Más allá de las discrepancias acerca de la conveniencia y del enfoque de la misma, plasmado en el manifiesto de los organizadores, o de su clara utilización con fines propagandísticos por parte de determinados partidos políticos, es patente la necesidad de adoptar medidas para superar las desigualdades entre hombre y mujer que aún pueden apreciarse en nuestra sociedad. Ello, sin embargo, exige dejar de centrar los esfuerzos en el uso del lenguaje, abandonar la oposición hombre-mujer como única estrategia de lucha contra la desigualdad y superar el enfoque restrictivo del problema de la violencia contra la mujer que considera como única causa de esta lacra el “machismo estructural”.

La mujer tiene un doble hecho diferencial que toda sociedad –y familia– necesitan: su ser mujer y su eventual maternidad.

Resulta evidente, no sólo para la ciencia, sino también para el sentido común, que la mujer, desde el punto de vista psicológico, se caracteriza (entre otras muchas cosas) por su sensibilidad, por su ternura, por su capacidad de abrir el corazón a todo y a todos y de asumir el peso sentimental de quienes están a su lado. Al mismo tiempo, no menos obvio es el potencial de la maternidad: sólo la mujer es capaz de concebir y engendrar vida. La libertad de la mujer, la auténtica libertad, no se conseguirá jamás si no se parte de esta doble diferencia. Pretender “liberar” a la mujer a costa de obligarla a renunciar, sin posibilidad de opción, a su maternidad o de forzarla a actuar desde un enfoque distinto al auténticamente femenino es otra forma de esclavitud y, además, fuente de nuevas discriminaciones. ¿Quién está apoyando a todas aquéllas mujeres que desean ser madres sin que ello les suponga dejar de lado su carrera profesional? ¿Quién valora la legítima opción por centrarse voluntariamente en la familia?

En estos días se oían voces proclamando “la necesidad de que todas luchemos unidas por el bien común de las mujeres”. No existe tal concepto. Sólo existe el bien común, sin apellidos, y es claro que, por pura definición, no podrá lograrse prescindiendo de las mujeres, pero tampoco desde la confrontación con los hombres.

Somos personas, seres humanos, hombres y mujeres. Nos necesitamos, tal como somos, unos a otros. Nos debemos, con lo que somos, unos a otros. Hasta que no seamos capaces de dejar de enfrentarnos y pasar a amarnos unos a otros nada cambiará.

GRUPO AREÓPAGO

Creados para Dios

bebeniño

Cada 25 de Marzo, coincidiendo con la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María, la Iglesia española celebra la Jornada por la Vida. No se trata de una efeméride puramente eclesial; antes al contrario, tiene como principal finalidad transmitir a la sociedad, a todos los hombres y mujeres que forman parte de ella, la necesidad de cuidar la vida y la dignidad de cada ser humano.

Son muchas las paradojas a las que nos enfrentamos hoy en día. Nos solidarizamos con los síndrome de down al tiempo que nos mostramos indiferentes con la posibilidad de abortar a bebés con esta anomalía genética; valoramos la experiencia y la veteranía al tiempo que despreciamos a nuestros mayores, considerándolos ciudadanos de segunda; mostramos nuestra repulsa por las guerras, los ataques terroristas o la violencia contra colectivos minoritarios al tiempo que sembramos odio, con nuestros comportamientos y actitudes, contra quienes están a nuestro lado.

Estos son simplemente algunos ejemplos, con los que muchos podemos sentirnos identificados, que ponen de manifiesto una realidad: la vida sólo tiene pleno sentido si se contempla desde la Vida, con mayúsculas.

Efectivamente, es la luz de la fe la que permite detectar en nosotros estas incoherencias y nos marca el camino para luchar contra ellas y tratar de corregirlas; es la contemplación del misterio de la encarnación de Jesucristo lo que da verdadero valor a la vida de cada ser humano; es el reconocimiento de la existencia  de Dios, creador y dador de vida, la condición necesaria para comprender que no somos dueños de nuestra propia existencia –ni de la de nadie–.

Desde estas premisas se entiende mejor la afirmación de Jesús: “Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Esto es lo que celebramos cada 25 de marzo y, en general, cada día: que nuestra vida, que cada vida, tiene pleno sentido porque responde a una finalidad que nos sobrepasa y porque ha sido pensada para una misión que estamos llamados a descubrir. Con independencia de las circunstancias, de las carencias, de los defectos que podamos experimentar personalmente, nuestra vida, siempre, tiene pleno sentido. No en vano, hemos sido creados por Dios y para Dios.

GRUPO AREÓPAGO

Basureros humanos

Sin entrar en el debate, de si estamos en una época de grandes cambios o en un cambio de época, lo cierto es que los grandes principios que propiciaron lo que se ha dado en llamar la modernidad se han ido extinguiendo en la época contemporánea. La libertad, que logró a base de muchos esfuerzos su implantación política durante el siglo XIX ha quedado reducida a una muy exigua y placentera libertad individual condicionada; la igualdad, se fue deshilachando en el camino absorbida por un capitalismo salvaje y desencarnado; y la fraternidad, ¡pobrecilla!, ni siquiera pudo gozar de su nacimiento; sus raíces cristianas y el principio de “solo razón”, la dejaron sin fundamento.

El sociólogo y escritor-ensayista fallecido hace unos días Z. Bauman, en una de sus últimas obras “la postmodernidad y sus descontentos”, reflexiona sobre una de sus principales tesis sociológicas: el interés por la pureza y su correspondiente obsesión por la lucha contra la suciedad, ideal de todas las culturas, tiene una relación muy directa con el orden establecido. Y desde los principios que determinan este orden en cada época y cultura se verifica la categoría de “extraño”, y como consecuencia, su catalogación como “suciedad” que hay que limpiar.

En estos últimos tiempos nuestra sociedad está profundamente horrorizada por los excesos de “pureza” y los procedimientos de “limpieza” que el nuevo presidente del país más rico del mundo quiere aplicar desde su concepción personalista del orden. Pero la hipocresía de  nuestra sociedad occidentales incapaz de percibir cómo desde el nuevo orden mundial que establece la cultura y sociedad de consumo, cuyo principal criterio de pureza es la búsqueda de la felicidad individual desde el placer inmediato, caiga quien caiga, está produciendo muchas “impurezas” que se  eliminan por ser defectuosas desde esos criterios de orden.

Los pobres, los inmigrantes, los ancianos, los niños no nacidos, las personas económicamente vulnerables, los que no tienen voz; sin olvidar los pasos vertiginosos que se están dando ya en algunos países para la legalización de la eutanasia, son productos defectuosos que entorpecen y, por consiguiente, constituyen las “nuevas impurezas” que nuestro orden social actual impuesto por el dios dinero desecha a sus basureros.

El Papa Francisco llama a esto la cultura del descarte. Es la cultura que no prioriza como criterio fundamental del orden social el principio fundamental de la dignidad del hombre.

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